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Redacción
Miércoles, 6 de septiembre de 2017
Inane

Una verdad oculta en la mentira

Noticia clasificada en: David

Juan José Millás


La desaparición del pensamiento no es como un corte de luz. Se produce de forma escalonada, para evitar el susto. Hoy se suprime el latín, mañana la lógica, pasado mañana la literatura… El caso es que un jueves, por lo que sea, tienes necesidad de usarlo y no lo encuentras. A ver, haces memoria, para recordar la última vez que pensaste, como cuando extravías las llaves, pero no eres capaz de recordarlo. Tiene que estar en alguna parte, te dices, y vas de un lado a otro de la casa, o de la bóveda craneal, buscando el pensamiento. Como has dejado la tele encendida, para que te haga compañía, escuchas a lo lejos los obuses emocionales que llueven sobre los asistentes a los mítines de los partidos políticos. Necesitas el pensamiento para defenderte de esas soflamas, pero al final, rendido, te dejas caer en el sofá y escuchas tú también el mitin con el gesto con el que en un tiempo remoto escuchabas un discurso racional.


Al principio, la ausencia del pensamiento se percibe como una amputación. De hecho, hay quienes lo sustituyen con un pensamiento fantasma, como al que le cortan una pierna. Eso dura lo que dura porque el pensamiento fantasma duele tanto como el real, pero no soluciona nada. Tarde o temprano, en fin, se acaba prescindiendo también de él y un día, sin saber cómo ni por qué, te encuentras abriendo el periódico por la sección de Gente, donde te engolfas con las disputas posconyugales de Brad Pitt y Angelina Jolie, a las que se les puede sacar su punta filosófica, no creas. Lo que te ocurre a ti, le ocurre al mundo en general, por lo que no te sientes un bicho raro ni nada parecido. Instalados todos en la opacidad mental, ya estamos listos para firmar donde sea menester. O para votar al más inane.

 

 

David

 

Sin querer hablar de religión ni de modificaciones en el aspecto del conocimiento de la física, he de empezar por algún lado, porque todos formamos parte de algún movimiento, nos agrupamos. Carecemos de pensamientos propios, o más bien de pensamientos que no sean derivados de otro. Si bien podemos alcanzar una lógica en base a sentimientos frente a catástrofes o hechos trágicos. Todo esto viendo un telediario o leyendo un periódico, sin cuestionarios ni siquiera, una vez la veracidad o los motivos de quien publica frente a nosotros. Nos lo ponen todo tan claro frente a nuestros ojos, que ni siquiera discrepamos. Entonces, ¿por qué nacen los conflictos? ¿Quién está tras el telón moviendo los hilos como un titiritero?

¿Con qué derecho una nación puede invadir a otra? O juzgar a una persona como “dictador” o “terrorista” cuando hay otros intereses ocultos. He ahí una realidad cuyo esbozo está oculto, una que el público no conoce, en la que ni las vidas de las personas importan, solo un interés acaparador. Fluctúan gastos que subsanamos con el sudor de la frente y, ¿para qué? ¿quién se lucra? ¿quién llora? ¿quién impone el precio del pan, de tu casa? ¿quién legisla los valores del ser? ¿quién te impone limitaciones a favor de tu libertad?

Y, sin duda: ¿quién se cree libre? Libre de pensar y de actuar. No diría que no. No tardaremos mucho en tener implantes o localizadores bajo nuestra piel, o que nos tatúen un número de serie en la muñeca para ser identificados y localizados a todas horas. Todo por nuestra seguridad y libertad. Claro, justamente o parecido a lo que los nazis hacían con los judíos.

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