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Redacción
Miércoles, 13 de diciembre de 2017
El mapa de mi escuela, los mapas de mi vida

Los valores de la escuela

Ludi

 

 

 

Tuve una buena infancia, fui feliz con cosas pequeñas y sencillas.


Comíamos lo que había (en ese aspecto ahora las cosas son bien distintas, para bien o para mal). No estaba permitido contestar a los padres, y tampoco a las personas mayores. Hacia la cama cuando me levantaba. No había muchas de las cosas que hay ahora. Por ejemplo, el agua, que tomábamos de la fuente del pueblo, y la ropa, que se lavaba en los lavaderos. No había ropa de marca, se aprovechaba la de los hermanos mayores. Tampoco había teléfono, nos comunicábamos por carta.


Yo ayudaba en la casa y cuidaba de mis hermanos pequeños. Antes no era explotación, había más disciplina que ahora y me corregían cuando me portaba mal. Los niños necesitan limites; ahora tienen más libertad y a veces, no es bueno.


En la escuela, la religión era una asignatura indispensable. Actualmente la religión es opcional.
Cuando salíamos al recreo jugábamos a cosas sencillas, como la comba o las tabas. Ahora los niños se entretienen más con juegos digitales.


Mi sensación del pasado al presente, es que han aumentado los recursos materiales, pero también se ha perdido valores personales.
 


Viví en una sociedad marcada por una cultura religiosa en la que se inculcaba tanto el temor a Dios como a el diablo. Con los años me he dado cuenta de que esta forma de manipular nuestras ideas, nuestro mundo, nuestra sociedad, e incluso nuestros cerebros, consiguió crear y hacer que el miedo se apoderara de nosotros en situaciones que hoy día podrían ser completamente inocentes.


Una de las cosas que recuerdo era el pavor a las calderas de Pedro Botero, que nunca supe quién era ese personaje y que hoy por lógica deduzco que se trataba de Lucifer. Cualquiera que saliera mínimamente de las normas caería en aquel castigo cruel y perecería cocinado a las más altas temperaturas.


Como cualquier niña, por muy bien que intentara portarme, no tenía la total seguridad de si todo lo que hacía se ajustaba a aquello que llamaban “buen comportamiento” o “ser una niña buena”. Cometía travesuras y el castigo de las calderas de Pedro Botero era horrible para la mente de una niña.


Si por obligación tenía que hacer un recado a un sitio más apartado o desconocido, como podría ser una parte de la casa a la que tuviera que ir sola, y sobre todo de noche, aunque solo fuera a un metro de mi casa, el terror se apoderaba de mí y lo único que había en mi pensamiento eran las puñeteras calderas de Pedro Botero.


Lo que sentía en aquellos momentos era auténtico pánico y mi reacción era correr desesperada para poder escapar por si acaso el señor Pedro andaba cerca y quería que le hiciera compañía.. El miedo me paralizaba. También había otros miedos, como el hombre del saco y otros personajes.


Nadie nos enseñó que el miedo es una emoción humana y que la podemos manejar con entrenamiento y aprendizaje. Más bien al contrario: interesaba que nuestra reacción al miedo fuera huir o paralizarnos, y no enfrentarnos a tantos miedos y temores como éste o el hombre del saco, u otros personajes nacidos de aquella cultura popular que nos acababa manejando a su antojo.


En la escuela nos calentábamos con una estufa de leña. Tenía una maestra que se llamaba Estefanía. Era una señora de mediana edad, alta, morena y muy bien vestida,  vivía en el mismo edificio contiguo a la escuela. y nunca nos pegaba, ni castigaba. Era como Pilatos, se lavaba las manos, recurría a los alumnos para que nos pegáramos los unos a los otros, y además que no fuese flojito, porque podría haber consecuencias. La mayoría de los niños llevábamos cardenales en el culo.


Un buen día, un compañero que se llama José Antonio se lo dijo a sus padres, y su madre le forró el pantalón con pieles de conejo,. José Antonio siempre lloraba cuando le pegaban y ese día se reía, (la inocencia de un niño lo delató). Doña Estefanía se enfadó mucho, hasta que las familias unidas tomaron cartas en el asunto contra doña Estefanía.
 


Mi pueblo era pequeño. En él, la escuela era para niños y niñas, era la única escuela que había.
A los alumnos nos agrupaban según los conocimientos de cada uno. Lo primero que hacíamos cuando llegábamos era rezar y cantar la canción de “Cara al sol”.


En invierno hacía mucho frío y nos calentábamos con una estufa de leña . Era redonda, con un tubo que salía a la calle y tenía unas arandelas encima y se podía calentar cosas en esa parte superior.
Había mesas cuadradas, bajitas, para los más pequeños, y pupitres con sus tinteros para los mayores que ya sabían escribir con pluma.


Salíamos al recreo y en la calle jugábamos, a la comba, o al escondite.
Yo iba a la casa de mi abuelita, porque estaba cerca de la escuela y me daba un trozo de pan con chocolate para el almuerzo. Eso cuando podía ir a la escuela, porque muchas veces tenía que cuidar de mis hermanos pequeños, porque soy la mayor de cinco hermanos.


Leíamos en alto un libro lo que era un manuscrito, y me ponía muy nerviosa porque era muy difícil de leer.


 

La escuela me enseño valores, como a portarme con educación, respetar a las personas mayores, a compartir con los demás, procurando hacer la vida más fácil a los que tenemos cerca y, sobre todo, a ser humilde y buena persona.


En la escuela también aprendí matemáticas, en mi casa hasta la tabla de multiplicar y a dividir. La tabla de multiplicar la decíamos cantando. Me gustaba bastante, porque participábamos todos y me resultaba más fácil.
Cuando tocaba lectura, eso sí era un momento de nervios, porque había que leer en alto, con la consiguiente vergüenza y tenías que estar muy atento a lo que leía tu compañero, porque nunca sabías cuándo te iban a decir que continuaras tú con la lectura. ¡Y eso sí que que un momento de nervios! porque había que leer en alto, con la consiguiente vergüenza.


Teníamos un mapa cuadrado, bastante grande y también viejo y gastado, que estaba colgado en la pared, y allí salía doña Estefanía con su pelo negro y bien peinado y con un puntero señalando, decía: “España limita al norte con el mar Cantábrico y los montes Pirineos, que nos separan de Francia...”.


La pared estaba pintada de blanco y en ella estaba colgado un retrato del general Franco y al otro lado había un crucifijo, y debajo de todo esto, un viejo encerado.
 


Cuando llegaba a la escuela alguna autoridad, como por ejemplo el sacerdote o el señor inspector, nos poníamos todas de pie y saludábamos diciendo: “¡buenos días!”.
Entonces, el sacerdote nos preguntaba algunas cosas de religión, que estudiábamos en un catecismo cuyo autor era el padre Astete. En este pequeño libro estaba escrito todo lo que era religión: los mandamientos, las bienaventuranzas y otros más.


La historia sagrada, ya era otra cosa. Esto ya lo estudiábamos en enciclopedia de Álvarez. En este libro se agrupaban todas las asignaturas que se estudiaban en aquella época y que podría compararse a lo que hoy llamamos estudios primarios.


A mí me gustaba mucho leer el catecismo. Me resultaba muy fácil aprenderme todos los temas de religión. Fueron momentos felices de mi infancia.
En el mes de mayo se rezaba el rosario y se cantaba a la virgen en la iglesia y en la escuela canciones como “Con flores a Maria” y otras.


En casa de mis padres, que somos cinco hermanos, yo la mayor, nos sentábamos alrededor de la mesa en la cocina, que era muy grande. El primero, y dando ejemplo, mi padre. Todos rezábamos el santo rosario.
La mesa era rectangular y por el lado que daba a la pared, había un banco, en el extremo dos sillas, y en otro lateral también había sillas.


Mi padre, que se llamaba Manuel, era una persona trabajadora y cariñosa. Nos contaba que su padre, mi abuelo paterno, que también se llamaba Manuel, cuando iba caminando para hacer algún trabajo en el campo, lo hacía rezando. A mi me parece que estas enseñanzas se han perdido.


Llegaban cansados del trabajo, porque era duro. No había electrodomésticos, ni lavadora, ni televisión. Se lavaba en los lavaderos, tanto si hacía frío o calor, pero había tiempo para rezar la familia unida. Yo tenía un vestido y mi madre me lo lavaba por la noche para ponérmelo limpito al día siguiente.


Esta es una gran diferencia entre lo que yo viví y cómo se vive ahora. hora los niños, los jóvenes y mis nietos son unos privilegiados.
 

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