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Redacción
Miércoles, 14 de diciembre de 2016
Fátima y sus semillas

Fátima y el huerto de su abuelo

Silvia Martínez Fernandez acompañada por Lucia Fernandez Jiménez (madre)

 

 

La profesora le había contado en clase que en el interior de cada tomate hay un tesoro más grande que cualquier tesoro que pudiera imaginar: las semillas.


–– Porque las semillas son como huevos Kindel que guardan en su interior un gran regalo: la vida, -les dijo. Gracias a las semillas, la vida vuelve a nacer cada primavera año tras año, como el corredor de relevos que entrega el testigo después de completar la carrera.


Desde que su profe le había contado esto, Fátima miraba los tomates de otra manera. Ahora, para ella un tomate era muy, que muy importante; ¡ser un tomate no era cualquier cosa!


Cuando llegó el momento, tal y como le habían explicado, cogió un tomate y lo partió con mucho, mucho cuidado. ¡Tenía miedo de hacerle daño! Y también, con gran delicadeza, cogió de su pulpa unas semillas. ¡Tenía miedo de hacerlas cosquillas!


Las puso al grifo dentro de un colador y las lavó bien, bien, como hacía ella cada mañana con su cara, y con sus dientes después de comer. ¡Listas!


Entonces ... Fátima cogió las semillas, fue al huerto de su abuelo y plantó las semillas y las regaba casi todos los días. Su abuelo la regalo semillas y dijo.


– Fátima, cuídalas y serás buena agricultora, y aprenderás y serás buena.


Tal vez Fátima las plantó porque le gustaba plantar semillas y cuidarlas. Pasaron diez años y Fátima se acordó de lo que le dijo cuando era pequeña, de que sería una buena agricultora, y se dedicó a eso

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