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Redacción
Jueves, 10 de agosto de 2017
Caravana Abriendo Fronteras

Día 19: en Melilla

La Caravana Abriendo Fronteras, formada por cientos de personas de muchas partes de España, partió el pasado mes de julio a Melilla con el objetivo de reivindicar los derechos de las personas migrantes y denunciar las políticas de asilo que se llevan a cabo en este país. Un viaje que les llevó a algunos CIEs y aeropuertos, entre otros lugares, para ofrecer su solidaridad a los refugiados y proclamar diferentes consignas. Martín Rodríguez Rojo, profesor de la Universidad de Valladolid, nos cuenta su experiencia en este viaje.

Martín Rodríguez Rojo

 

 

 

Es el segundo día en Melilla. La mayoría de los caravanistas  viven en el “Fuerte”, camping bastante separado del centro de la ciudad.  Esta distancia dificulta la facilidad de movimientos y de contactos con la vida real de la ciudadanía; pero, al mismo tiempo, fuerza a centrarse en el objetivo de la Caravana. 

 

La finalidad fundamental de nuestro periplo consiste en denunciar la existencia de fronteras. Hoy día, no deberían existir, porque somos todos ciudadanos del mundo, porque la globalización debería abarcar no sólo a las mercancías, sino también a las personas. Éstas deberían poder moverse sin dificultad. El mundo es para todos y el planeta no tiene confines. Pertenecemos al espacio sideral donde las moléculas y los átomos son fluidos, móviles, penetrantes, holísticos y por tanto universales.  Somos hijos de la Tierra, de una misma raza. Todos nacemos, crecemos y morimos como piezas de un todo abarcante que habita las partes y donde las partes también son todo. ¿Por qué, pues, separar, si nacemos uncidos al carro de la Pachamama y este carro es capaz de transportar en sus alas a todos los habitantes que pululan por los montes y los valles?

 

Tampoco necesitamos fronteras, porque el ser humano para seguir siéndolo necesita crecer y sólo se crece comunicándonos con los demás. Pero resulta que para comunicarnos lo que sí necesitamos son puentes, no vallas, no fronteras, no separadores. 

 

Partiendo, pues, de estos planteamientos, el movimiento social “Caravana” se considera un movimiento mundial, universal, abierto a la vida en todas sus dimensiones, horizontal, democrático y asambleario. Nos distingue el diálogo, la interacción, la mirada alta y larga. Somos un horizonte prolongándose día a día, enrojeciendo a las olas,  a caballo de su transparente movilidad que busca la otra orilla, llevando la noticia y el alimento, si menester fuere, de una parte del mundo a la otra distante pero no separada. Nos sentimos hermanos de los hombres y mujeres de la humanidad, sonajeros cargados de energía capaces de arrullar a todo ser naciente. Nunca fronteras, pues, excluyentes y mezquinas.

 

Había llegado nuestro día, por tanto. La mañana en que, enfilados al mismo tiempo que despistando a la masa para no herir susceptibilidades policiales, nos teníamos que dirigir a las vallas de Melilla.  Queríamos contemplarlas, verlas de cerca, examinarlas, observarlas como investigadores que desean cargarse de razones, buscando datos en los papiros de la historia o en las cavernas paleolíticas. Queríamos constatar nuestra rabia delante de las murallas. Queríamos, en definitiva, derribarlas.  Anduvimos a pie enjuto. Con ansia y con furia al mismo tiempo. Pero debíamos atemperar la velocidad de los sentimientos. Lo sabíamos con la razón y lo padecíamos con el corazón. Llegamos, efectivamente. Allí estaban, mudas, erguidas, metálicas, sin afectos, sin empatía. Más bien con indiferencia humanitaria. No se habían levantado ellas. Las habían construido otros seres más fríos que el propio hierro sobre el hielo polar. Las había construido el miedo, la indeferencia, el pasotismo cívico, la avaricia humana, la competitividad capitalista, los Estados plazocortistas, los planteamientos caducos, los que no saben mirar al futuro y menos a lo lejos.

 

Nos volvimos decepcionados, pero sin darnos por vencidos. Por eso, insistimos y nos dimos la vuelta para ver al oso muerto por el otro lado. De playa a playa, 12 kilómetros de ignominia. Allí, el comercio trasnochado, propio del medievo, más bien que del siglo XXI. Mujeres transportistas, porteadoras de la muerte para sostener su propia vida. Mujeres ancianas con el fardo encima de sus costillas, adelantando el quiebre prematuro del esqueleto óseo, anunciando la próxima ruptura de caderas, perdiendo la dignidad, caídas sobre el barro y despreciadas por la vara del amo.  Vimos una Europa anciana, vieja, sin iniciativa, renunciando incluso a la tecnología de la que se ha sentido ufana. Europa ha muerto en las concertinas de Melilla. Europa ha cerrado la puerta a las personas y ha sostenido la apertura de la frontera al hormigueo comercial chico, raquítico, porque no puede cerrar las puertas del campo, el paso obligatorio y necesario de la comunicación, aunque en este caso, se trate de una comunicación de cosas y no de seres racionales.  ¡Qué transposición, qué distorsión!: Sí al intercambio de mercancías y no al apretón de manos.

 

No hubo más remedio que huir, huir de nuestro continente y meternos en otro. Pasamos de la Europa envejecida y nos adentramos en la vieja África. Nos cambiamos de la caducidad de una civilización engreída, pero herida en sus entrañas, a la otra cultura de la vieja sabiduría. Nador era la población urbana más cercana. De sus cerca de 300.000 habitantes, unidos al resto de un continente arrasado, empobrecido por manos ajenas, olvidado y robado, desatendido, pero lleno de vida y de vidas, cabe esperar la resurrección de los muertos. Será mañana. Y los nietos de éstos que hoy son despreciados e impedidos de entrar en el paraíso esquilmado, serán los jóvenes que inundarán las playas y los mercados, serán los  encargados de repoblar los pueblos y de levantar las semeneras de la ilusión perdida.  Aunque sólo fuera por el argumento demográfico de quien sucumbe por vejez y de quien se multiplica por reproducción biológica, Europa y el mundo deberían comprender que sería mejor para ellos mismos atender a la demanda de la migración. Ojo a los próximos lustros, ojo a las olas migratorias que no se doblan por las dificultades.

 

Nos esperaban las últimas actividades programadas para la jornada del 19. Por eso, pusimos fin a nuestra incursión en tierras africanas y retrocedimos hacia Melilla de nuevo. En el campo de fútbol de la Cañada nos esperaba la contemplación de un partido entre los “menas” y otro equipo del barrio. Era el símbolo de la ruptura de barreras. Los unos y los otros somos jugadores del mismo equipo de la vida, aunque midamos (deportivamente) nuestras diferencias.

 

Al terminar el partido de fútbol, la suerte nos deparó otra ocasión de decir quiénes somos. Estaba por allí el excelentísimo Sr. Ex – Ministro del Interior, Sr. Fernández Díaz, el de las pelotas de goma lanzadas en la playa de Tarajal, produciendo muerte al inmigrante. Allí fuimos como rayos fieles a la cita. Él acababa de poner el pie en los aledaños del Ayuntamiento de Melilla donde iba a pronunciar una conferencia  sobre el desastre de Annual. Nosotros lo pillamos en el salto del estribo desde el coche a la calle. Y nos dio tiempo para preguntarle a gritos, porque el miedo y la “prudencia” causó el cierre inmediato de la puerta, qué pasaba en Tarajal, Sr. Fernández criminal. Un empujón a uno de los nuestros enfureció al centenar de manifestantes, compañeros de caravana, y los gritos arreciaron. Fue un susto para los “valientes” que escoltaban al ex ministro, una sorpresa para la policía que tuvo que acudir presurosa a la llamada telefónica de algún esbirro servilista y un éxito para la Caravana. Era la segunda ocasión de poner música a la marcha, después de la primera acaecida en el aeropuerto de Sevilla.

 

No teníamos más tareas que desarrollar bajo el formato de ataque activo contra la injusticia, durante esta jornada.  Por eso, dijimos adiós al Sr. Fernández. No nos interesaba continuar por el momento, pero le avisamos: “nosotros nos vamos, mañana volveremos”.  Sin demora nos trasladamos al CETIE o Centro de Asistencia Temporal de Inmigrantes Extranjeros”. Nos esperaba el resto de compañeros. Formamos un enorme círculo. Una compañera de Melilla dirigiría la meditación. Cinco minutos de silencio y de relajación para iluminar la noche y nuestras emociones con la ayuda de cientos de velas encendidas. La lucha necesitaba reflexión. La acción sola deriva en  activismo; la teoría sola, en un blablá sin sentido. Había que pasar a la praxis, unidora de teoría y práctica. Ahora estábamos en el segundo elemento del binomio. Juntos por las manos, ojos cerrados y escuchando la oración ecológica a nuestra madre Tierra.

 

El día había resultado fructífero. Merecíamos terminar cantando y alimentando nuestros cuerpos bajo los nobles edificios de la Melilla Vieja. Allí nos dirigimos. Eran las 10.30 de la noche africana-melillense. Día sexto. 

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