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Redacción
Jueves, 23 de marzo de 2017

Cuando tus deseos se convierten en utopías

Miguel López

 

 

Hace ya varios años que estás enfrascado y obsesionado en una búsqueda de tu persona, crees que aquellas inquietudes, esas ilusiones que todos tenemos de niños cuando pensamos que el mundo es maravilloso y que el hombre es el rey de la creación, en tu persona desaparecieron de manera misteriosa. Ocupado en crecer, en el trabajo y en la familia, esos sentimientos poco a poco fueron escapando de tu ser, parece que hubieran sido borrados de tu pensamiento y sin apenas darte cuenta, esas ilusiones, esos pensamientos de dulzura y grandeza, se fueron arrinconando en los pliegues de tu pequeña memoria.

 

En esta búsqueda de tu persona, en este análisis de la realidad que no te gusta “si es que esta situación no es un sueño”, en lo más profundo de tu interior, a tus largos años hay algo que se revela, algo que puja por salir desde lo más dentro. Buscas algún ungüento que actúe como bálsamo para tu cuerpo ya cansado por el paso del tiempo, cansado por la cruda  realidad de la existencia y los actos del hombre civilizado, buscas algo que actúe apaciguando las ansias interiores que producen los avatares de esta civilización moderna, tecnológica, capitalista y deshumanizada.

 

Y en esta situación de desconsuelo, buscas la manera de sacar de los pliegues de la memoria, en esos rincones oscuros donde habita lo pasado, aquellos sentimientos de tu infancia y juventud, sentimientos en su naturaleza nobles, sentimientos de igualdad, de misericordia, de darse a los demás por el mero hecho de la ayuda y la colaboración. Intentas localizar esa cremallera que crees que debemos tener todos grabada en la piel para poder llegar a lo más profundo, buscas por todos los rincones de tu piel y entras en desasosiego al no encontrar la manera de llegar a ellos. Buscas aquel ángel de luz que te acompañaba en la niñez, el llanto seco de tu adolescencia, el fuego interior de tu juventud.

 

Pujas para que salga ese ángel de luz que traiga al hombre la cordura suficiente para que deje de organizar guerras, que el hombre sea capaz de repartir los alimentos en este mundo, que construya viviendas para todos los seres humanos, que pueda convivir en paz y armonía con la naturaleza y que, como dicen algunos escritos, se amen y se respeten los unos a los otros.

 

Peleas para que salga de ti la lluvia que llevas dentro, lluvia limpia y reparadora, que caiga sobre este mundo que el hombre contamina con su tecnología, que inunde todos los pozos de combustibles inadecuados. Que esta lluvia oxide  los metales de los que están hechas todas las monedas y que en un diluvio grande, limpie y fertilice la tierra y el espíritu de los hombres.

 

Que el fuego que llevas dentro salga, se extienda y abrase todos los sentimientos mezquinos, todos los actos irracionales, todas las perversiones de esta raza de hombres mal llamados racionales, que el fuego queme la sin razón de esta estirpe y que solo pueda quedar la semilla del hombre justo y honesto, capaz de convivir con sus semejantes, capaz de respetar a la naturaleza y a sus moradores, capaz de arrodillarse y humillarse ante el espectáculo de la vida dentro de la creación. Y que entienda que su raza son hijos de las estrellas, que comprenda que todos somos polvo estelar que en una gran apoteosis de luz,  agua y fuego, renazca de sus cenizas y forme una raza “ humana “ nueva.

 

Buscas, buscas y no hallas la manera de penetrar en tu interior para liberar esas fuerzas tan presentes y tan olvidadas, y a medida que el tiempo va haciendo mella en ti, el sentimiento de vergüenza, de desolación, crece. El sentimiento de desamparo y soledad va acompañándote en este tu último camino de existencia.

 

Deseas que en algún tiempo, en algún planeta, en alguna dimensión, aparezca la raza del pensamiento en mayúsculas, la raza de la luz, la de la lluvia reparadora y la del fuego depurador.

 

Puede que tus deseos se cumplan cuando la utopía no sea utopía.

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