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Redacción
Miércoles, 14 de junio de 2017

El regalo

Prisión y regalo... Acercamos a los presos la distinta manera que tienen de afrontar la noche de Reyes dos presos distintos. A partir de ella, ellos escriben. Ofrecemos el texto que les entregamos, que creemos ayuda a entender el que escriben los presos a continuación:

 

El regalo de Reyes


Este hombre cree en los Reyes Magos. Sigue creyendo que es necesario alimentar aquello que le queda de ilusión, de infancia, de inocencia. Y no quiere “torcer el brazo” a la situación en la que se encuentra.
O no. Dejó de ser niño hace tiempo. La infancia es una etapa de la vida que se vive y se acaba: luego vienen otras. Una etapa, por lo demás, mitificada, con mucha mala literatura detrás. ¿Cómo creer en la infancia, permitirse ser niño, en la situación en la que se encuentra?

 

Es un hombre que, por sus circunstancias personales, quiere y necesita escribir una carta a los Reyes Magos. La escribe.
O no. Este hombre, por sus circunstancias personales, no escribe una carta a los Reyes Magos.

 

Escribe su carta porque, aunque sea él mismo (bueno; tal vez no él mismo, ¿porque quién era realmente él mismo?), alguien (tal vez uno de sus yo) se acercará en la noche hasta sus zapatos, especialmente lustrados, y depositará un paquete, aunque sea pequeño, con un detalle, aunque sea insignificante.
No escribe su carta porque, aunque lo hiciera, sabe que al amanecer del día 6 de enero nadie que no sea él habrá dejado un paquete, por pequeño e insignificante que sea, junto a sus zapatos.

 

Recuerda con añoranza algunos regalos que recibió en su infancia, la cabalgata recorriendo las calles de su ciudad, él sobre los hombros de su padre, los nervios del amanecer...
No concede ni medio centímetro al recuerdo. En cuanto abres esa puerta se cuela la nostalgia, que aquí es veneno. Los Reyes Magos pertenecen a un paisaje pasado que poco tiene que ver con el actual y que no haría sino hacerle daño.

 

Durante las navidades pensó qué podría regalarse. Algo que, aunque aparentemente cotidiano, sin mucha importancia, él iba a dar la categoría de “algo especial”. ¿Qué podría ser? Sin duda, algo iba a poner delante de sus zapatos.
Veía en la televisión los anuncios de juguetes y artilugios electrónicos, oía a los niños repetir las tonterías de todos los años... Esto es solo comercio, una forma de ‘entretener a la tropa’, pensaba... Sabía lo que pasaba fuera, pero el solo podía ser un espectador. Aunque quisiera participar, no podía; formaba parte del castigo. La gente estaba ciega. Pensaba que estar preso es estar privado de libertad, pero eso solo es la punta del iceberg. Ahora le estaban privando de pensar qué podría gustarle a su chica. de recorrer tiendas, de envolverlo, de ver su cara al abrir el paquete...

 

Envolvió el regalo. Hacer un regalo no era cosa menor. Eso era algo que había aprendido precisamente en la prisión: el valor de un regalo, lo que realmente es un regalo, cómo el mayor regalo es muchas veces lo aparentemente más trivial, lo que no damos importancia. Por eso, tal vez, buscó un papel especial. O decoró un folio en blanco con un dibujo especial. ¿Puso un cartel? ¿Qué diría en ese cartel? Se afanó en ello antes de meterse en la cama.
El único regalo posible era la libertad. Y para él, libertad era salir de ahí. Mientras tanto, todo lo que pasara ahí dentro era circunstancial, provisional, algo por lo que transitar de puntillas y bien acorazado. ¿Qué sentido tenía incluso recibir un regalo de su madre ahí dentro si llegaba dentro de un envoltorio de correos, el día 15 de enero y no estaba ella con él para revolverle el pelo?

 

Apagó la luz. Aún a oscuras, cerró los ojos. Por su cabeza desfilaron sonidos, lugares, personas, olores, luces, ropas, voces...
Apagó la luz. Aún a oscuras, cerró los ojos. Muy a su pesar, por su cabeza desfilaron sonidos, lugares, personas, olores, luces, ropas, voces... Creyó oír llorar a su compañero al otro lado del tabique. O tal vez era él. O no oyó nada.

 

Era el día de Reyes. Cuando sonó el aviso del nuevo día, vio el paquete junto a los zapatos. Salió al recuento. Pensó cuándo dedicaría ese momento especial para recoger el regalo, abrirlo, sentirse niño, sabedor de que aún conservaba, y alimentaba, su capacidad de regalar y de recibir regalos. Y de que no estaba dispuesto a perderla en aquella prisión.
Era el día de Reyes. Sonó el aviso y oyó a un compañero gritar: “¡si no vienen los Reyes, que por lo menos venga un camello con buen material!”. Se rió. La realidad le daba la razón: en una prisión no cabe ni la magia, ni la infancia, ni la ilusión.

 

Mientras el funcionario cantaba sus nombres, miró las caras de sus compañeros y supo quién había recibido un regalo delante de sus zapatos, por pequeño que hubiera sido.
Una mañana más, un día más que descontar.

 

"Sin abrir", un texto de Frosty

 

"Eres un sol", un texto de Alfil Negro

 

"Un regalo sin lazo", un texto de David

 

"Gracias", un texto de Fukymuky

 

"Anhelos", un texto de El Gallén

 

"Dar y recibir", un texto de Mario

 

"El regalo de Reyes", un texto de Anyelino

 

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