Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Redacción
Martes, 3 de octubre de 2017
Historias inconclusas: el viaje

El vuelo

Noticia clasificada en: Alfil Negro

Alfil Negro

 

 

 

Apagó el gas, cortó la luz y echó la llave. Miró la puerta y la dijo: 

 

– Hasta la vuelta.

 

Siempre que Colling se iba de viaje le asaltaban los mismos miedos. El hogar es el hogar. Salió a la acera desde un móvil llamó un taxi y se sentó en un viejo banco a esperar, siempre iba con tiempo a la terminal.

 

A 15 kilómetros, a Mary se le echaba el tiempo encima. Hora y media para el embarque y aún se maquillaba a toda prisa. Había dormido mal, no le gustaba volar, pero todo por siete días de vacaciones en Pekín.

 

Colling subió al taxi puso su maletín en el asiento y se relajó, viajaba a Pekín por negocios. En la terminal desayunaría, compraría el diario, y pasaría por el Duty Free a comprar un Toblerone, era un ritual en todos sus vuelos, el chocolate el relajaba y le recordaba a la infancia. 

 

Mary ni conectó la alarma del apartamento, dio un portazo y cogió la maleta. Fuera un taxista corría a ayudarla.

 

Colling se dirigía al embarque, mientras Mary corría con la maleta hacia la facturación. La terminal ya empezaba a mostrar mucho revuelo y las ultimas máquinas de limpieza se retiraban a los hangares. Cuando Colling ya estaba sentado junto a ventanilla, Mary se ponía en la cola de embarque, la última como siempre. La puntualidad no era su fuerte.

 

Colling cerró los ojos e intentó dar una cabezada hasta que el avión se llenara de pasajeros, era lo peor. La espera coger un vuelo no es coger un taxi. Mientras, pensaba en su mujer. Era imposible estar en un avión y no acordarse de ella. De repente unos taconazos en el suelo y un "disculpe" le devolvieron a la realidad.

 

– Me parece que este es mi asiento –. Colling alzó la cabeza y fue como una aparición mariana: una esbelta pelirroja, pecosa, de ojos verdes le había tocado de vecina en el vuelo. "Menos mal", pensó, odiaba a las abuelitas con sus perritos chihuahua en el bolso y a los raperos con sus gorras enormes y los cascos a todo volumen.

 

No debía tener más de 29 y posiblemente irlandesa o escocesa. Colling boca abierta exclamó:

 

– ¡Casi lo pierde!

– ¿Perdone?

– El vuelo digo.

– Ah, sí. Mary encantada.

 

A Colling le pareció extraño una pasajera que se presentara. "Qué extrovertida", pensó.

 

– Colling, me llamo Colling – , respondió.

 

Las azafatas empezaron el protocolo: sus sonrisas de anuncio y sus aspavientos con los brazos, indicando las salidas de emergencia. Las turbinas se encendieron mientras algunos pasajeros se santiguaban y otros pasaban la mano por las frentes de sus retoños. El resto leía, dormía o escuchaba música. El despegue fue normal y en unos minutos ya estaban en el aire.

 

Colling la miró de reojo.

 

– ¿La primera vez que vuela?

– No, pero no me acostumbro.

– ¿Negocios? –, preguntó Mary.

– Efectivamente ¿y usted?

– Vacaciones.

– Colling sacó el Toblerone.

– ¿Un trozo?

 

Ella le miro y le contestó:

 

– ¿Por qué no? – . Ahora ya no tenía novio al que le importasen las calorías.

 

Mientras degusta el chocolate volvía a mirar de reojo a Colling y se decía a sí misma: "no está mal, aunque me saca por lo menos 20 años. Seguramente está casado, con hijos, un buen Lexus y una enorme casa". Lo que ella no se imaginaba era que Colling estaba viudo, que su esposa era azafata y que murió embarazada de cuatro meses en un accidente de avión.

 

Mary abrió el bolso de mano y sacó un folleto de un hotel de cinco estrellas. Colling no pudo evitar cotillear puesto que la casualidad había querido que ese fuese el hotel que él tenía concertado y pagado por su empresa. Se preguntó qué porcentaje de posibilidades hay de que dos personas viajen en el mismo vuelo en asientos contiguos y se alojen en el mismo hotel. No daba crédito, ¿dónde estaba el gato encerrado? Seguro que el porcentaje era minúsculo por lo que se le pasaba por la cabeza que este puediera ser el principio de algo.

 

A pesar de todo el destino tenía otros planes. Había que sumar el también pequeño porcentaje de que un avión comercial tenga un accidente: la fatalidad no entiende de matemáticas. Esta historia de amor tenia las horas contadas. Descansarían eternamente en el fondo del Índico.

 

... tras el descanso, Maylin volvía a subir a la torre de control para el próximo vuelo que aterrizaría en Pekín seis horas después. Afrontaba el día un poco cansada, pero era ya el último de su guardia y solo deseaba que terminase cuanto antes. Al día siguiente por la tarde, como todos los nueve de cada mes, se reuniría con sus amigas en el restaurante de siempre: una cita perfecta para desconectar.

 

Pasadas las once y media de la noche, recibió la comunicación del aeropuerto de Kuala Lumpur afirmando que el Boeing 777-200 estaba listo en la pista y que todos los pasajeros ya estaban embarcando. Pese a que aún quedaban varias horas para que el avión entrase en el espacio aéreo chino, Maylin se preparaba mientras consultaba informaciones sobre el tiempo, y el previsible tránsito de aeronaves durante la noche. Aunque siempre sigue el mismo protocolo de actuación, le gusta imaginar historias acerca de los pasajeros y los aviones: de dónde vienen o qué harán en Pekín. Le ayuda durante la espera.

 

El vuelo MH370 despegó de Kuala Lumpur como estaba previsto, una hora más tarde. Mientras gestionaba otros asuntos, esperaba a que entrase en su zona de control. Pasado un buen rato, recibió un aviso desde Vietnam: el avión no había llegado a contactar con sus controladores. Maylin activó el protocolo de búsqueda, aunque poco se puede hacer cuando la aeronave deja de mandar señales y mucho menos cuando aún no ha entrado en el espacio aéreo chino. Cinco minutos más tarde, volvió a recibir comunicación desde la capital vietnamita que efectivamente le confirmaba que no había rastro del avión. Maylin, nerviosa, trasladó el problema a sus compañeros de la torre y activó el protocolo de emergencia.

 

Con la llegada prevista a las seis y media de la mañana, eran ya más de las tres y seguía sin haber noticias. ¿Un accidente? No se registraba ningún aviso desde Vietnam. ¿Un secuestro? No se había comunicado nada. El vuelo de Malaysia Airlines había dejado de contactar con todas las torres de control previstas durante su trayecto. Sin rastro. Nada.

 

Fue en ese momento pánico cuando Maylin volvió a pensar en las historias de aquellos pasajeros, en sus vidas y en todos aquellos planes que tenían al aterrizar en Pekín. ¿Qué pasará por sus cabezas en este preciso instante?

palabras menores • Términos de usoMapa del sitio
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress