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Redacción
Martes, 21 de marzo de 2017

Cortés lo logra

Miguel López

 

 

Cortés era un buen hombre de mediana estatura, con el cabello ya plateado por los años, era paciente y callado y en su puesto de trabajo pocas veces sonreía. Aquella mañana sus compañeros observaron un comportamiento extraño en la figura de Cortés, parecía intranquilo y algo sudoroso. Por los gestos de su cara se intuía una expresión de desasosiego, como si tuviera que hacer algo que le costase mucho.

 

Al escuchar el ruido de la sirena del fin de su turno de trabajo, Cortés se dirigió a los vestuarios y quitándose la ropa de trabajo, muy bajito salieron de su boca cómo unas palabras de desagrado, como si estuviera enfadado con algo o con alguien. Se vistió despacio, más despacio que otros días como si no quisiera que terminase el turno de trabajo. Al ponerse la chaqueta observó el desgaste que esta tenía en las bocamangas, le dio pena aquella chaqueta que tanto le gustaba se estaba haciendo vieja como él.

 

Salió despacio cediendo el paso a sus compañeros como si no quisiera abandonar la fábrica, a lo lejos en la explanada divisó su coche y pensó que ella podía estar dentro esperándole. Al acercarse, allí estaba ella, a la sombra en el asiento del copiloto. En unos instantes Cortés no supo cómo reaccionar, había imaginado tantas veces esta situación que ahora le parecía irreal, se armó del valor necesario, con la mano derecha abrió de un tirón brusco la puerta del vehículo y con la izquierda, rápidamente la cogió y la sacó del coche, Cortés estaba asustado era la primera vez que la maltrataba, la levantó y la zarandeó en el aire, esta parecía como que se encogía y se arrugaba, la lanzó delante del vehículo y con mucha prisa entró dentro del coche, arrancó y pasó por encima de ella sintiendo un escalofrío. Salió del aparcamiento de la fábrica sin mirar atrás, no quería ver la cajetilla de tabaco aplastada en el suelo, quería y tenía la voluntad de dejar de fumar.

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