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Redacción
Miércoles, 5 de julio de 2017
Letras de Buenos Aires

Los pájaros del tango

Noticia clasificada en: Graciela Mantiñan

Graciela Mantiñan

 

 

 

 

Nunca sabremos si los pájaros aman el tango, pero sí sabemos que las letras de tango aman a los pájaros, porque el dos por cuatro les dio infinitas formas de protagonismo.

 

Ya en 1926, en Gorriones de Celedonio Flores, estos humildes pajaritos celebraban el amanecer de una ciudad, donde el sol es “una rubia que se suelta el pelo”. Emblemas de un pueblo humilde, ellos buscan el suburbio tranquilo porque “nos queman las alas / las luces del centro”. Siguen trinando a pesar de las penas, saben que en su interior late una fuerza que definen como “el alma armoniosa de veinte guitarras”. Así revelan una clave de nuestra poesía popular que tuvo su origen en las cuerdas de la guitarra campera.

 

El tango focaliza en los gorriones una poética tan sencilla como perdurable.

 

En 1932, ya emblematizan el espíritu del barrio: “vos tenés el alma inquieta  /de un gorrión sentimental”  (Melodía de arrabal) Es notable cómo estos pájaros surcan el tiempo. En un tango de 1969, que marcó la más fantástica renovación del género, su protagonista que está “pintao”, loco en nuestro lunfardo, mira a Buenos Aires “del nido de un gorrión” (Balada para un loco).

 

En 1929, Francisco García Jiménez imagina una: “Palomita blanca que pasas volando / rumbo a la casita donde está mi amor”, transformada en “una carta de recordación”, la pequeña paloma recibe un encargo (Palomita blanca). No debe contar que el hombre llora su ausencia, sólo decirle a la mujer amada “de lo muy amargo que es vivir sin ella”. Y con sereno vuelo escribir en el cielo “no te olvida nunca / sólo piensa en vos”. ¿Acaso no es sutil? La función tradicional de la paloma, llevar un mensaje, adquiere un nuevo valor. Porque ahora ella tiene la capacidad para transmitir todo el dolor y las contradicciones del amor.

 

Gardel y Le Pera eligen la golondrina para representar “El alma criolla, errante y viajera”. La sienten como una parte de la ciudad, una “pebeta de mi barrio” que tiene “fiebre en las alas” (Golondrinas, 1933). Ella es un símbolo de libertad porque “querer detenerla es una quimera”, “su solo destino es siempre volar”. Pero el zorzal, como le decimos los porteños a Gardel, también depositó en la golondrina una sombría forma de regreso, “con las alas plegadas / yo también he de volver”.

 

Hasta ahora, evocamos letras de tango cuyos pájaros sobrevuelan Buenos Aires. Pero, quizá porque nuestros creadores siempre se vincularon con distintas manifestaciones poéticas extranjeras: el tango logró que desde cielos lejanos, la alondra también tuviera carta de identidad porteña. Aunque no exclusivamente, la alondra define una forma de ser mujer. Está en la mítica Malena: “Tal vez en la infancia / su voz de alondra / tomó ese tono oscuro de callejón” (Homero Manzi, 1941). Pero también en Madame Ivonne: “Alondra gris, tu dolor me conmueve” (Enrique Cadícamo, 1933).

 

Es cierto: los pájaros vuelan en el tango y el tango vuela con los pájaros. ¿Querés probarlo? Mirá el cielo de Valladolid mientras escuchás Los pájaros perdidos de Astor Piazolla y Mario Trejo

 

 

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