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Redacción
Lunes, 21 de noviembre de 2016

Los Kiningos

Noticia clasificada en: Carmen Miguel

Carmen Miguel

 

 

Salgo todos los días que puedo a caminar y prefiero hacerlo por el campo.


Pues bien, un día yendo por una vereda en un monte, llegué a una explanada y quede sorprendida por su belleza. Había hermosas flores y alrededor árboles, algunos que nunca había visto.


Me planté en el medio y empecé a mirarlo todo con curiosidad. De pronto, sin saber de dónde había salido, delante de mi vi un hombrecillo como de menos de un metro de estatura, que a su vez me examinaba de arriba abajo. Así estuvimos un instante y a una señal que hizo con la mano, comenzaron a salir de los árboles y entre los matorrales cantidad de estos seres tan diferentes a nosotros. Cálculo que habría unos cincuenta.


A parte de su pequeña estatura, tenían los ojos de arriba abajo, como los hojales, y les brillaban mucho. La nariz chata como la de los monos y la boca grande con labios carnosos. Sus manos solo tenían tres dedos y sus pies eran más bien grande comparado con su estatura.


Una vez me hubieron estudiado bien, comenzaron a coger hierbas del suelo y hojas de algunos árboles, con las que hacían pequeñas bolitas que se comían. Cogían tierra húmeda del suelo y se la daban en el pelo, poniéndolo de punta, aunque más que cabello parecía el plumón de los polluelos recién nacidos.


Eran seres muy raros, y observé que no había mujeres ni niños.


El primer hombrecillo se acercó a mí y empezó a tocarme las manos, el chándal, los playeros y, dando un saltó que me asustó, también me tocó la cara.


Hacían cosas muy raras y ayudándose de pies y manos subían y bajaban de los árboles con gran facilidad. Yo no salía de mi asombro.


Luego se dirigió a un árbol muy grande y grueso que por un lado estaba hueco, se metió reptando como una serpiente y a los pocos segundos volvió a salir con una especie de catalejo. Miré por él y para mi sorpresa, vi mi casa y a mi perro que estaba tumbado en una manta.


Aunque no hablaban, yo me atreví a preguntar cómo se llamaban y él, en el suelo, hizo unos signos que pude traducir con la palabra “Kiningos”. Cada vez estaba más sorprendida.


Pensé que todo había sido un sueño, pero tenía puesto el chándal y playeros y a mi lado había una gran hoja muy rara en la que estaba tatuada la palabra “Kiningos”.


Aunque lo he intentado, nunca he vuelto a encontrar aquel sitio, ni aquellos seres.

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