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Redacción
Martes, 3 de octubre de 2017
Historias inconclusas: el viaje

El último vuelo

Noticia clasificada en: David

David

 

 

 

Maylice acababa de llegar al trabajo como cada mañana. Se había levantado y duchado antes de desayunar. Era el día 8 de marzo y no esperaba ninguna salvedad que se saliera de la rutina. Cogió su ciclomotor y se dirigió al aeropuerto.

 

Mientras, desperdigados en la ciudad de Kuala Lumpur, más de un centenar de personas, preparaban ya desde primera hora sus maletas con su pensamiento puesto en Pekín. Algunos acababan sus vacaciones y, aunque deseaban volver a ver a sus seres queridos, no querían retornar a sus caóticas vidas. Otros solo querían dejar su vida y comenzar otra nueva y dos de ellos estaban muy nerviosos porque sólo querían volar sin ni siquiera importarles el destino. Por ello viajarían con pasaportes falsos. Su mayor preocupación se encontraba en la aduana. Dos pilotos se hallaban eufóricos, el día antes habían pasado una noche loca alternando con mujeres en locales de alterne y pagando copas como si el mañana no existiera. Llevaban meses planeando cómo apoderarse del Boing 777.200 y ya había practicado en un simulador multitud de rutas y aunque en ninguna simulación había llegado a tierra porque siempre se quedaba sin combustible, sabía a ciencia cierta que siempre se repostaba más combustible del que era necesario para el vuelo. 

 

Así que como mínimo contaba con 1 hora y media más de lo que el simulador le aportaba. Su contacto iraní, les daría ocho millones de euros a cada uno, más que suficiente para vivir una vida despreocupada y desaparecer.

 

El único pesar era el deshacerse de los pasajeros, más bien su destino ya estaba escrito, y sin duda era la cuestión que más le importaba. Ya eran las doce de la noche y los pasajeros se agolpaban en la puerta de embarque. Con el frenético ajetreo de gente de un lado a otro, familiares despidiéndose, y cientos de maletas, los dos pilotos atravesaban la terminal pasando completamente desapercibidos, montaron en el avión haciendo las comprobaciones pertinentes, y media hora más tarde ya estaban todo el mundo sentado en su asiento correspondiente para emprender el viaje a Pekín. 

 

Ambos pilotos eran un manojo de nervios, si bien el viaje precisaba tanto de habilidad como una compenetración con los factores atmosféricos, se situaron en la pista de despegue y se desearon suerte. Los dos sabían que la necesitaban. Sin duda llevaban días fantaseando sobre las nuevas vidas que iban a disfrutar. Cuando la controladora del aeropuerto le dio el visto bueno al despegue, aceleraron a plena potencia ambas turbinas, y alzaron el vuelo. Comenzaron el viaje de forma prefijada en su destino original.

 

Hasta salir de la zona conflictiva, casi una hora más tarde, comenzaba su estrategia. Apagaron el equipo de comunicaciones y de forma simultánea empezaron a virar el avión. Algunos pasajeros se extrañaron del nuevo rumbo, otros pensaban que retornaban a Koala Lumpur, y dos de ellos muy nerviosos no sabían qué hacer: les habrían pillado y terminarían en la cárcel, pero entonces ¿por qué no iban a detener en Pekín?. Todo el mundo comenzó a alborotarse, sobre todo por la falta de comunicación desde la cabina que tenía la puerta trancada. Las azafatas intentaban poner orden frente a un gentío que pedía explicaciones.

 

"¿Por qué damos la vuelta azafata?" Una de ellas llamó a la cabina y el piloto atendió la llamada. "¿Qué es lo que pasa? ¿Volvemos a Kuala Lumpur?" Ambos pilotos nerviosos asintieron: "problemas técnicos". Dieron la noticia por megafonía y los dos pasajeros con pasaportes falsos, se cuestionaban el hacer un secuestro antes de tomar tierra. Ninguno quería ir a la cárcel. Los pilotos sentían que la rebelión a bordo era un factor muy estresante, aun teniendo en cuenta que la cabina estaba protegida con una puerta blindada. Sabían a ciencia cierta que tarde o temprano los pasajeros descubrirían, no si bien sus intenciones, pero sí que el rumbo no era el correcto tanto por la posición del sol que les delataría al amanecer como por el mar.

 

Ya llevaban siete horas de vuelo y el piloto se extrañaba por no divisar tierra cuando apenas le quedaba combustible y no entendía cómo no habían llegado a comunicar con su contacto en Irán, al que cuando llamaban por la radio militar no daba señales de vida. Eso les ponía aún más nerviosos porque significaba que estaban más lejos de lo que deberían. Cogió el copiloto las cartas de navegación, y sopesaba cual era su situación actual.

Fuera de la cabina, ya hacía horas que la tripulación y los pasajeros se agolpaban tras la puerta de la cabina intentando entrar. Como no tenían respuesta alguna de los pilotos la situación se tensaba por momentos. En Irán, daban por hecho que los pilotos se habían echado para atrás tras la negociación en el aeropuerto expresamente destinado para el aterrizaje del Boeing. Se agolpaba medio centenar de paramilitares armados, con vehículos todoterreno, y una docena de electromecánicos que se disponían con la única misión de desmontar el avión sin dejar rastro alguno.

 

Finalmente, sin entender cómo no localizaban rastro de tierra, los pilotos asintieron su mala fortuna ya que el combustible ya estaba volatilizado. Hicieron un pacto kamikaze, con el fin de acabar rápidamente con sus vidas, y sin más preámbulo dirigieron el avión al mar.

 

Nunca sabrían que sus cálculos fueron tremendamente erróneos.

 

... tras el descanso, Maylin volvía a subir a la torre de control para el próximo vuelo que aterrizaría en Pekín seis horas después. Afrontaba el día un poco cansada, pero era ya el último de su guardia y solo deseaba que terminase cuanto antes. Al día siguiente por la tarde, como todos los nueve de cada mes, se reuniría con sus amigas en el restaurante de siempre: una cita perfecta para desconectar.

 

Pasadas las once y media de la noche, recibió la comunicación del aeropuerto de Kuala Lumpur afirmando que el Boeing 777-200 estaba listo en la pista y que todos los pasajeros ya estaban embarcando. Pese a que aún quedaban varias horas para que el avión entrase en el espacio aéreo chino, Maylin se preparaba mientras consultaba informaciones sobre el tiempo, y el previsible tránsito de aeronaves durante la noche. Aunque siempre sigue el mismo protocolo de actuación, le gusta imaginar historias acerca de los pasajeros y los aviones: de dónde vienen o qué harán en Pekín. Le ayuda durante la espera.

 

El vuelo MH370 despegó de Kuala Lumpur como estaba previsto, una hora más tarde. Mientras gestionaba otros asuntos, esperaba a que entrase en su zona de control. Pasado un buen rato, recibió un aviso desde Vietnam: el avión no había llegado a contactar con sus controladores. Maylin activó el protocolo de búsqueda, aunque poco se puede hacer cuando la aeronave deja de mandar señales y mucho menos cuando aún no ha entrado en el espacio aéreo chino. Cinco minutos más tarde, volvió a recibir comunicación desde la capital vietnamita que efectivamente le confirmaba que no había rastro del avión. Maylin, nerviosa, trasladó el problema a sus compañeros de la torre y activó el protocolo de emergencia.

 

Con la llegada prevista a las seis y media de la mañana, eran ya más de las tres y seguía sin haber noticias. ¿Un accidente? No se registraba ningún aviso desde Vietnam. ¿Un secuestro? No se había comunicado nada. El vuelo de Malaysia Airlines había dejado de contactar con todas las torres de control previstas durante su trayecto. Sin rastro. Nada.

 

Fue en ese momento pánico cuando Maylin volvió a pensar en las historias de aquellos pasajeros, en sus vidas y en todos aquellos planes que tenían al aterrizar en Pekín. ¿Qué pasará por sus cabezas en este preciso instante?

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