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Redacción
Miércoles, 31 de agosto de 2016
3 ESCENAS Y UNA CONCLUSIÓN

Brubaker

Nacho Esteban

 

 

En "Brubaker" -Stuart Rosenberg USA. 1980- Brubaker, (Robert Redford), el nuevo alcaide de una prisión en el sur de los Estados Unidos, se viste como un preso para conocer de cerca las condiciones en las que estos viven. Observa la corrupción existente por parte de los guardias y los negocios que estos hacen a costa de los presos. Cuando se da a conocer y comienza a tomar medidas para frenar la corrupción, se encuentra con la resistencia de todo el cuerpo de guardias de la cárcel. El asunto trasciende incluso a la administración de prisiones del estado, cuyos responsables tampoco están dispuestos a tolerar las actuaciones de Brubaker.

 

Tres escenas y una conclusión

 

 

Primera escena: “Quizá tenga razón”

En la oficina de la prisión de “Wakefield”, el alcaide, el señor Brubaker (Robert Redford), mantiene una conversación con el preso de confianza, Dickie Coombes (Yaphet Kotto), donde éste le recrimina su forma de actuar intentando limpiar toda la mierda y porquería que hay en la cárcel, porque de paso, en su cruzada, en su guerra contra el sistema, pueden caer víctimas inocentes, con lo que afirma que no merece la pena.


Diálogo entre Coombes y Brubaker:


Coombes –– No creo en los hombres como usted. Son hombres peligrosos. Empiezan guerras y dejan que los demás las sigan. Vienen aquí, y hablan, ¡haz esto, haz aquello! ¡Piensa de este modo! ¡Sé de éste otro! Lavan el cerebro de algún idiota y le dicen, ¡sígueme! Lo tengo todo bien pensado. Así cambiaremos las cosas para mejorar. Todo es un montón de mierda. Sólo hay una cosa que ustedes hacen: conseguir que maten a la gente.


Brubaker –– Quizá tenga razón.


Acto seguido,  Brubaker, prueba la máquina que electrocutó al preso Abraham, sintiendo el horror y a la vez dándole fuerzas para seguir luchando contra la corrupción en la prisión. Hay decenas de cadáveres enterrados en la plantación de “Wakefield” y está dispuesto a continuar, cueste lo que cueste.


Esta escena nos enseña que cuando empiezas algo, lo que sea, en este caso la lucha  contra el sistema corrompido, sí crees en ello de verdad, hay que terminar aunque por el camino te encuentres muchos obstáculos, entre ellos la muerte de personas indefensas.

 

 

Segunda escena: "Estoy hablando de asesinato"

 

Conversación entre el señor Brubaker, el senador Hite, la ayudante del gobernador, Lillian, y un funcionario del consejo de prisiones, Edwards, en el recinto ferial, (el ganado). Escena muy bien filmada, con buen sonido, fotografía, vestuario e interpretación. Pero el meollo nuevamente está en lo que se dice, muy interesante y esclarecedor de toda la trama. No olvidemos que la película consiguió una nominación al Oscar al mejor guión. Diálogo entre el Senador Hite (John McMartin) y Brubaker, estando presentes Lillian y Edwards.


Senador Hite –– Bueno, sé lo diré de la forma más simple que pueda, señor Brubaker. Deje usted de escavar.


Brubaker –– ¿Por qué?


Senador Hite –– Porque usted ha sido contratado para dirigir una de las prisiones mejor concebidas de este país. Ya que si bien, se admite que Wakefield sea una institución imperfecta como lo es también nuestro país, se trata de la única prisión de Estados Unidos que produce beneficios.


Brubaker –– ¿Que significa esta bazofia?


Senador Hite –– Vamos a tratar de salvar las cosas aquí, hoy. Vamos a colaborar con usted en este asunto. Aportaremos fondos, podrá contratar gente y cambiar esa caldera. Nos sentaremos juntos y trazaremos planes para construir nuevos barracones. Podrá comprar un par de tractores…


Brubaker –– ¿Cuántos hombres están enterrados allí? Ni lo sabe, siquiera.


Senador HITE –– Ese campo era un viejo cementerio para pobres cuando mi abuelo aún vivía. Es una especie de recuerdo histórico.


Brubaker –– ¡Estoy hablando de asesinato!.


Senador HITE –– Ya es hora de terminar con esta estupidez. Saquear tumbas es un delito en este estado. No querrá usted acabar en su propia prisión, señor Brubaker.


Se va el senador.


Para terminar la escena, se produce un último diálogo entre el funcionario del consejo de prisiones, Edwards (Nathan George), Lillian (Jane Alexander) y el señor Brubaker.


Brubaker –– Llamaré al gobernador.


Lillian –– El gobernador lo sabe ya.


Edwards –– Nadie le pide a usted que deje de escavar. ¡Se lo ordenamos!


Brubaker –– ¡Escuche, Edwards! ¡Apártese de ésto! Usted es otro simbólico liberal que no conoce la basura. Me contrataron para reformar esa cárcel y aunque eso signifique meter entre rejas a todo el consejo de prisiones, ¡lo haré!


Edwards –– Yo, ya estuve entre rejas, Brubaker. Dos años en Atlanta, y de verdad. No, unos cuantos días disfrazado. De modo, que escuche a este simbólico liberal por un momento. Usted tiene una elevada opinión de sí mismo. Y en su mayor parte, estoy de acuerdo. Pero no llega a comprender la mentalidad de los que forman el Consejo. Si la comprendiera sabría que ese estúpido está dispuesto a ofrecerle lo que necesite para esos hombres.


Brubaker –– ¡No es suficiente!


Lillian –– Henry, ¡deja de escavar! Concéntrate en los hombres que aún están vivos. Vamos a ganar. Ahora tenemos influencia.


Brubaker –– Tengo una prisión que dirigir.


Edwards –– Así lo espero.


Esta escena nos da para largo. Es tremendamente esclarecedora, brutal y muy contundente. Queda claro, que Brubaker está dispuesto a llegar hasta el final, a limpiar toda la mierda, toda la basura. A destapar toda la corrupción. Y los políticos a esconderla. Bueno, pasó, pasado está. Hubo muertos, ¡qué importa, para qué meternos en líos! ¿A revolver en las cloacas? No, gracias. Preferimos continuar saliendo en la foto, mola más. Vamos a tener contentos al gobernador, al senador, a todo el consejo de prisiones, y más que nada, vamos a conservar nuestros trabajos.


Y a limpiar el sistema, sí, si es necesario sí, pero desde el sistema, sin hacer demasiado ruido y además teniendo contentos a los conciudadanos. No puede salir a la luz ese escándalo de presos asesinados, no, eso no. Evidentemente, hay que taparlo. Hay que mirar al futuro, nunca atrás, y menos si …


La verdad, que muy actual la película. Con toda la corrupción en tantos áreas y en tantos países que se está produciendo en estos momentos.

 

 

Tercera escena: “¡No lo estás!, en el fondo, no. Tenía usted razón”

Escena trascendental de la película en una nueva reunión del consejo de prisiones provocando y catalizando el clímax emocional de la historia, con la siguiente conversación entre el representante del consejo de prisiones, Deach, (Murray Hamilton), los funcionarios del consejo de prisiones, el señor Brubaker y Lillian Gray.


Deach (Consejo de prisiones) –– Nuestra principal responsabilidad en este momento, es la siguiente. Primero, facilitar una decorosa inhumación cristiana de todos los restos y segundo, recuperar el control sobre esta institución que nuestro alcaide ha perdido.


Funcionario del Consejo de Prisiones (1) –– De ese modo, no tendremos más tiroteos en nuestras calles.


Funcionario del Consejo de Prisiones (2) –– Sería interesante saber lo que piensa el señor Brubaker sobre su cese y ¿algún comentario sobre cuáles son sus  pensamientos o algo nuevo?


Brubaker –– ¿Algo nuevo? Bueno, traté de hablar con el gobernador para hacerle saber mi opinión, pero todos sabemos lo ocupado que está. Yo, iba a sugerir que en el futuro la mejor manera para prevenir cualquier problema o confusión, es que la próxima vez que alguien sea sentenciado a la prisión de Wakefield, se le lleve detrás del edificio del tribunal y se le pegue un tiro.


Deach –– Está bien. ¡Basta ya! Usted se quedará aquí y explicará el porqué de estas impertinencias.


Brubaker –– La señorita Gray puede hacerlo. Creo que habla su mismo lenguaje.


Salen fuera, primero, el señor Henry Brubaker, y a continuación la señorita Lillian Gray, manteniendo este último diálogo.


Brubaker –– Sabía que me quedaba algo por oír.


Lillian Gray –– Quisiera saber, ¿por qué puedes largarte simplemente así?.


Brubaker –– Porque es de asesinato lo que se está hablando ahí dentro y si lo disculpan nadie podrá decirles a esos hombres por qué están encerrados. Las reglas son iguales para todos. Así lo veo yo.


Lillian Gray –– ¿Y no ves otra opción, un término medio?


Brubaker –– ¡No!, no comprendo a los políticos jugando con la verdad, Lillian.


Lillian –– ¿Ni para salvar una situación?


Brubaker –– ¿Como estrategia?, ¡tal vez!, pero no, como principio.


Lillian –– Estoy de acuerdo contigo, ¡maldita sea!.


Brubaker –– ¡No lo estás!, en el fondo, no.


A continuación, se funde con la escena de la despedida de Henry Brubaker recogiendo sus cosas. Cuando se va a montar en el coche para marcharse de “Wakefield”,  Dickie Coombes le para y se despide: “Quiero decirle una cosa. Tenía usted razón”. Redford se queda como paralizado.


Coombes empieza dando una palmada, y poco a poco le siguen todos los presos. Es un momento muy emocionante y contenido, muy bien filmado. Nada falla. Después de un tiempo, Brubaker decide finalmente entrar en el coche, continuando las palmadas de todos los reclusos como señal de agradecimiento a todo su trabajo. Se le escapan las lágrimas de emoción a Brubaker, como a todos nosotros, los espectadores, sonando la maravillosa música de Lalo Schifrin, de menos a más (a la vez, bajando el sonido de las palmadas gradualmente) y dejando una imagen a lo lejos de “Wakefield”, siendo todas las personas de bien, Robert Redford, los que vamos en ese coche.


Observamos que Lillian aunque dice estar de acuerdo, en el fondo no lo está, porque prefiere servir al sistema dentro del sistema. Pero a veces, la corrupción es tan grande, que el sistema necesita ser destruido para luchar contundentemente contra toda la porquería. Sino, sería una farsa, un apaño, un lavado de imagen, que permitiría que la mierda continuara allí. Y Brubaker lo tiene muy claro. No tiene entre sus principios jugar con la verdad. La verdad es la que es, toda la auténtica verdad, caiga quien caiga y llegue donde llegue, sin medias tintas.
 

 

Conclusión

En realidad, y a medio plazo, ganó Henry Brubaker, aunque de momento perdió su trabajo, dejó una semilla tan grande que poco tiempo después traería sus frutos con consecuencias para los funcionarios del consejo de prisiones y para el gobernador. No siempre se gana del todo, en cambio, finalmente, sí se pierde.


Cine comercial de altura, del bueno, que lamentablemente ya no se hace. Un final sublime y muy emotivo para una película realizada con oficio por el siempre solvente Stuart Rosenberg (“La leyenda del indomable”).

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