Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Redacción
Lunes, 5 de junio de 2017
Relatos micropresos

Un agujero en el bolsillo

Noticia clasificada en: Alfil Negro David Frosty

David

La profecía

Viajarás por el mundo, me dijo una gitana leyendo mi mano, y yo me reía, ¿A dónde viajaré? Ella me miró. Y respondió, "chiquillo, ¿acaso te crees que tengo una agencia de viajes? No lo sé, sé que buscaras fortuna y amor. Y encontrarás una de las dos cosas." De repente sentí el peso del mundo sobre mis espaldas. Semanas más tarde, me encontré con un amigo, me dijo "¿quieres trabajar conmigo? Tengo una propuesta que hacerte." No tardé nada en aceptar el trabajo ya que llevaba dos años desempleado y no tenía nada que me atara. Cuando estaba ya montado en el avión destino a Colombia para ir a una explotación minera en busca de oro, empecé a recordar a la gitana, y me reí. 

Comencé a trabajar con la intención de amasar una pequeña fortuna con mi buen amigo. Las jornadas eran largas y tediosas, pero al final del día, la felicidad hacia que nuestros cuerpos apenas sintiesen la fatiga ya que la fortuna estaba de nuestra parte. 

Pocas semanas más tarde decidimos viajar a un pueblo cercano para ahogar nuestras penas en alcohol y festejar nuestra alianza. Y allí conocí a Rosita, dulce y bella mujer que rápidamente me cautivó. Una vez más las palabras de aquella gitana me volvieron a rondar por la cabeza. Esta vez no me reí, miré mi mano ebrio y dije: "te equivocas mano estúpida, tendré fortuna y amor."

Dos años más tarde no había más oro que extraer de aquella mina, ambos con una fortuna equiparable, nos despedimos, mi amigo volvía a casa yo sin dudarlo me quedaba con la dulce Rosita.

Cogí el talón con el total del importe de lo trabajado, y me lo guardé en el pantalón. Fue al llegar a casa después de un día de idas y venidas que me percaté. Tenía un agujero en el bolsillo. Y por cuarta vez y con lágrimas en los ojos recordé a la gitana. 

¿Fortuna o amor? Estaba claro que era lo que me quedaba. Aunque el amor de Rosita valía su peso en oro, nunca he podido dejar de pensar en el bolsillo que no zurcí.

 

 

Frosty

Pérez S.L.

Cada día que un niño perdía un diente de leche, el ratoncito Pérez, se frotaba las manos pensando en el negocio que le esperaba, pero, hace tiempo, que los niños ya no se preocupan por la magia que les podía dar el negocio de los dientes caídos puestos debajo de la almohada. Ahora cuando se les cae uno lo dejan encima de la mesa como un símbolo de la victoria sobre la niñez o simplemente lo tiran a la basura, mientras, luego, se quedan mirando, hipnotizados, y tocando una especie de cuadro de plástico que se ilumina enseñando casas y haciendo ruido…

Los negocios no pasaban por su mejor momento y el ratoncito triste se miraba un agujero en el bolsillo que le estaba destrozando el corazón ¿Qué iba a hacer ahora? Se sentía un recuerdo vintage de otra generación que le ha dejado de lado.

 

 

Alfil Negro

El medallón

Avanzo hacia el puesto de control 500 m y la pesadilla habría acabado. 

Austria al otro lado de la barrera, ataviado con un traje gris y envejecido prematuramente por el sufrimiento en el campo de exterminio, Klauss Kholer su nueva identidad se plantó ante el oficial de turno, que posaba altivo junto a su pastor alemán. Le mostró la documentación falsa médico y con el carnet del partido nazi y un salvoconducto. Todo gracias a su amistad con un guardián, al cual le había salvado de haber muerto en el rio cuando eran niños; Berlín estaba a punto de caer, pero Klauss no podía más, había visto salir a toda su familia por las chimeneas, no podía vivir más en esa tierra de horror. De su pasado tan solo le quedaba un viejo medallón que le regalo su abuela, un medallón con la estrella de David, símbolo judío lo llevaba oculto en el bolsillo del pantalón.

Llegó el momento el guardia le pidió la documentación, recelos la contemplo unos minutos, lo miró de arriba abajo y con cara de desagrado se la devolvió, pero no sin antes cachearlo, de desarboló la camisa, le hizo quitar los desgastados zapatos y con una sonrisa irónica le metió las manos en ambos bolsillos.

Klauss pensó este es el fin, el guardia le regalo una especie de mueca, y le dio un golpecito en el pecho y se rio con voz fanfarrona al tiempo que le dijo: - ¡Ja, ja! Tiene un agujero en el bolsillo; entonces un escalofrió recorrió la espina dorsal de Klauss. Mientras pensaba ese agujero me ha salvado la vida, mientras el medallón reposaba en un charco 15 metros atrás.

palabras menores • Términos de usoMapa del sitio
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress