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Redacción
Miércoles, 11 de octubre de 2017
Corazonadas de la India

Ratoncito Pérez

Noticia clasificada en: Corazonadas de la India Marina Escudero

Marina Escudero

 

 

 

 

- No puedo más. Haz las maletas que nos vamos

- Pero ¿qué dices?¿Otra mala noche? Aguanta un poco, dicen que las lluvias llegarán en 10 días.

- Te digo que no lo soporto.

- ¿Y tu idea es volver a casa?

- No, pero necesito escapar. Nos vamos a Manali.

 

Siempre es gratificante descubrir que, entre vertederos, ruido y polvo, hay joyas u otros objetos valiosos que se encuentran allí por lo que pudiera parecer casualidad o error. Cuando vi por primera vez los relucientes dientes de Sheetal, reconocí en ellos la perla brillante que me indicaba que Manali era un lugar muy diferente.

 

Una de las primeras impresiones al llegar a India es que la suciedad lo inunda todo: carreteras, jardines, manos, ríos, casas, caras... pero lo más llamativo es el descuido de los dientes. La causa principal es el tabaco de mascar que mezclan con polvos rojos que suavizan y dan mejor sabor. Eso provoca que los dientes estén siempre sucios y con aspecto desgastado. Pero en la aldea de Manali situada entre montañas, al norte del país, los dientes brillaban.

 

Ese fue el primer síntoma. Todo lo demás vino solo. Las primeras conversaciones con la gente del lugar demostraban que no sufrían un envejecimiento prematuro, sino que aparentaban la edad que tenían. Estaban sanos. Les gustaba leer y conocer costumbres y lugares lejanos. Se interesaban y eran tolerantes. Abiertos de mente, aunque respetando sus tradiciones. Su inglés era perfecto y les servía para intercambiar con los extranjeros sus ricos conocimientos sobre la zona, el ecosistema y sobre su país en general. Era un lugar diferente.

 

Las tardes se llenaban de niños corriendo y jugando por un pueblo sin coches, las calles eran demasiado estrechas y embarradas para cualquier tipo de vehículo. Eran libres, nadie mataba sus sueños. Los hombres y mujeres se repartían las tareas del hogar y del campo y se organizaban para practicar deporte o conversar en sus ratos libres. La plaza mayor estaba llena de vida.

 

El aire del lugar era el más puro que puede respirarse y los caminos estaban limpios. Ni siquiera una bolsa de plástico abandonada enturbiaba la belleza de la naturaleza. Tampoco del agua del río, que corría rápido a los pies de las majestuosas montañas del Himalaya. No había pobreza, ni mendigos, ni niños trabajadores, ni familias viviendo en cunetas, ni desnutrición... Se trataba de un pueblo de 3.000 habitantes donde a nadie le extrañaba que una muchacha ocupara su tarde en leer un libro de poesía. Era un lugar diferente.

 

A Sheetal le encantaba conversar con los extranjeros que llegaban hasta la pensión que regentaba. Hacía un año que estaba casada, con un hombre que ella no eligió, pero estaba contenta. “He tenido suerte”, confesaba. Iba vestida con el traje típico del lugar y un velo cubría su pelo cuando algún hombre joven estaba presente. Sus tareas discurrían entre dar de comer a las gallinas, ir a por pasto para las vacas y la limpieza y cocina de la pensión. Su sonrisa casi constante hacía resaltar sus dientes, blancos como los de todos sus vecinos. “No entiendo qué te pasa con mis dientes”, me decía entre risas.”¿Por qué iba a tenerlos sucios?”.

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