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Redacción
Miércoles, 14 de junio de 2017
El regalo

Un regalo sin lazo

Noticia clasificada en: David

David

 

 

 

Aquel hombre miraba el calendario aún incrédulo. Había llegado diciembre junto a las primeras nieves, y, como si le echase un jarro de agua fría, comenzó a recorrer toda la casa, murmurando y quejándose de su soledad, de su edad, de que el café estaba muy dulce, de que fuera hacía mucho frío, y así siguió. Encendió la chimenea alimentando la lumbre con los troncos más gordos que había en el montón de la leña. “Así, pensó, no me tendré que levantar más veces”. Encendió la tele, y no tardó en refunfuñar por la cantidad de anuncios que en semejantes fechas se exponían.

 

Pasaron de igual modo los días posteriores, y llegó la Navidad y Año Nuevo, que pasó en la soledad de su casa, añorando la alegría en la casa de sus padres, con el trajín de toda la familia recorriendo las estancias. Finalmente, el día 5 de enero colocó sus zapatos bajo el abeto y pidió tan sólo una cosa: dio gracias al señor por una vida llena de fortuna y salud y se acostó temprano.

 

Al día siguiente, a media mañana, alguien llamaba a la puerta de su casa. Saltó de la cama extrañado, se puso la bata y bajó a abrir, mientras se preguntaba quién sería. Abrió la puerta y descubrió a una mujer de su edad con una sonrisa encantadora, lo que le dejó atónito.

 

– Buenos días, espero no haberle despertado.

– En que puedo ayudarla, –negó mintiendo, mientras sonreía

– Mire usted, se me ha parado el coche, y no sé qué hacer.

 

Cuando miró fuera de la casa, vio un coche medio enterrado por la nieve

– Lo mejor que puede hacer en entrar y tomar algo caliente. ¿Tiene prisa?

– No, nunca he tenido prisa, y por favor no me llame señora, en todo caso señorita.

Se cruzaron una dulce mirada, y entró en la casa. El hombre miró al cielo y susurró, “gracias”. No hacía falta un lazo para que aquel hombre entendiese que su regalo no estaba bajo el abeto.

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