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Redacción
Sábado, 8 de octubre de 2016
Tres escenas y una conclusión

Florence

Graciela Mantiñan

 

 

 

Protagonizada por Merryl Streep y Hugh Grant, dirigida por Stephen Frears, esta película inglesa (2016) está inspirada en la historia real de Florence Foster Jenkins (1858-1994). ¿Quién era?: una dama de la alta sociedad norteamericana, promotora de las artes musicales, que insistió en ser cantante lírica a pesar de su absoluta falta de afinación. Según Federico Monjeau, un prestigioso especialista argentino, escuchar sus grabaciones demuestra que ella “destroza invariablemente todo lo que canta”.

 

La película transcurre durante la segunda guerra mundial. Usando su dinero, Florence obtiene el falso aplauso de los círculos musicales y la amistad de artistas que, como Arturo Toscanini, se benefician con sus dádivas. Está casada con un actor inglés, St. Clair Bayfield, interpretado por Hugh Grant. Él la cuida tiernamente, se esfuerza en sostener sus fantasías, pero pasa las noches con una joven y bella amante.

 

Florence, que parece ajena a todo –luego se verá que no es así– tiene una triste historia que ha lacerado su cuerpo y ha dañado su salud para siempre. Tras grabar interpretaciones que espantan a los sonidistas que la oyen, quizá ilusionada con una consagración definitiva, ella programa un concierto en el Carnegie Hall.

 

El marido, su sufrido pianista acompañante Cosme Mc Moon –personificado aquí por Simon Helberg–..., todos intentan disuadirla. Pero no pueden convencerla. En ese concierto terrible, sólo una invitada impide que la audiencia, soldados que Florence invitó generosamente, perpetren un escándalo de risas y abucheos. Se trata de una absoluta desconocedora del arte lírico, una mujer sensual y atropellada que les pide piedad.

 

Florence supera la experiencia, pero finalmente un hecho que su marido y su acompañante han intentado desesperadamente ocultarle, la enfrenta con la verdad. No lo resiste: muy enferma, ya casi en el final, le dice a su marido: “podrán decir que no supe cantar, pero no que no canté”.

 

Tres escenas y una conclusión

 

 

 

Primera escena: “Con corona, desciende del cielo”

 

La película se abre con el marido de Florence en el escenario de The Verdi Club recitando un fragmento de Hamlet. Anuncia la aparición de un “angel de inspiración” para un pianista frustrado. La madura y gordita Florence baja desde el techo del teatro con un lujoso vestido y una corona en la cabeza. Su rostro evidencia el miedo que le ha dado esa performance. El pianista logra crear ¡Oh, Susana!. Florence disfruta casi infantilmente los aplausos a su intervención.

 

 

 

Segunda escena: "Con pañuelo, en la cama"

 

Florence está acostada, un pañuelo le cubre la cabeza. Visiblemente desmejorada, dialoga con el médico que la asiste. Así, el espectador descubre porqué nunca ha consumado su matrimonio con el actor inglés, usa siempre guantes y la noche anterior, al quedarse dormida, debieron sacarle la peluca –está totalmente calva– y las pestañas postizas.

 

 

 

Tercera escena: “Con sombrero, camina por la calle”

Con sombrero y ropa formal, Florence sale sola de su casa. Según su marido, un solo periódico no hizo la crónica del concierto. En realidad, él no pudo evitar el juicio desvastador del crítico. Con la ayuda del pianista adquiere todos los ejemplares del puesto de su barrio y los tira al cesto de la basura.

 

Intenta conseguir el periódico, ¿acaso duda? Pero el vendedor le dice que ya no lo tiene y le señala el cesto donde fueron arrojados por el hombre que los compró. ¿Por qué Florence va a buscarlos? ¿Sabe, intuye o sólo sigue su negador egocentrismo? Lee la crítica y se desmaya en plena calle.

 

 

Conclusión

Fijarse en estas imágenes de Florence no es banal. Quizá resulta una forma de registrar cómo esta mujer se encubre con ilusiones efímeras. Sueña con ser una gran artista amada y admirada, pero en realidad está muy enferma, desafina atrozmente, su marido tiene otra mujer, todos le mienten por dinero.

 

Florence, que oye fascinada a Lily Pons, no puede oírse a sí misma. Quizá tampoco quiere hacerlo con lo que le dicen sus afectos, por más que sean interesados. Acepta la piedad que puede comprar y termina destruyéndola una crónica que confirma lo que todos piensan.

 

Si algo me impresionó en esta película es que la historia de Florence agiganta, ficcionaliza algo de lo que nadie está exento. Perder la capacidad de escucharnos a nosotros mismos y a los otros. Nunca deberíamos renunciar a los sueños. Pero sí advertir cuándo la realidad nos demuestra que esos sueños se están transformando en auténticas pesadillas.

 

 

MIS DIVAS FAVORITAS

Para llegar a Florence, Merryl Streep recorrió un largo camino

 

En 1979 fue la mujer que se divorcia de su esposo y también de su pequeño hijo en Kramer versus Kramer. Un año después protagoniza la miniserie Holocausto. La película le depara su primer premio Oscar y la miniserie su primer Emy, el mayor lauro de la televisión norteamericana.

 

¿Quién era esta rubia de piel traslúcida, nariz larga y lindos ojos azules? Una muchacha que había sido porrista en la escuela secundaria y había trabajado de camarera en un hotel de Nueva York. Pero también la alumna de la prestigiosa Escuela Yale de Arte Dramático, donde desarrolló una rara capacidad actoral. Porque ella descubrió cómo desaparecer dentro de sus personajes.

 

En el cine, Merryl Streep protagonizó a muchas y notables mujeres:

 

La brava sindicalista Karen Silkood, pero también la amante del teniente francés, una mujer capaz de sufrir por un romance que nunca existió. La madre australiana acusada de matar a su pequeña hija y una remera indómita que desafía ríos salvajes. La violinista Roberta Guasparini que enseña música a los niños pobres del Harlem, pero también la senadora feroz que manipula a su hijo para ganar la carrera presidencial norteamericana.

 

Personificó a la sofisticada Miranda Priestly, la cruel editora de una influyente revista de modas, y a la cocinera Julia Child, que desde su programa dio recetas de cocina a todas las amas de casa norteamericanas. La vimos ser Margaret Tatcher, la dama de hierro, pero también una madura madre soltera que vive en Grecia y canta las canciones de ABBA. Creímos que nada podría sorprendernos más que su Ricki, esa madura rockera que nunca pudo ejercer su rol de madre.

 

Su biografía dice que es actriz cómica y dramática, cantante, relatora de documentales, feliz esposa, madre prolífica. Su films demuestran que esta mujer, que desaparece en sus personajes, tiene la costumbre de ganar. Ella fue nominada diecinueve veces al Oscar, lo ganó en tres oportunidades. Treinta veces compitió por el Globo de Oro, que obtuvo ocho veces. En 2010, el presidente Barack Obama le otorgó la Medalla Nacional de las Artes.

 

La historia del cine dirá cómo se la recordará según pasen los años. Pero los que crecimos viéndola en la pantalla, nunca olvidaremos La decisión de Sophie, esa película que narra el cruel dilema de una madre polaca en un campo de concentración nazi de la segunda guerra mundial.

 

Nuestra memoria cinematográfica seguirá amando el romance que vive con Robert Redford en África mía, el film donde interpreta a Karen Blixen, una aristócrata escritora danesa que defiende apasionadamente a los negros de esa tierra tan mágica como carenciada.

 

Nos seguirá conmoviendo esa italiana casada, con hijos, que cambia su vida al conocer casualmente a un fotógrafo maduro, casi vencido, que quiere retratar Los puentes de Madison.

 

Hoy, acaba de deslumbrarnos con su Florence, esa mujer que no se podía escuchar.

 

Pero seguramente su próximo film seguirá demostrando que ella todavía puede superarse a sí misma. Todo es posible cuando se trata de Merryl Streep, un mito viviente del séptimo arte.

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