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Redacción
Lunes, 29 de mayo de 2017

Retazos de mi niñez

Noticia clasificada en: Asun Sánchez

Asunción Sánchez

 

 

 

Qué felices éramos aquellas luminosas mañanas, de mitad de verano. No íbamos al colegio, no sé si porque era verano o porque aún no estábamos escolarizados. El caso es que nos levantábamos y mi madre ya nos tenía preparado el consabido tazón de leche con pan migado. Entonces, nosotros colocábamos los tazones en las sillas del comedor, que no estaban tapizadas. Éramos pobres y nos sentábamos en unas banquetitas idénticas que alguien nos había regalado, poníamos la cortina de la sala, antes se decía sala, por detrás del respaldo de las sillas, para que no nos diera el sol, que en ese momento entraba a raudales por el balcón de la galería y allí desayunábamos, dibujábamos y pasábamos parte de la mañana tan contentos con nuestro toldillo improvisado que tanta gracia nos hacía. Esto ocurría por el año 1952 o 53, no lo recuerdo bien, hace tanto tiempo….Tendría tres o cuatro años, junto a mi hermano, un año mayor que yo.

 

Con qué poco nos conformábamos, yo aún tenía la muñeca que me habían traído los Reyes Magos, un poco perjudicada, eso sí.  Aunque recién llegada a mis manos, abría y cerraba los ojos, ahora, un párpado ya no se levantaba. También le había cortado el flequillo, porque me parecía que el peinado se le había quedado muy anticuado. Afortunadamente, mi madre le había fabricado un vestidito de verano monísimo, con florecitas y lazos que le daban mucho realce.

 

A mi hermano ya no le quedaba nada de nada, ni la pistola de fulminantes, ni la cartuchera, ni siquiera las pinturas de Alpino. Ya lo decía mi abuela, “este niño es un destrozón”. Así que se conformaba jugando conmigo con la muñeca y los cacharritos que aún tenía del año anterior. Aprovechaba esta coyuntura y le hacía probar todos mis guisos, que se cocinaban encima de un ladrillo y que evidentemente estaban crudos. Él hacía como que se lo comía y yo tan contenta.

 

 

Lo que antes había sido nuestro asiento, o sea, una de las banquetitas, se convertía ahora, por arte de magia de la ingenuidad, en una moto, donde mi hermano se sentaba a horcajadas y yo, muy femenina, en la parte de atrás con las dos piernas juntitas.

 

Por las tardes, algunos días íbamos a la playa de las Moreras con mi madre y mi hermana pequeña que aún iba en un carrito, aún no andaba. Nos bañábamos en la orilla y luego nos secábamos pegaditos al muro, calentito porque le daba el sol toda la tarde. ¡Qué ricos aquellos bocadillos de pan con chocolate después del baño! Cuando el sol comenzaba a meterse detrás de los árboles de la otra orilla llegaba mi padre, que acababa de salir de trabajar y algún día, solo alguno, nos invitaba a un helado.

 

Cuando, pasado mucho tiempo, mi hermano mayor y yo recordamos estos juegos y los comparamos con los de nuestros nietos, nos parece imposible que su frase favorita sea “me aburro” con una habitación llena de juguetes.

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