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Redacción
Miércoles, 13 de diciembre de 2017
El mapa de mi escuela, los mapas de mi vida

Mi infancia

Mere

 

 

 

Voy a contarte mi infancia y cómo viví mi etapa escolar.


Nací en un pueblo llamado Sancti-Spiritus de la provincia de Salamanca. En aquel año, 1935, el pueblo tenía 1.800 habitantes y hoy, 2017, 850. Mi pueblo está cerca de Portugal y por él pasa la carretera nacional 620.
Era un pueblo agrícola y ganadero, con muchísima ribera, y de ella salían vagones y vagones de patatas que se llevaban en los carros a la estación del tren.


En el pueblo las calles no estaban asfaltadas y no teníamos agua corriente. Como en el pueblo había numerosas vacas, caballos, burros, cerdos, cabras y ovejas, las calles estaban llenas de estiércol y excrementos.
La mayoría de las casas están hechas de adobe, que se hacían amasando barro, con agua y paja de centeno. Teníamos un molde para hacerlos, luego se ponían a secar. Había también edificios de piedra, como la iglesia, algo en la estación, en el ayuntamiento la cruz de los caídos, seis puentes por los que cruza el cerezo, el río Gavilanes, y las gaseosas. Por encima la carretera, a los lados, pontones de piedra, por donde se iba a pasear y se enamoraban las parejas.


En la mayoría de las casas, un portalillo con el pozo y un pilón de piedra. Otras tenían el pozo y el pilón en el corral, donde estaban el pajar, los chiqueros, que estaban separados y se metían las vacas, el carbonero, el gallinero.


Desde muy pequeña fui a parvulitos con una chica que se llamaba Gaspara. Era una chica con ojos azules, bajita, muy sencilla, pero con mucha paciencia para enseñarnos.


Nos reuníamos en una cuadra que habían limpiado para nosotros, aunque la higiene en aquellos tiempos no sabíamos que era. Estaba distante de mi casa. Como las calles estaban sucias y con mucha agua, llevábamos unas botas de goma, que llamábamos katiuskas. ¡Qué fríos pasábamos! Nos salían sabañones en los pies, en las manos y hasta en las orejas. No existían ni gorro ni guantes.


Las madres nos llevaban un ladrillo caliente envuelto en un saco. Pero mereció la pena: el frío y el esfuerzo quedaron recompensados para toda la vida. Con Gaspara, aprendimos las letras, los números, las oraciones. Todo lo hacíamos cantando. Íbamos muchos niños. El año que yo nací, nacimos 69.


Los niños éramos muy miedosos, nos hablaban del coco, de camuñas, del tío del saco, el que saca la sangre, el que saca el sebo. No entendíamos nada, pero si te portabas mal, ya pensabas en alguno de ellos.
Salíamos al recreo a la calle. Nos daban agua porque había un pozo en el corral con una herrada de zinc, que sujetaba a una soga. Tenía un vaso de porcelana con asa, blanco y tenia pintado un pensamiento: nos poníamos en fila y todos bebíamos del mismo vaso. Un día que estábamos en la calle, un niño más mayor nos dijo que él había visto un monstruo... Fuimos con él y había un corral con las puertas viejas, nos mandó asomarnos y, cuando estábamos mirando, gritó:


– ¡Corred, que se ha levantado el monstruo!”


Yo cogí a mi hermano más pequeño y, sin dejar de correr, nos fuimos a casa.
Lo que el niño llamaba un monstruo era una chica que había nacido mal. Nunca la sacaban a la calle, estaba siempre sentada en una silla en el portalillo de la casa.


Con Gaspara, siempre tuve relación. Murió ya muy mayor y últimamente su casa pegaba con la de mi abuelo paterno.


A los 6 años comienzo a ir a la escuela. Había 3 para niñas y 3 para niños, dos patios, uno para niños, otro para niñas: eran otros tiempos.
Mi primera maestra, se llamaba Dª Isidra. Era una mujer sencilla, bastante mayor, vestía de negro, tenía el pelo canoso, estuve pocos años con ella.


Aquí ya había un cambio muy importante en las comodidades. Eran unas escuelas nuevas, ya tenían retrete que así se llamaba, para los niños y otro para los maestros. Y mesas para seis niñas. Nos colocaban por edad. La mesa de la maestra era alargada, ella tenía brasero de cisco que hacia el ayuntamiento para los maestros y algunas personas más. El cisco se hacía de leña de encina o de roble. La mesa de la maestra tenía unas faldillas verdes, a veces salían cabras.


Las alumnas ya llevábamos una estufa de dos piezas de lata, una para echar la lumbre, otra más grade con agujeros para poner los pies para que no nos quemáramos.
Para entrar en clase, nos poníamos en fila, tocaban una esquila,  y cuando ya estaban las maestras, nos colocábamos cada una en su sitio de pie y rezábamos las oraciones que habíamos aprendido en parvulitos.
Siempre que entraba alguna persona en la escuela nos poníamos de pie y le dábamos los buenos días o tardes. El horario era de diez a una y de tres a cinco.
Detrás de la mesa de la maestra colgaba un crucifijo, y a su izquierda y derecha la foto de Franco y Primo de Rivera.
En la pared de la izquierda, tres ventanas grandes. En la de la derecha, un armario donde se guardaban la esfera, el Quijote, libros de lectura, etc. Un encerado grande, al que, cuando éramos pequeños, nos teníamos que subir en un taburete. En ese encerado escribía la maestra las cuentas, las letras, el dictado. En una palabra, era nuestro ordenador de hoy.


Las niñas llevábamos el cabás, con el cuaderno de dos rayas, la cartilla para leer y la pizarra para hacer los números, las cuentas… que era un poco alargada, negra sujeta a un marco de madera. Escribíamos con un pizarrín que llamábamos de manteca. La enciclopedia era compartida. Yo recuerdo que rodeados de la lumbre en casa, yo me metía en el corro de mi padre y nos ayudaba a aprender a leer.


Mi madre no fue nunca a la escuela, vivió en una finca, al mismo tiempo que yo. Mi madre aprendió un poquito, lo más importante.


Al recreo salíamos al patio los más pequeños, y cuando éramos más mayores, a la calle, que era la carretera que va a Morasverdes. Los juegos dependían de la edad: los más pequeños al corro, luego a la comba, a las terres, al escondite, a las tabas, a los alfileres..., muchos juegos. Y lo pasábamos bien. También a la pirinola, que nos la hacía mi padre o algún vecino. Con lo que más disfruté fue saltando a la comba, y al diábolo. No gastábamos dinero pues entonces estábamos en plena posguerra.


Yo conocí el racionamiento. Cuando llegaba el alguacil, echaba un bando para ir a recogerlo en casa del señor Agapito. Lo repartían según las personas que habitaban en la casa y daban aceite, azúcar moreno, jabón de la pinta roja...


Nacían muchos niños, la mayoría de las familias tenían entre cuatro y ocho. El año que yo nací nacimos 69. No había tele y aparatos de radio, tres en el pueblo: el del médico, el boticario y los guardias.


A los 7 años, hice la primera comunión, en la estación del año que más me gustaba: era mayo el mes más bonito. Se ponía el campo de flores precioso: campanitas, lirios, cazuelitas, amapolas…
Era un jueves de la Ascensión, y todo el día estuvo lloviendo. Yo llevaba un vestido azul de crespón, con una limosnera. Me lo hizo una modista que se llamaba Antonia, tirabuzones que me hizo una vecina, Mari Cruz, un rosario y un librito pequeño blancos. Los zapatos blancos calados me los compraron en Ciudad Rodrigo. Fue la primera vez que monté en tren. Fui con mi madre, que iba al dentista: le sacaron tres muelas y el dentista se llamaba Cortés.


El día de mi comunión se murió D. Jesús Beato Valencia. Ya era muy mayor y de él se decía que defendía a los vecinos que iban a buscar para asesinarlos. La comunión nos la dio mi tío Cirilo, que era primo de mi abuela materna.
Como llovía tanto, mi madre me llevaba en brazos para que no me manchara. Era costumbre ir a que te viera la familia y personas más allegadas. Como en aquellos tiempos no había dinero, aquella limosnera que aún conservo, te daban una perra gorda de cobre, o un sello de las cartas. Cuando pregunté a mi madre por qué me daban sellos, me dijo que porque no tenían dinero, y aunque era pequeña lo entendí.
Algunas niñas tenían a su padre en la guerra. Te daban un beso y te decían: “que Dios te haga una buena cristiana”. Esas palabras las coloqué en aquella limosnera y no se me han olvidado. Mi catequista se llama Maruja y creo que aún vive.


Cuando tenía unos ocho años se jubiló Dª Isidra y la sustituyó su hija. Pura era muy joven, tenía un temperamento fuerte. Ésta ya castigaba, sobre todo a los más mayores si caían el tintero. También nos daba en la cabeza con los nudos de los dedos y no nos dejaba jugar a algunos juegos, pues decía que eran de machos. Ya íbamos avanzando en las clases. Estuvo siempre soltera y ahora, en 2017, me acabo de enterar que ha muerto con más de 100 años. Estuve pocos años con ella, por eso no tengo muchos recuerdos.


A los 9 años mi vida dio un giro de ochenta grados. Fueron de maestros un matrimonio de Salamanca, recién casados con una niña que tendría unos dos años. Éll era hermano de un amigo de mi padre. Fueron en el tren. Ese día, mi hermana y yo, que era dos años mayor que yo, íbamos a moler trigo. Nos había puesto mi padre el costal en la yegua, yo tiraba de la cabezada y mi hermana sujetaba el costal. En el camino nos encontramos con ellos y dijimos: “a lo mejor son estos señores los maestros nuevos”.


Por la noche fueron a casa a conocernos,. Dijo Dª Cloti: “Te acuerdas, Juan, lo que comentamos cuando nos encontramos con aquellas niñas tan pequeñas, que iban al molino”. “Sí”, dijo D. Juan, “que a lo mejor no tenían padre”.
Esa noche empezamos a ser una familia. Los maestros en aquellos años eran nuestros segundos padres.


Muy pronto Dª Cloti fue ya mi maestra hasta que a los catorce años acabé la etapa escolar. Era una mujer sencilla, cristiana, luchadora, familiar. De ella aprendí los valores más importantes de la vida: la educación, el respeto, el esfuerzo, saber compartir, ser obediente... Tantos valores y consejos que a mí me han servido para sacarle provecho toda mi vida.


Fue mi única maestra, pues daba todas las asignaturas. Teníamos pocos medios para estudiar. La enciclopedia que nos iban pasando los hermanos, y que costaba 14,50 pesetas, ¡cuanto saber encerraba! Aún conservo una. Lo que más me gustaba eran las matemáticas y escribir. También labores, que llamábamos ‘el costurero’. Era una tela alargada donde hacíamos vainicas de muchas clases, bodoques, festón, realze, punto de incrustación, bordados, filtiré, punto de cruz, ojales, costuras, porque en aquellos tiempos se remendaban las sabanas, las camisas, todo. Estábamos en plena posguerra. Yo conocí el racionamiento cuando escaseaba todo. Las familias tenían una cartilla, echaba un bando el alguacil que se llamaba Felicísimo, y acudía la gente a casa el señor Agapito que era el que repartía el aceite, el azúcar, el jabón. Y cuando los labradores daban el trigo a los panaderos, y ellos hacían una cartilla donde te apuntaban el pan.


Entonces llegó D. Anastasio un cura que estuvo en el pueblo 44 años. Era muy alto y muy guapo, cantaba muy bien el miserere y era un gran predicador.
Desde las escuelas y en fila, los niños con los maestros íbamos a la misa, que no entendíamos nada. Todo era latín. Los curas, los guardias y el alcalde, eran los que gobernaban el pueblo.


Se iba a hacer Seramo a las casas, a escuchar la radio, porque mi padre ya tenía.
Un día, los maestros nos pusieron un problema igual a las chicas que a los chicos. Era un problema de regla de tres. Ocho días, sin resolverlo, yo acudía a toda la gente para que me ayudaran: ¡qué interés!. Una noche, en aquella cocina tan grande de mis padres y de la que tantos recuerdos tengo, estaba mi tío Quico y un vecino. Yo saqué el problema y dijo mi tío:


– Lee
– Ocho carros tirados cada uno por dos caballerías...
– Espera, que eso ya lo tengo yo. 8 carros por dos ruedas a 16 ruedas. Sigue, dijo mi tío
– Tirado cada uno por dos caballerías
– Espera, dijo mi tío. Ese también. 8 carros por 2 caballerías igual a 16 caballos.
– Tío, dije yo. Así no es. Este problema es de regla de tres.
Mi tío dijo:
– Como yo he hecho dos, pásalo a Manuel Vaquerin.
El problema se comentó en la escuela de los chicos, y cuando me veían me decían,
– Mere, 8 carros 16 ruedas...


Dª Clotilde seguía haciendo una España grande; ya tenía cinco hijos. Una noche nos tocó ir a nosotros a su casa. Había un programa en la radio, que decíamos el tío Juanon, creo que era ingeniero,. De lo que me acuerdo es de lo que dijo, cuando acabó la charla.


– De las aves que vuelan me gusta el guarro, porque tiene sustancia hasta en el rabo


También estaba aquella noche D. Alberto, un maestro, un genio siempre dispuesto a hacer los arcos para los que pasaban por el pueblo, como los obispos, Franco, el gobernador Salas Pombo, las misas de campaña.
También estaba una vecina que tenía ocho o nueve hijos. Empezaron a hablar de los hijos. D. Alberto no tenía hijos, y les decía a los otros:


– Pero vosotros por qué tenéis tantos hijos y yo ninguno
Y le dice la señora Luisa
– Tú, cuando hechas la carta ¿le pones sello?
Dice D. Alberto
– Yo la certifico
Y ella le dice
– Yo no le pongo sello y ni la pego, así que, D. Alberto, siga estudiando.


Este maestro tenía en el patio de la escuela un aparato para medir la lluvia y el viento y una veleta para saber de dónde soplaba el viento. Decíamos; viene el aire izquierdo, gallego, serrano o bejarano. Su muerte fue muy sentida, se atufó con el brasero el día 7 de enero.


La estación del año que más me gustaba era la primavera. Los domingos salíamos al campo con los padres a ver los trigos y toda clase de cereales. Sabíamos cómo se llamaban, cómo se llamaban las distintas clases de árboles, los pájaros, las aves. Distinguíamos al buitre del milano, que era el que nos llevaba los pollitos que teníamos en el corral, los reptiles, los lagartos. Y las flores. El campo se vestía de gala de amapolas, lirios, que eran morados, las cazuelitas y campanitas amarillas, la espinera blanca.


Los domingos por la tarde que D. Anastasio hacia las flores, recitábamos poesías, y como en las casas no había jardines, llevábamos las flores del campo.
Llegaba junio. ¡Vacaciones! Qué contentos con las notas…
Los regalos ya los habíamos recibido. No había ni muñecas ni calculadoras, ni bicis, ni móvil, ni video consolas. Nada. Pero sí muchas ganas de disfrutar y compartir lo poco que teníamos.


Son las fiestas del pueblo, la octava de corpus. ¡Qué encierros a caballo! Corridas de día y de noche, la plaza se hacía con carros. El domingo era la fiesta de iglesia y se hacían altares por donde pasaba el santísimo. Los niños que habían tomado la comunión acompañaban y tiraban pétalos de rosas, a los niños mientras el cura los bendecía. Yo sigo con la tradición y me gusta hacer los altares. También tengo presente que un lunes de la fiesta me dio el apéndice cuando estaban en la corrida, y como el medico, D. Ignacio, tenía que estar en la plaza, mi madre no podía llevarme al médico. Las vacas no las mataban: abrían la puerta de la plaza y ellas solas se iban a las fincas.


Qué orquestas en aquellos tiempos. Venían los húngaros, acampaban a la salida del pueblo, junto a la iglesia el caño. Traían como si fueran vagones del tren con ruedas y unos caballos percherones tiraban de ellos. Eran familias enteras. La música recorría las calles acompañando a las autoridades, y el alguacil señor Felicísimo tiraba los cohetes.


Mi madre salía con la bandeja de los dulces que hacia ella. Mi padre hacia obleas. Ponían las bandejas en las ventanas del portalillo y a bailar. Eran muy divertidos.
Después de la corrida en la era, otra vez música. Los músicos se subían en un carro. Las madres llevaban sillas y nos llevaban a nosotros. Hacían un corro muy grande entre la música y ellas bailaban. Valía fiar en las parejas, que era que el mozo se acercaba a los que bailaban y le tenía que dejar a la moza.
Por detrás de las mujeres, los dulceros, con toda clase de almendras, regalices, caramelos, y ya había alguna volandera.


Una fiesta me dio el sarampión. Mi madre me tapó con un mantón rojo y me llevó a que viera el baile.
Llega el verano. Qué calores pasábamos en el trillo, dando vueltas a la parva, con un sombrero de paja. Hasta cuarenta días trillando Ahí empecé a querer a los animales. Cuando se les metían las pajas en los ojos, le decía:


– Morena, majita-, que así le llamaban las vacas. No te muevas, que te voy a curar
y le sacaba las pajas del ojo.


Había que darse prisa a trillar antes de que vinieran las tormentas. Y con el labrador que tenía menos posibles, todos como una familia, que así convivíamos, todos ayudando. El verano para mí era lo más duro. Ahí sí que dirían la hora que nos maltrataban... Yo solo sé que nosotros no pensamos así.


Llega el otoño y otra vez a la escuela. Qué empeño de nuestros padres para que no faltáramos a clase, qué consejos tan buenos nos daban los maestros. Seguía con Dª Clotilde, que me quería mucho. Pero un día me dio una torta, nunca nunca olvidé el por qué.


Cuando ya comulgábamos había que ir a misa por obligación. A la puerta de las escuelas, y cada uno con sus maestros, en fila hasta la iglesia. La misa era en latín, que latín no estudiábamos. Mi abuelo paterno cantaba bien y nos enseñaba a los nietos cantares que luego cantábamos en la iglesia. Era muy culto y un hombre muy avanzado, estaba suscrito al periódico El Adelanto. En el portalillo, en una piedra de cantería, se sentaba a leer el periódico. Daba clase a los mozos, viajaba a Salamanca, hizo pozos artesanos, sembraba algodón, nos llevaba a los nietos a recogerlo, le gustaba mucho que cuando iba a casa corriéramos a darle los días y un beso. De mi abuela tengo menos recuerdos; siempre estaba malita, tenía criada.


De lo que me acuerdo, es que se metió una gallina con los pollitos en el corral y mis primos le cortaron la cabeza; los pollitos eran rojos. Cuando mi abuela fue a llamarnos para merendar, se encontró con que no había ningún pollo rojo.
– Venid acá, pero que habéis hecho.
– Abuela, no nos pegue. Es que ha dicho un señor que a los rojos hay que matarlos.


Mi abuela era alta y muy guapa. Iba a misa a diario, murió joven. Unos años antes de morir mi abuela, había llegado al pueblo el cura D. Anastasio, alto guapo. ¡Qué bien cantaba! El miserere, las misas de difuntos, el viacrucis, el recordaris... Nos daba doctrina, sabíamos el catecismo, de memoria, los evangelios. Cuando subía al púlpito, ¡qué sermones! Iba a muchos pueblos a predicar. A mí me casó él. Se inauguró la iglesia nueva el 3 de septiembre de 1961, domingo. Yo fui madrina de una sobrina, M.ª Jesús. Y la primera que me casé el 6 de septiembre de 1961.


Fue a nuestra boda, estuvo 44 años de cura y murió con sus 90 años.
Dejé el colegio a los 14 años. Ese año, Dª Clotilde cayó enferma. Primero estuvo en casa, pero no se curaba. Allí estaban sus cinco hijos, que no podían entrar a la habitación de su madre. Las ropas y todo lo que usaba había que lavarlo aparte. Mi madre lavaba lo de ella y yo di clase por ella hasta que fue otra maestra.
Los niños le daba la merienda y muchos días los llevaba a casa.


D. Juan, su esposo, era licenciado en Filosofía y Letras, y lo llamaron para colocarse en Madrid. ¡Qué drama! Él no se quería marchar, ella me decía
– Prepárale la maleta, métele la corbata roja. Sí, Juan, vete. Hazlo por nuestros hijos.


¡Cómo lloraba!, pero se marchó. A ella la ingresaron en un hospital preparado para su enfermedad y cuando se curó se fueron ya todos a Madrid, a la calle Cercedilla.
Como me casé en septiembre no podían venir a mi boda. Aún tengo algunas cosas de lo que me regaló. Vinieron el día de mi enhorabuena. Me decía:
– La mujer se debe casar a los 24 años.


Y, siguiendo sus consejos, así lo hice.


Yo también fui a Madrid a su casa y fuimos a ver la película, “Las sandalias del pescador”. Fui porque compré una máquina de hacer punto y fui a aprender a manejarla. Tuvimos y aún tengo relación, siempre unos de otros.
Dª Clotilde falleció el día que le hicieron el homenaje de su jubilación, en navidades. Sus hijos son para mí una familia.


Querida maestra, quiero plasmar en este relato que parte de lo que soy lo aprendí de ti, y sigo compartiéndolo con todos los que me rodean.
Gracias.

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