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Redacción
Martes, 7 de marzo de 2017
El cine y los sentimientos

Escenas de amor que guarda la memoria

Noticia clasificada en: Graciela Mantiñan

Graciela Mantiñan

 

 

El filósofo francés Jacques Derrida creía que todo archivo encerraba un sentido latente: “si queremos saber lo que el archivo habrá querido decir, no lo sabremos más que en el tiempo por venir. Quizá”. Él se refería a grandes archivos documentales, pero yo lo vinculé con el pequeño, y hasta ahora secreto, archivo de escenas de amor que guardaba mi memoria.

 

Las escenas pertenecían a distintas películas, algunas las había visto mucho tiempo después de su estreno, no siempre las recordaba íntegramente. Quizá tenía más presentes otros enfoques del tema: literarios o musicales.

 

¿Por qué entonces ese pequeño archivo cinematográfico vencía al olvido? Advertí que a través del tiempo, esas escenas me habían hecho pensar.

 

El amor nos cambia: My fair lady (1964) transcurre en la Inglaterra victoriana, la humilde florista Audrey Hepburn recibe clases de fonética del distinguido Rex Harrison. Duramente, para ganar una apuesta, este profesor le enseña a mejorar su idioma y sus hábitos sociales. Pero ambos se conmueven cuando ella logra cantar con perfecto acento “The rain in Spain stays mainly in the plain”. Es el primer cambio de ambos y anuncia el amor que paulatinamente los transformará. Ella se convertirá en una gran dama, él abandonará sus prejuicios clasistas.

 

El amor supera todas las diferencias: en Annie Hall (1968) Diane Keaton, una intelectual autosuficiente, se ha alejado de su fóbico y súper reflexivo novio Woody Allen. Sin embargo, una noche ella descubre un insecto en su cocina, lo llama aterrorizada y él acude inmediatamente. La escena nos hace sonreír, pero también pensar que si bien las ideas los separaban, el sentimiento que los unía era más fuerte.

 

El amor es siempre una dimensión del tiempo: Escenas de la vida conyugal (Secretos de un matrimonio), el film de Ingmar Bergman (1973), tiene un relator que narra la historia de una pareja, la suya, evocando los momentos felices, los problemas, finalmente la separación. Vemos escenas de cómo siguen sus vidas después de haberse querido tanto. Pero además, sabemos cómo se sienten. Es cuando el protagonista dice: “una gran pasión se prueba por el tiempo de soledad que le sigue”.

 

El amor supera cualquier limitación: el alegato antibélico Regreso sin gloria  (El regreso) (1978) narra la relación entre Jon Voight, un traumatizado soldado que ha vuelto parapléjico de Vietnam y Jane Fonda, una mujer casada, que lo asiste en un hospital. Finalmente tienen sexo y para los espectadores no son sólo minutos de erotismo, sino una lección de cómo el sentimiento logra derrotar el dolor y la culpa.

 

El amor a uno, enseña a amar a los otros: en Africa mía (Memorias de África) (1985), la nórdica y aristocrática Merryl Streep, contra todos los prejuicios, tiene un romance con el aventurero Robert Redford. Pero hay una escena que revela toda su capacidad de amar, ella no vacila en arrodillarse frente a un funcionario británico para rogarle por la suerte del carenciado pueblo negro.

 

Cada uno tiene su propio archivo de escenas de amor y quizá revisarlo nos revele algo. Sólo se trata de descubrir lo que el cine puede decirle a nuestros sentimientos, más allá del guión, los actores o la misma historia que narre.

 

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