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Redacción
Lunes, 10 de julio de 2017
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Respeto

Noticia clasificada en: Isaac Macho Ramón

RAMÓN

 

Isaac Macho

 

 

 

Paseaba por la calle con mi perro de agua Nilo cuando al cruzar un semáforo me encontré, de sopetón, con mi amigo Javier. Venía negro porque acababa de pasar la ITV del coche y había invertido prácticamente toda la mañana. Su cabreo era mayúsculo ya que, ingenuo de él, acudía con la seguridad de que le atenderían con agilidad, al ir con cita previa, con la hora ya reservada, pero nada más lejos de la realidad. Creía, iluso gigante, que la inspección del coche sería una cuestión de coser y a cantar, como otras veces, aunque las cosas fueron por otros derroteros.

 

Al llegar a la estación nada le hizo pensar en anormalidad alguna. En la oficina, enseguida, le pidieron el Permiso de Circulación y comprobaron la situación de la Tarjeta de Inspección Técnica de Vehículos. Pagó las tasas religiosamente e inició, en el exterior, la peregrinación con el coche por los diferentes puntos de los que se compone la Inspección Técnica de Vehículos. El primer empleado comprobó los niveles de emisión contaminantes que produce el auto y le indicó que el automóvil estaba dentro de los parámetros de las directivas europeas.

 

Pero tras pasar el primer filtro, rápidamente entendió el contratiempo que se avecinaba. Había tal reata de carros esperando su turno para realizar los obligatorios controles de alumbrado, señalización, frenos, dirección, suspensión, etc. que comprendió inmediatamente que esa mañana la tenía perdida laboralmente. Así fue cuando, finalmente, le entregaron el resultado de la inspección con el documento del Informe de la Inspección Técnica y la pegatina identificativa correspondiente en la que constaba la fecha de validez de la inspección. Había pasado hora y media desde que se personó en las instalaciones de la ITV.

 

¿Qué había ocurrido para que se dilatase tanto la Inspección aun disponiendo de la  cita previa? En una primera explicación de urgencia se adivina que la empresa había acumulado un listado de turismos mayor de la que era capaz de atender. Y, ¿por qué? Sencillamente, para hacer caja. Cosa menor era faltarles al respeto a los clientes que habían dejado sus ocupaciones para ser cumplir con sus obligaciones “oficiales”.

 

Con esa realidad nos encontramos con frecuencia. ¿Quién no ha ido al médico especialista de la privada, servicio por el que cobran una pasta, y te encuentras con que, unas veces, tienes que quedarte de pie porque la sala de espera está llena de pacientes y, en muchas ocasiones, esperas media, una y hasta hora y media antes de que te atienda el médico al que acudes con la hora establecida de antemano? ¿Por qué te citan con tan escaso espacio de tiempo si ellos ya conocen, o deberían tener estadísticas, para que en caso de no poder cumplir con el contrato, pierda los minutos el profesional y no el cliente que también tiene sus plazos medidos y encima paga por un servicio que no le prestan en las condiciones adecuadas?

 

¿Qué falta de respeto es esa? ¿Dónde queda la dignidad de los administrados, esencia de la vida social? Y esa soberbia, ¿a santo de qué? No todos los galenos incumplen el contrato médico-paciente, desde luego. Pero, ¿por qué cuchicheamos tanto cuando el médico o la enfermera de Atención Primaria en el Servicio Público van como motos atendiendo a los pacientes citados si se retrasa unos minutos y, en cambio, aquí, con todos los argumentos del mundo a nuestro favor, agachamos la testuz como cabestros?

 

Conocí a una profesional alemana que sí era una modelo en este terreno. Si el tiempo medio por paciente era de 30 minutos, citaba a los usuarios cada 45 minutos porque, de ese modo, aunque se dilatase un poco la atención al cliente, algo habitual, nunca obligaría a retrasar la cita con el siguiente beneficiario. Y si alguien tenía que esperar ese era el facultativo, y no el cliente, porque para eso pagaba. ¡Eso sí que es entender el negocio con respeto…!

 

Por lo que se ve poco han cambiado las cosas, a pesar de los años. Todavía recuerdo cuando de niño salía del colegio y, sin pasar por casa, nos llevaban directamente al dentista para una revisión de caninos. Pasábamos en la consulta, en manada, horas y horas antes de que nos tocara el turno.  Como borregos.

 

Un buen día, mi peluquero decidió cambiar el sistema de atención a los clientes. En lugar de esperar a que fuesen llegando los usuarios espontáneamente, como se había hecho toda la vida, sugirió e impuso a los usuarios que llamasen por teléfono antes de acudir para atenderles a una hora exacta sin necesidad de esperar sentados a que le llegase su turno. ¿Qué pasó? Pues que perdió clientes porque se negaban a ir a la peluquería a toque de reloj. Al parecer preferían malgastar su tiempo entre chascarrillos de unos y otros. Hoy, los empleados de la barbería han ganado en salud y método… pero hay ciudadanos que siguen anclados en las viejas rutinas. ¡País!

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