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Redacción
Viernes, 23 de junio de 2017
Preguntas sin respuesta

Una conversación para siempre

Noticia clasificada en: Frosty

Frosty

 

 

 

 

Plantearme esta conversación no es tarea fácil. Son muchas las preguntas sin respuesta que amueblan el apartamento de mi consciencia, que me visitan más noches de las que me gustaría reconocer. Podría resumir la esencia de todas en una sola: ¿y si hubiera? “Y si hubiera” entra en la habitación de mi existencia sin que yo la invite, sin siquiera abrir la puerta. Cuando me quiero dar cuenta, se sienta a mi lado, me rodea con su sutil brazo intentando consolarme falsamente por todo lo que ha sido, por todo lo que me ha traído a este mundo, muchas veces de pesadilla, del que ya es demasiado tarde para salir.


Suelo ser muy débil como para no dejarme seducir por su consuelo, como para no descansar en su hombro mientras siento ese vacío en el vientre. Un vacío de tiempo que no pasa, de tiempo que se ha parado de golpe. Para cuando levanto la poca vista que me queda, esta hábil seductora me tiene atado con nudos de impotencia, inmovilizado de todo sentido mientras descarga toda su fuerza contra mis ganas de seguir adelante. Sé que empiezo a perder otra vez la batalla, si es que se puede llamar así, cuando por mis venas solo corre el aroma de abandono, cuando me pregunto con la respiración entrecortada: ¿qué coño importa todo si al final terminaré igual? Y tal vez el tiempo ya ha sido el suficiente como para difuminarme en el olvido de los que un día tuve cerca y mi final sea para ellos una especie de despedida con anestesia, inducida en un sueño de años en la distancia. Sentir ese frío inminente es como chocar contra un iceberg en mitad de la nada, es mirarme a los ojos en los más profundo de mi propio limbo reconociendo mi autoderrota, es escuchar a la oscuridad y acudir en silencio.


Lo más gracioso, por llamarlo de alguna manera, es que cuando tiene la oportunidad de asestarme el golpe definitivo, ya sea por compasión o porque disfruta con mi dolor, da un paso atrás y se desvanece en una extraña calma dejándome totalmente indefenso y exhausto. Al despertarme, intento recomponerme de esa manera, unas veces fácil otras más difícil, pero termino levantándome y he de decir que, de alguna forma, el tiempo me ha terminado regalando el arte para esquivar sus abrazos y la destreza para desatar sus nudos, lo que no significa que haya dejado de venir cada vez que me siento débil. Pero sí, ya son más las veces que, cuando aparece extendiendo su brazo para consolarme, se encuentra con que he desnudado mi alma y vuelo ligero con alas de indiferencia lejos de su falso consuelo, por encima de sus tristes nudos. Y es, en esas noches que tal y como aparece se marcha dejando la irónica melodía de que los dos sabemos que no es para siempre..

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