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Redacción
Lunes, 10 de abril de 2017
Con el grupo Flor de Azahar de mujeres gitanas

Tertulia en torno a seis preguntas en el Día Internacional del Pueblo Gitano

Proponemos una tertulia con el grupo de mujeres Flor de Azahar, las mujeres gitanas del barrio España con las que nos reunimos en torno a Palabras Menores los miércoles de todas las semanas en el CEAS del barrio. Como el próximo sábado, día 8 de abril, se celebra el Día Internacional del Pueblo Gitano, les proponemos que vayan respondiendo de manera espontánea a unas preguntas. Hemos procurado que las preguntas no sean ni necesariamente sencillas ni de libro y se las leemos previamente. La conversación, con Ana Belén, Mora, Lole, Soraya, Ruth, Loles, Trini y Esmeralda discurre, como todos los miércoles, de manera desenfada, un tanto atropellada y siempre entre risas.

 

Ser hoy gitana


¿Qué representa para ti hoy ser gitana? ¿Qué ha cambiado desde que eras niña en este sentimiento?, comenzamos preguntando. La pregunta les sorprende en un principio, como si algo hubiera podido siquiera cambiar. Pronto, todas verbalizan una misma palabra: orgullo. “Para mí ser gitana era un orgullo y sigue siendo un orgullo”, coinciden. “Es algo muy bonito, algo muy excepcional y único”, corrobora Soraya.


“No me imagino siendo paya, dice Loles, aunque siento que ha habido un cambio. Ahora tengo un sentimiento mayor en cuanto a los deberes, pero los derechos no han avanzado al mismo ritmo”. “Si, puede que sea verdad, pero también lo es que soy más consciente de mis necesidades y mis derechos”, amplía Lole. Todas coinciden con ella: tienen un mayor conocimiento de sus derechos y también es mayor su determinación por hacerlos posibles.


Ana Belén pone sobre la mesa un nuevo sentimiento: “la edad y mis hijos me han hecho cambiar y ahora soy más reivindicativa. Antes me callaba y ahora, en muchas ocasiones ya no lo hago”.

 

Los otros


¿Qué pides un día como hoy a las comunidades no gitanas (musulmanes, latinoamericanos, “payos”...) con los que te cruzas por la calle de manera cotidiana?, proponemos ahora.


“No les puedo pedir nada”, contesta rápida Loles. ¿Qué puedo pedir a un musulmán?”. Ana Belén reclama “que no nos juzguen, que seamos bien mirados”, y todas secundan sus palabras. “Sí, que no sean racistas”, subraya Soraya. “Yo diría que lo que es necesario es que nos conozcan antes de juzgarnos”, concluye Lole.


Se pone sobre la mesa si ellas mismas propician ese conocimiento, si se mezclan, si se relacionan con personas diferentes, y las respuestas son muy diversas. “Yo llevo toda la vida en este barrio y apenas conozco a mis vecinos”, reconoce Lole. “Para mí, las relaciones son un ‘hola y adiós’, dice Esmeralda. Por su parte,  Ana Belén explica cómo sí tiene relaciones con payos y otro tipo de personas porque, entre otras cosas, el colegio y sus hijos le ayudan a e. Mora también sale mucho con “payas”.

 

Los retos


¿Qué retos afrontas como gitana? es el siguiente tema de conversación. Cuesta que verbalicen alguno que sea personal, que tenga nombre y apellido, pero sí surgen algunos colectivos.


El grupo coincide en que el problema es la generalización. “Es necesario que no nos metan a todos los gitanos en el mismo saco”, señala Lole. Y todas recalcan esta dificultad que sienten y que ven imprescindible superar. “Sí, sí, que nos criminalicen”, dice Esmeralda. “Que no generalicen y hablen de todos cuando en realidad es uno”, apunta Soraya. Sienten que debe ser una tarea de todos. Lole cuenta cómo le decía a su hija  en la puerta del colegio que “no todos son iguales, los hay buenos y malos”, refiriéndose a la comunidad magrebí.


Intentamos aterrizar en situaciones concretas que viven y pueden superar, que precisan de un cambio, y hablan primero de trabajo, “que no tenemos porque siempre eligen a uno que no sea gitano antes que a otro que lo sea”, dice Esmeralda, con la aprobación general.


“Necesitamos que nos dejen alquilar”, interviene Loles, “porque en cuanto saben que la vivienda va a ser habitada por una familia gitana, no nos la alquilan”. “Y que lo niños gitanos no estén agrupados en una misma clase. Es fundamental que los niños se mezclen, que no se promuevan los guetos. Y para ello, también es necesario que sean los propios niños gitanos los que exijan y estén dispuestos a mezclarse”, finaliza Cristina.

 

Los niños y su futuro


Volvemos a leer la siguiente pregunta: Si piensas en tus hijos, en tus nietos e imaginas su futuro, ¿cómo lo ves?, ¿qué cambios crees que habrá? ¿cuáles deseas que se produzcan? ¿y cuáles no?


Silencio. Y dudas. Este tema les interesa especialmente. Y, de entrada, no ven cambios: todo va a seguir igual. “Yo lo veo muy mal, no sé qué va a ser de ellos”, dice Ana Belén. Hay una sensación  de miedo y desesperanzada generalizada: mismas dificultades, mismos resultados finales. “Yo no les veo trabajando”, apunta Ruth. “Sí, porque si hay poco trabajo, seguirá sin ser para nosotros”, dice Lole. “Pero es que si hay poco, el trabajo será para lo que estén preparados”, tercia Ana Belén.


Planteamos entonces un posible círculo vicioso de no me preparo porque sé que no me van a coger y no me cogen porque no estoy preparado. “Pero eso hay que romperlo”, reclama Ruth: “mi hijo está haciendo un curso, madruga, deja a la mujer, no le importa trabajar sin cobrar..., pero no sabe qué pasará al final. Pero él se lo está tomando en serio y quiere conseguirlo”. “Nada, siempre será antes para un payo que para él. Y muchos chicos están descorazonados”, tercia Esmeralda. “Pues mi hermana ha estado haciendo prácticas en un hotel”, cuenta Mora. “No se puede ser tan derrotista, Esmeralda”, le contesta Lole.”Yo, si tengo la más mínima posibilidad de un trabajo, me esfuerzo al máximo” .


Les planteamos un supuesto: 40 chicos gitanos del barrio de 20 años están en el gimnasio del CEAS para recibir una propuesta de formación con una posibilidad no muy grande de trabajo, ¿aceptarían?, ¿cuántos pondrían toda la carne en el asador? Se establece un nuevo debate, como tantas veces un tanto anárquico, de conversaciones y risas cruzadas. “Aunque encontrarte con continuos rechazos hace difícil mantener la motivación, creo que ahora los jóvenes son más positivos, son más luchadores”, se impone la voz de Lole. “Algunos es verdad que están desanimados, y es normal. Pero si les animas, responden”, dice Ruth.


Surge entonces el papel que pueden jugar ellas, como madres, en su manera de afrontar el futuro. “Tenemos que hacer a nuestros hijos más independientes”, exige Ruth. “Los niños tienen que cambiar. No puede ser que sea su madre la que se levante a por un vaso de agua cuando lo quieren, que la tengan como esclava”, plantea Cristina. “No debemos hacer machistas a los niños”, apunta Loles. “Pues yo sigo vistiendo a mi hijo, y ya es muy mayoricito”, reconoce Belén, “pero es que no me sale hacer otra cosa”. “Somos mujeres, no chachas. Tenemos que dejar de ser las chachas, y mucho menos las chachas de nuestros hijos”, concluye Cristina.

 

Cambios necesarios


¿Qué cambios deberían realizar la comunidad gitana para que su convivencia con los demás sea mejor? es la siguiente cuestión. Y de entrada la respuesta es el silencio: cuesta. “Yo creo que tenemos que darnos a conocer más”, expresa finalmente Lole. Y todas lo corroboran mientras comentan de dos en dos. Trasladan una necesidad: que los demás les conozcan, “pero que nos conozcan bien, sin prejuicios ni estereotipos”.


“Tenemos que juzgar menos”, señala Loles. Sienten que a menudo son juzgadores de los demás. “Además, cuando juzgamos con frecuencia lo hacemos pensando que lo nuestro es lo mejor, que lo nuestro es lo bueno y lo de los demás es peor”, dice Lole.


“Somos muy orgullosos”, apunta Ana Belén. Y muchas están de acuerdo con ella, aunque diferencian ese orgullo sano del otro que les puede hacerse sentir un poco superiores. “Nosotros tenemos costumbres y principios de los que nos sentimos muy orgullosas y cuando lo comparamos con los payos, sentimos que lo nuestro es mejor”, explica Lole. “¿Por qué se casan los payos si luego se van a separar?”, insiste Lole. “Es que el amor no dura siempre”, le responde Trini. “Una cosa es querer y otra estar enamorada. Yo, con 14 años estaba enamorada, pero mis padres me dieron a otro hombre para casarme”. “Pero eso ya no ocurre”, tercia Ana Belén. “No, hoy ya no es así. Para nosotros, el respeto a la mujer, a su voluntad, es muy importante”, concluye Lole.

 

Nuestra ley


Abordamos la última cuestión, que tiene que ver con la ley gitana a la que tantas veces aluden. ¿Sienten que son necesarios cambios en su ley?. Igual que cualquier código sufre modificaciones para adaptarlo a las necesidades y los cambios sociales, ¿sienten que la ley gitana necesita actualizarse? Y aún más, ¿alguno de esos cambios estaría relacionado con la mujer?


La ley gitana está presente constantemente y es fundamental para ellas, aunque afirman que las cosas han cambiado mucho. “Poco a poco vamos evolucionando”, dice Ruth. Todas están de acuerdo en que  ahora tienen mucha más libertad. Y esa libertad parece verse reflejada en aspectos como el matrimonio o la situación de la mujer. ”Las niñas y niños ahora eligen cuándo y con quién casarse, y muchos padres procuramos que no sea  muy pronto, que se formen y se conozcan muy bien antes”, relatan una y otra. “En el matrimonio no todo son facilidades, hay que luchar para mantenerse unidos y seguir adelante.”


Hay aspectos que hoy les siguen llamando la atención: “que una chica gitana esté por la calle a las 12 de la noche, por ejemplo. Sería muy raro”, expresa Ruth.” “Las chicas no salen tanto como los chicos. Cuidamos mucho de ellas, son como nuestras princesas. Queremos que disfruten, pero tenemos mucho miedo a que les pase algo”, comenta Ana Belén.


El coloquio finaliza con un tema recurrente: la edad para casarse. Tras un tiempo en el que parecía que la edad de casarse se había postergado, “ahora los chicos quieren volver a casarse pronto. Es una situación complicada de afrontar porque prohibir en la mayoría de los casos sólo acelera y agrava los casos. Y si se lo niegas, a veces se escapan y es mucho peor”, resume Lole.

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