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Redacción
Lunes, 9 de mayo de 2016
Refugiados, mi voz desde esta orilla

Felisa Merino: "No es lo mismo emigrante y refugiado. Estos llevan la muerte en los talones. No es comparable a cuando yo dejé mi pueblo, que entonces me resultó durísimo, pero no me siento identificada."

Felisa Merino (Taller Ojos Abiertos)

 

 

 

–– ¿Estás de acuerdo con la manera de actuar de tus gobernantes en la situación que viven los refugiados sirios? Si no es así, ¿qué les pedirías? ¿qué deberían cambiar o mantener?

 

No estoy de acuerdo con mis gobernantes, tampoco con nosotros. La situación que están viviendo los refugiados no se arreglará si los estados, al menos los europeos, no se ponen de acuerdo. Urge que se tomen medidas políticas y humanas.

 

 

–– ¿Qué podemos hacer los ciudadanos para cambiar lo que está pasando, para influir en ello? ¿o no podemos hacer nada, solo mirar?

 

Lo primero es enterarnos de lo que está pasando realmente y que no es precisamente lo que nos dicen en la televisión. Después, apoyar y colaborar con grupos de ayuda al refugiado. Creo que individualmente poco se puede hacer.

 

 

–– Algunas –o muchas– personas piensan que los refugiados son una amenaza (quitan trabajo, provocan inseguridad en la calle, tienen una cultura o una religión diferente...). ¿Qué te parece a ti?

 

Eso son justificaciones. No tienen porqué ser malas personas y los miedos injustificados no facilitan la madurez,  el crecimiento y la solidaridad de las personas, aunque en ese saco entramos todos. O casi todos.

 

 

–– Nos gustaría que hicieras un comentario a esta afirmación: “A medida que pasan los días y las imágenes se repiten y los acontecimientos dejan de ser una novedad, parece que nos “acostumbramos” a lo que pasa y nos volvemos más insensibles y pasivos ante esta y otras situaciones”.

 

Todos tendríamos que, a estas alturas, tener asumido que las religiones son eso, “religiones”, y que la nuestra no tiene porqué ser la única buena, auténtica y verdadera. Después de tanto tiempo viendo imágenes tan crueles todos los días se tiende a pasar, y eso que solo vemos lo que quieren que veamos. Pero está claro que con los kilómetros de concertinas que se han instalado y los barrizales en los que viven niños y adultos ya nos hacemos idea.

 

 

–– Estas personas dejan atrás su pueblo, su casa y parten huyendo de una situación difícil en busca de un futuro. No es un viaje de placer. Tal vez tú viviste esta experiencia y tomaste un día la decisión de abandonar tu pueblo en busca de un futuro mejor en otro país o en la ciudad. ¿Puedes comentarnos algo? ¿te sientes identificado con su situación?

 

Ahí está la diferencia. No es lo mismo emigrante y refugiado. Estos llevan la muerte en los talones y son familias y familias. No es comparable a cuando yo dejé mi pueblo, y eso que a mí entonces me resultó durísimo, pero no me siento identificada.

 

 

–– Hay un problema de acogida o, dicho con una palabra más nuestra, de hospitalidad. Los europeos les negamos un techo, una taza de caldo o un pupitre para sus hijos por razones políticas, económicas, electorales... ¿Estarías dis- puesta a participar en una iniciativa que dijera, por ejemplo: “Ven a mi casa: donde comen dos comen tres”? Si quieres decir algo más que sí o no, encantados.

 

El problema no se solucionaría. Son muchas tazas de caldo, muchos pupitres, ¿y tiempo?, ¿cuánto tiempo? ¿Y las familias?, ¿podrían seguir juntas? Sigo pensando que la solución es de los estados. Eso no quita que todos echemos una mano. El tiempo, de momento indefinido, sería distinto si fuesen ocho días, tres semanas, un año.

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