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Redacción
Viernes, 26 de mayo de 2017
Letras de Buenos Aires

Enrique Santos Discépolo, cronista de su tiempo

Noticia clasificada en: Graciela Mantiñan Letras de Buenos Aires

Graciela Mantiñan

 

 

 

Para los argentinos, él es el poeta de la desesperanza.

 

Fue actor, dramaturgo, humorista, militante político y creó tangos que lo transformaron en la voz de los que nunca tienen voz. Había nacido en Buenos Aires en 1901 y se fue dos días antes de la Navidad de 1951. Huérfano a temprana edad se crió junto a su hermano mayor, el célebre Armando Discépolo, autor de notables grotescos teatrales como Stefano y Babilonia.

 

Nadie mejor que Discépolo describió la angustia de “uno que sabe que la lucha es cruel y es mucha”.

 

Ya en 1926 decía “Qué vachaché…si aquí ni Dios rescata lo perdido”, para él la situación obligaba a “vender el alma, rifar el corazón”. Desde entonces, su poesía yira y yira, como el título de su tango, en un mundo indiferente al que definió drásticamente como “ciego y mudo”. Sin ilusiones, advierte que “no esperés nunca una ayuda ni una mano ni un favor”.

 

Sabe que vive un tiempo irracional, un absoluto Cambalache donde se mezclan Don Bosco y La Mignon, Carnera y San Martín, donde la mismísima Biblia llora junto a un calefón. Él se siente un “arlequín que salta y baila para ocultar su corazón lleno de penas”. Conoce la infamia de la gente “que es brutal cuando se ensaña / de la gente que es feroz cuando hace mal”. Flagelado por una tormenta constante, se pregunta: "Si la vida es el infierno / y el honrao vive entre lágrimas / ¿Cuál es el bien?”.

 

En su tango Chorra, así llama nuestro lunfardo al ladrón, por ejemplo, la estafa adquiere filiación económica, familiar y sentimental. El hombre engañado denuncia "¡Chorros! / vos, tu vieja y tu papá”. Por ser bueno, él  perdió no solo lo material: “Chorra / Me robaste hasta el amor”.

 

Estas brevísimas referencias no agotan la profundidad de su obra poética que excede el ligero tiempo de este artículo. Pero nos permiten reflexionar sobre cómo testimonia un poeta de Buenos Aires el dolor del hombre común. Porque todos hemos estado alguna vez, o estamos hoy, en la vía que es como describen los porteños a los que no tienen nada. Porque como canta Yira, yira, quizá nos sigue doliendo ver cómo alguien se prueba la pobre ropa que vamos a dejar.

 

¿Qué agobiado por las carencias no se definiría discepolianamente como “sin rumbo, desesperao”?

 

Pena, desánimo o soledad, todo está en la obra de Discepolín, así lo llamó el pueblo, una obra que ya tiene muchos años y una formidable actualidad. Quizá la mejor demostración de que su palabra poética logró superar la época que le tocó vivir. Fue un cronista de su tiempo que asoció lucidez, comprensión y compromiso. En su  película El hincha (1951) leyó la pasión futbolera como una forma de pertenencia a un grupo social y determinados valores deportivos. En sus monólogos radiales, “Pienso y digo lo que pienso”, defendió los aportes  del gobierno del general Perón, cruzándose con un personaje alegórico al  que llamó “Mordisquito”.

 

Hoy, nos despedimos de Discepolín citando los versos que le escribieron otros dos grandes creadores tangueros Homero Manzi y Aníbal Troilo: “La gente se arrima con un montón de penas…te duele como propia la cicatriz ajena”.

 

Ahora ese dolor te está esperando en su tango más famoso:

 

 

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