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Redacción
Viernes, 29 de septiembre de 2017

Freud, el cine y yo

Noticia clasificada en: Graciela Mantiñan

Graciela Mantiñan

 

 

 

 

Creo que todo comenzó cuando leí la referencia de Freud a la pizarra mágica, un juguete infantil cuya pantalla siempre en blanco estaba cubierta por una pequeña lámina de celuloide. Se podía escribir o dibujar con un punzón, pero todo desaparecía rápidamente. No eran tiempos de ordenador, nada se grababa.

    

¿Qué decía el padre del psicoanálisis de esa pizarra?: la usaba para explicar el sistema de la memoria inconsciente que fijaría en la pantalla externa lo inmediato y a la larga olvidable. A diferencia del juguete, la pantalla interna guardaría lo permanente, aquello que en realidad volvemos a recordar frente a determinados estímulos.

 

Freud no hablaba de películas, pero su descripción me hizo pensar en cómo operaba el cine en mi memoria. Porque yo había visto escenas que pasaron velozmente, sin embargo las recordé cuando distintos sucesos, acaecidos en el mundo o en mi propia vida, se instalaron en esa gran pantalla que es la realidad.

 

Una nueva esperanza (1977), el Episodio IV de La guerra de las galaxias, transcurre en un futuro muy lejano donde un joven guerrero debe ingresar a la Estrella Negra, una estructura bélica inexpugnable. Su maestro jedi, protagonizado por el inolvidable Alec Guiness, sólo le dice: “Todo sistema tiene una falla, la cuestión es encontrarla”. El joven logra entrar con un avión caza de la segunda guerra mundial, porque la tecnología de la Estrella —la más moderna de su tiempo—  es incapaz de detectar una pieza de museo del siglo XX.

 

En esa época nadie podía anticipar que colapsarían la URSS (1989) o Wall Street (2008), yo tampoco podía imaginar que se derrumbarían pequeñas y sólidas organizaciones sociales y familiares que acompañaban mi niñez. Pero cuando sucedió, en cada caso recordé que como decía Alec Guiness, todo sistema, esté muy cerca o lejos de nosotros, tiene una falla.

 

Amadeus (1984) relata la pobre, corta y angustiante vida de Mozart a través de Antonio Salieri, un músico exitoso  en la corte de los Habsburgo, que fue su contemporáneo. Ya muy anciano e internado en un hospicio, él toca sus obras para un muchacho que le confiesa no conocerlas. Pero sí reacciona cuando escucha los primeros compases de Pequeña serenata nocturna, entonces Salieri le dice con amargura: “eso es Mozart”.

 

A veces pienso en ciertos arrogantes, los exitosos Salieris del siglo XXI, ¿acaso pueden siquiera intuir que en sus disciplinas hay un Mozart oculto que consagrará el inapelable juicio del tiempo?

 

La Misión (1986) narra una historia que transcurre en América del Sur durante del siglo XVIII. Un tratado establece que el territorio de ciertas misiones jesuíticas, que albergaban a los pueblos indígenas, pasará del dominio español al portugués. Hay una escena donde el rey guaraní se rebela: su pueblo no quiere desplazarse. Cuando los sacerdotes le explican que esa es una decisión de los monarcas europeos, él responde: “Yo también soy un rey”. 

 

Este episodio vuelve a mi memoria cada vez que un gobierno se asigna el derecho de establecer quiénes son más seres humanos que otros o los descalifica por su credo o el color de su piel. Todos tenemos la misma majestad en el reino de la justicia.

 

Por supuesto ignoro si mi interpretación de esas escenas coincide con la crítica cinematográfica o los objetivos de sus guionistas. Lo que importa es que en situaciones difíciles, me ayudaron a comprender mejor qué estaba sucediendo.

 

Hacé la experiencia: fijáte si en determinadas situaciones, se te activa la “pizarra mágica” del cine. No importa si pensás en un film clásico, un western o una comedia rosa. Ese recuerdo pertenece a una película que viste y que tu propia historia volvió a filmar. ¿Acaso ese no es el gran aporte del Séptimo Arte?

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