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Redacción
Lunes, 14 de agosto de 2017
Corazonadas de la India

Blanca

Noticia clasificada en: Corazonadas de la India Marina Escudero

Marina Escudero

 

 

 

Hoy hace un año que regresé de India. Hace un año que dejé de sudar a diario, que volví a comer con mi apetito mediterráneo, que me relajé y que descansé como solo se puede hacer en la cama propia. Hace ya un año, empecé a comprobar cuánto ha cambiado mi manera de ver y de entender el funcionamiento de las cosas y de las personas. Pero aun hoy sigo haciéndome las mismas preguntas de entonces sin encontrar una respuesta que me satisfaga.

 

Fue en India donde comencé a atisbar la magnitud del mundo, y de las diferencias en las maneras de vivir que hay detrás de cada frontera. Allí, esbocé las reglas escritas y no escritas que manejan las relaciones, los intercambios y el día a día de los millones de personas que simultáneamente convivimos en el ahora, aunque no seamos conscientes de ello.  Fue donde empecé a no entender nada.

 

Tras un mes viviendo en el país, (y fruto de aquellos días en los que las preguntas comenzaban a asaltarme) escribí Blanca que hoy comparto, para haceros partícipes de aquel desconcierto e inocencia que aun hoy hace estallar mi cabeza:

 

 

"Los que me conocen sabrán que, a pesar de ser europea no soy una chica de piel blanca nuclear de esas que se disimulan con las paredes. Sin embargo, nunca me he sentido tan blanca como ahora. Un mes en India da para mucho. Adaptarse a un nuevo país supone, más que un cambio de hábitos, un aprendizaje y un cambio de perspectiva.

 

En menos de un mes, ya me he dado cuenta de que en India, me tratan diferente, pero todavía no sé muy bien si sentirme poderosa o discriminada. Tengo el poder de hacer que una fila entera de hombres con prisa se pare en seco solamente con hacerles una señal con la mano. Me basta con una mirada para que cualquier hombre me ceda su sitio en el metro y, a la hora de abrirse paso entre la multitud, parezco tener un escudo radiactivo que va haciéndome camino sin esfuerzo. Y todo por ser blanca.

 

Y digo blanca con un doble sentido. De raza o piel blanca y además mujer. India es el país más machista en el que he vivido. De lejos. Las mujeres son tratadas como objetos que preparan comida, mantienen “limpio” un hogar y dan hijos, hijos, hijos y más hijos. Como en casi todos los lugares, el subdesarrollo se nota más en las zonas rurales. Es decir, en Delhi es posible encontrar chicas con libros en la mano, con aspiraciones y posibilidades y puede que hasta en camisetas de tirantes. Eso sí, las piernas tapadas hasta los tobillos.

 

 

Pero a la vez, en las zonas rurales, el nacimiento de una hija supone una auténtica desgracia: “otro trasto más al que alimentar, y tengo que pagar su boda.  A ver si por lo menos es sumisa, que no quiero quejas del marido”. Sobre los 18, llegará el día de la boda y de conocer al marido que, si tiene suerte, solo le pedirá un hijo al año bajo amenazas de abandono. “Más hijos, más trabajo, más dinero. Si tengo 12 hijos, seré millonario. A parir”.

 

Por supuesto, no todos los hombres son unos tiranos y, como explicaba antes, en las ciudades es distinto. Pero lo que la mayoría de las mujeres tienen en común es el pensamiento de que son más débiles, más incapaces, más torpes y más tontas que un hombre. Nunca van a valer tanto como ellos, ni van a ser consideradas socialmente como un instrumento de la misma utilidad que sus hermanos varones.  La hindú es una sociedad en la que estos valores están tan implantados, que nadie espera que llegue aquí una chica blanca con aspecto de niña y sea capaz de valerse por sí misma o de manejar una cámara réflex sin poner el modo automático.

 

El caso es que vivo con dos hombres, que también son blancos. Lo lógico sería que los tres hubiéramos tenido los mismos problemas de adaptación ¿no?, ese shock cultural del que tanto se habla. Pero nuestros papeles en el país son muy diferentes y por mi cabeza pasan varias cuestiones que hasta ahora ni me había planteado. Llega a molestarme que me cedan el sitio a mí y a mi acompañante no. ¿Ves en la cara que soy más débil o que estoy más cansada que él?, ¿Por qué intentas cobrarme desorbitadamente más caro el tuk-tuk, crees que es más fácil timarme? ¿Por qué en una tienda me tratas como si no supiera lo que busco, o incluso me ignoras, eh, maldito indio? ¿Por qué este tipo de cosas nunca habían pasado por mi cabeza y por qué pasan ahora?

 

 

En fin, que aprender a tratar a India es un poco complicado, bueno, más bien a indio porque con las mujeres es otro cantar. La mayoría también me miran descaradamente y mucho tiempo, hasta que me pierden de vista. Al principio, sus caras son como de amenaza o de miedo, pero estoy probando una teoría: si las sonrió, me devuelven la sonrisa. Estudio con 100% de resultados satisfactorios. Se sienten identificadas conmigo, piensan que tengo sus problemas y rutinas diarias: que me impondrán un marido, que me obligarán a casarme, que tendré que hacerle feliz en todos los sentidos, que dedicaré mi vida a él y a mis hijos, que solamente me relacionaré con otras mujeres y que no tendré ninguna otra inquietud que no sea de tipo familiar. “Children are life”, estamos de acuerdo, pero cuando sea capaz económica y mentalmente de mantenerlos ¿no? Puede que sea una ilusión pensar que con  una sonrisa pueden decirse tantas cosas, pero yo las noto así. Cómplices conmigo."

 

En definitiva, para una chica que ha sido criada en la más absoluta de las igualdades, resulta muy chocante la imposición de este tipo de ideas por parte de la sociedad en la que trato de adaptarme. Y no solo chocante, sino también a veces frustrante. Solamente veo la solución en continuar por este camino hacia la madurez mental y, en unos años, con tiempo, dinero e ideas, empezar a preparar la revolución de la mujer en India. Si es que ellas no lo han hecho ya. Yo aquí, por el momento cada día estoy más morena, pero nunca me he sentido tan blanca.

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