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Nacho Esteban
Lunes, 12 de septiembre de 2016
Tres escenas y una conclusión

El último tango en París

Nacho Esteban

 

 

Una mañana de invierno, Paul (Marlon Brando), un hombre de 45 años recién enviudado, y Jeanne (Maria Schneider), una actriz amateur de 20, se encuentran casualmente mientras visitan un piso de alquiler en París. La atracción entre ellos es muy fuerte y tras mediar apenas unas cuantas palabras y sin conocerse, hacen el amor apasionadamente en el piso vacío. Cuando abandonan el edificio, establecen el pacto de volver a encontrarse allí, en soledad, sin preguntarse los nombres. Paul consigue alquilar el piso, donde comienzan a tener furtivos encuentros. La relación se caracterizará por una fuerte violencia verbal y sexual ejercida por él hacia Jeanne, en un afán de dominar también su mente. Ella, prometida con Tom (Jean Pierre Léaud) un joven director de cine que la convoca a la filmación de una película por las calles de París, parece no darse cuenta de la violencia de que es objeto.

 

“El último tango en París” (1972) es una película franco-italiana escrita y dirigida por Bernardo Bertolucci.

 

Tres escenas y una conclusión

 

 

 

Primera escena: “Aquí no hay nombres”

Después de una escena de amor apasionada y bella entre los dos, muy bien rodada y bastante elocuente, en la que, por cierto, aparecen vestidos, llega esta escena, que es además el leitmotiv de toda la película.


– Paul le dice a Jeanne: “No quiero saber tu nombre. Tú no tienes nombre ni Yo tampoco tengo nombre. No hay nombres. Aquí no tenemos nombre. No quiero saber nada de ti. No quiero saber dónde vives, ni de dónde eres. No quiero saber absolutamente nada de nada. ¿Has comprendido? Nada. Tú y Yo nos encontraremos aquí sin saber nada de lo que nos ocurra fuera. ¿De acuerdo?”


– Jeanne pregunta: “Pero, ¿por qué?” Paul contesta: “Pues, porque aquí no hace falta saber nombres, no es necesario. ¿No lo comprendes? Venimos a olvidar. A olvidar todas las cosas, absolutamente todas. Olvidaremos a las personas. Lo que sabemos. Todo lo que hemos hecho. Vamos a olvidar donde vivimos. Olvidarlo todo”.


– Jeanne manifiesta: “No sé si podré. ¿Podrás tú?” A lo que Paul expresa: “¡No lo sé!”.


Esta conversación se produce en el piso de alquiler, y es el detonante de todo lo que sucederá después. Muy buen planteamiento para una mejor reflexión todavía. Un curioso proceso de maduración y transformación de la persona para luchar contra la crisis existencial que padece (Rosa, su ex-mujer se acaba de suicidar). Por lo tanto, necesita olvidarse de lo demás, de su pasado, de su mierda de vida, para llegar a una catarsis que le haga redescubrirse, reinventarse, amar de nuevo la vida y volver a nacer, ya que Paul está muerto por dentro.


Cualquiera de nosotros podemos pasar por un periodo emocional bajo. La pregunta es: ¿cómo conseguimos estabilizarnos? La respuesta: cada persona somos un mundo, la varita mágica no existe. A veces necesitaremos ayuda psicológica, otras no, pero lo que está claro es que hay que tirar para adelante. Luchar, continuar y sobrevivir como mejor pueda uno. Paul encuentra la manera a través de esta relación furtiva.

 

 

 

Segunda escena: "Cuando algo se acaba, vuelve a empezar"

 

Esta escena es el clímax de la película que conduce directamente a un final apoteósico y grandioso. Tiene lugar al término de la estancia en un bar-cabaret (donde bailan tangos), con una gran interpretación de los dos (sobre todo, de Brando), unos diálogos geniales y una magnífica dirección detrás.


– Paul: “¡Oh, preciosa mía! ¡Siéntate delante de mí! Quiero recordarte siempre como estás Hoy. ¿Camarero?, ¡champán! Si la música es el alimento del amor, que siga sonando. Dime, ¿qué te pasa?”


– Jeanne: “¡Se acabó, se terminó! ¡No volveremos a vernos nunca más! ¡Voy a casarme, déjame!”


– Paul: “¡Esto es ridículo del todo! ¿Qué se terminó? ¡Mira!, cuando algo se acaba, vuelve a empezar. Lo nuestro no ha sido una simple aventura en el metro. ¡Espera un momento! ¡Ven aquí! ¡Voy a por ti! ¡Corre, corre, que te pillo, muñeca! ¡No puedo dejarte, dame una oportunidad! ¡Espera, escucha, idiota!”


Después de sollozar delante del ataúd de su exmujer, Paul se termina transformando en otra persona y tiene claro que quiere rehacer su vida, compartiéndola con Jeanne. Lo del piso de alquiler se terminó, como su aventura, pero ahora necesita la aventura de la vida, de la felicidad, y va a por ella. Pero Jeanne le rechaza. No le cree. Se siente muy dolida por el trato físico y verbal que ha recibido en algunos momentos de esos encuentros furtivos. Además, ha recibido proposición de matrimonio por parte de su novio, Tom.


¿No tenemos todos derecho a tener una segunda oportunidad en la vida? ¿Y a saber dársela a los demás? Igualmente, también es muy bueno explorar y experimentar, y no ir a una vida prefabricada, fácil, ya construida. En cambio, Jeanne prefiere lo malo conocido (todo lo que le ofrece Tom) que lo bueno por conocer (su nuevo amor y nueva vida con Paul).

 

 

 

Tercera escena: “Te quiero y necesito saber tu nombre”

Después de perseguirla por las calles de París, Paul consigue entrar en el portal. Se producen gritos de Jeanne:

– “¡Voy a llamar a la policía!”

– Paul responde: “¡Deja de escandalizar!”

Hay un forcejeo y finalmente entran en el piso de los padres de Jeanne, donde se produce la última escena de la película. Jeanne va corriendo al fondo de la habitación y se coloca delante de un armario, inmóvil, sobrecogida y sin mediar palabra.

– Paul: “¡Bien, de acuerdo! ¡Tú ganas, pero cálmate de una vez! Todo es viejo, pero lleno de recuerdos”. Coge un sombrero y continúa: “¿Me favorece? ¿Cómo prefieres a tu héroe, de paisano o de militar? ¿Cruzando África, Asia o Indonesia?”


– Paul se acerca hasta ella y le dice: “Ahora, tu héroe ha vuelto. Te quiero y necesito saber tu nombre”.


– Jeanne le dice su nombre: “Jeanne”, a la vez que le pega un tiro, sacando la pistola de su padre que había en el cajón. No se ve el disparo, se oye.


– Paul desfalleciendo: “Nuestros hijos, nuestros hijos…” “Ellos recordarán…” Paul consigue llegar al balcón. Se quita el chicle de la boca y lo pone en la barandilla.


– “Tu nombre, tu nombre…” Paul fallece en el suelo.


Marlon Brando está inmenso toda la película y en su final, sublime. Suena la música de Gato Barbieri, el tema de la despedida.


– Jeanne: “¡No sé quién es! Era un loco. Quería violarme. No le conozco. No sé su nombre”. Repite intensamente estas palabras, que será la coartada que va a utilizar para justificar el asesinato ante la policía.


Se va apagando poco a poco la voz de Jeanne mientras sigue subiendo progresivamente la música hasta llegar al final. Fundido en negro. Fin. Obra Maestra.


La catarsis definitiva se produce en este final antológico, poético, triste, y cruel como la vida misma. Refleja lo mejor y lo peor del ser humano, con todas sus miserias, obsesiones, decepciones, motivaciones, ilusiones y aspiraciones. Paul encontró en el fallecimiento de su exmujer, después de su particular confesión delante del féretro, el alimento y la energía necesaria para seguir viviendo, el borrón y cuenta nueva. Quería empezar de nuevo. Está completamente listo, pero se tropieza con una pared, un muro, la joven Jeanne.


Ella no ha cambiado. Le dice una y otra vez que no, que se terminó. No quiere saber nada de él. No se cree al nuevo Paul que ha resurgido y prefiere la comodidad y estabilidad que le da Tom, continuando con su vieja vida ya conocida, convirtiéndose ahora en el ser despreciable que era Paul. Le llega a decir su nombre en el último segundo pero consigue no saber el de él, lo que confirma que no quería una nueva vida ni estaba dispuesta a aceptar su perdón.
 

 

Conclusión

Excelente melodrama de la condición humana donde Paul, (Marlon Brando), consigue resarcirse de sus pecados y de su crisis de identidad a través del perdón y el arrepentimiento, aunque para ello utilice métodos poco convencionales pero sí resolutivos. Aunque no todos lo ven de la misma manera, no hay más que ver la respuesta de Jeanne.


Igual que la del público. La película estuvo censurada en España durante la dictadura y se iba mucha gente a verla a Perpiñán, muy bien por ello. Lo malo es que sólo iban para ver las escenas subiditas de tono (como la de la mantequilla, por ejemplo). Eso define lo catetos e incultos que éramos. Porque de sexo, nada de nada. La escena en cuestión es durísima y subidita de tono, pero no precisamente por el sexo. Quedarse únicamente en que se la ven los pezones a Jeanne, (María Schneider) es quedarse muy, muy en la superficie. Es una obra maestra durísima acerca de la soledad y la felicidad, eso sí. Además, está magníficamente dirigida por Bernardo Bertolucci, con una preciosa fotografía de Vittorio Storaro y una excelente banda sonora de Gato Barbieri.

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