Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Redacción
Jueves, 11 de mayo de 2017
Relatos micropresos

El recreo de Santiago

Noticia clasificada en: Alfil Negro Dancer David El Gallén Marcelo Mario

Alfil Negro

El recreo no es para viejos

 

La sirena sonó y los parvulitos salieron desbocados al patio. Todos menos Santiago. La madre superiora le había castigado sin recreo por haber dibujado un crucifijo invertido. Santiago observaba a sus compañeros desde el cuarto de castigo. Treinta minutos entre cuatro paredes sin nada que hacer, solo con su conciencia.

 

Se sentó en el suelo y observó una baldosa negra diferente a las demás. La tocó y notó que se movía, la levantó y vio un agujero oscuro. Metió la mano, después el brazo y luego la cabeza. El peso le venció y cayó al vacío. La caída se le hizo eterna y el impacto fue brutal, pero aún le quedo un hálito de vida para ver cientos de esqueletos de niños castigados sin recreo. Así de triste fue el recreo de Santiago.

 

 

David

El recreo de Santiago

 

Desde un columpio se balancea, cantando una traviata que solo es verborrea. Baja al patio como si fuese al jardín y coge un cigarro que alguien dejó allí. Divaga y divaga mientras pasa el día, como solo un mamón de un pecho se colgaría. Puede recorrer el tobogán de unas piernas de mujer, del tobillo a las caderas. Sucumbe su ansia depravada que enajena su imaginación: ni un minuto al día sin sexo, al que él lo llama amor.

 

 

Dancer

Cuenta atrás

 

Sonó el timbre y Santiago dio un salto de la silla y salió corriendo de la clase dirección al patio. Se sentó en la esquina de siempre y se acomodó mientras limpiaba las manchas que empañaban sus gafas, a la vez que poco a poco se iba rodeando de niños y niñas espectadores de historias que Santiago inventaba. Hablaba de mundos perdidos, de planetas imaginarios, de monstruos con siete ojos. Era media hora en la que hacía volar la imaginación de todos ellos: cuentos tan fantásticos como reales. Cada día, a la misma hora, todos sus amigos esperaban ansiosos que el timbre sonara para salir al recreo de Santiago.

 

 

Mario

Artidorio

 

En este pueblo, alejado de las tecnologías, no hay juguetes que funcionen con baterías ni tampoco hay con qué comprarlos gracias a ese sistema de economía familiar de subsistencia. Pero la capacidad que tienen los niños para divertirse es infinita.

 

Artidorio, su hermano Vicente y Antonio, el hijo del vecino, van al río como todas las tardes y hacen una bonita serpiente de barro. Muchos otros niños quedan admirados por los recreos de Artidorio, cuya serpiente regalaron al director de la escuela

 

 

El Gallén

Treinta minutos

 

Gabriel es un niño feliz, vive en una casa humilde pero llena de amor. Tiene seis años y por las mañanas va a la escuela. Su mamá, Andrea, le prepara, mientras que a mediodía le recoge una vecina y le lleva a casa para cuidarle el resto del día.

 

Gabriel pasa los días esperando dos cosas. Los días entre semana, que llegue el recreo: los treinta minutos en los que puede correr, gritar, saltar y jugar con sus amiguitos; y los fines de semana cuando los comparte con su papá y su mamá, sea en casa o dando un paseo juntos.

 

 

Marcelo

Santiago, acabó el recreo

 

Había una vez un niño que se llamaba Santiago. No le gustaba ir a clase porque ya se sabía buena parte de la lección. A Santiago lo que le encantaba era la hora del recreo. Al terminar el curso aprobó por los pelos, pero sacó sobresaliente en la hora del recreo.

 

 

 

 

palabras menores • Términos de usoMapa del sitio
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress