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Redacción
Miércoles, 13 de diciembre de 2017
El mapa de mi escuela, los mapas de mi vida

Tiempos felices

Justi

 

 

 

El mapa de la escuela es el mapa de mi vida.


En la escuela aprendí a dar los primeros pasos para caminar por la vida, encuentras amigos y compañeras de juegos y las primeras letras.
En la escuela aprendí a respetar a los maestros y a las demás personas, a pesar de que en casa también te enseñaran.


Cuando eres pequeña no das mucha importancia a los estudios. Estás más pendiente del recreo para jugar con las compañeras y, cuando eres mocita, estás un poco pendiente de las compañeras y ya te quedas mirando a los chicos, aparte de estudiar.


En mi caso, como en el de muchas niñas de mi edad, te sales de la escuela a los 14 años porque no puedes ir al instituto ni a otro colegio privado, porque no hay posibles en casa.
Yo aprendí poco en la escuela, pues éramos muchas niñas y yo no era de las más listas. Lo comprendo, ya que a las que no éramos listas, pues nos ponían atrás y no las hacían mucho caso. Así empezó a no gustarme la escuela y me aburría.


Cuando eres mayor te das cuenta de lo mucho que te había hecho falta saber para poder desenvolverte en la vida. A mi me tocó andar con mucho papeleo y abrir muchas puertas y es cuando te das cuenta lo poco que sabes desenvolverte.

Cuando te sales de la escuela aprendes otras cosas a parte de haber aprendido lo básico. A leer y a escribir y las cuatro reglas, te vas desenvolviendo en otros trabajos, como a coser y a las labores de una casa.
En casa de mis padres había muchas tareas que hacíamos los pequeños, como echar de comer a las gallinas, a los cerdos que criábamos para la matanza, ayudábamos a los pastores a recoger la leche que sacaban de las ovejas.


Nunca tuvimos reloj, pero sabíamos cuándo era la hora de hacer esos trabajos. Tengo una anécdota: un día me retrasé en hacer mi tarea, que era llenar unos cestos de paja para cuando llegara el ganado de trabajar, echarles de comer. Mi padre me dio un cachete, fue el primero y el ultimo; solo nos regañaba.


De cómo vivimos en nuestros tiempos, muy felices, con poco, muchos de familia, pero no teníamos envidia de nada, porque nos conformábamos con lo que había. Aunque fueran unos zapatos de tu hermana o un vestido, nos poníamos tan contentas.


En lo que a mis nietos se refiere, no les puedes contar nada porque, primero, no se lo creen y lo segundo, no te escuchan cuando les quieres decir alguna cosa. Ahora los niños a no les falta de nada, pero no son felices como niños. Nosotros éramos felices porque estábamos mucho en la calle corriendo tras una pelota en las eras del pueblo, o en la plaza pasando frío.


Yo tuve dos maestras, doña Consuelo y doña Emilia Salamanca.
De Doña Consuelo no tengo muchos recuerdos. Sólo me acuerdo del bolero que me enseñó a cantar con las bolas y de la calderilla que llevaba con lumbre para calentarme los pies y las manos hecha con una lata de escabeche y un alambre de asa.
De Doña Emilia me acuerdo más, porque yo era más mocita y me enseñó muchas labores. Lo que más me gustaba era hacer velas o mantillas de las que llevábamos a la iglesia.


La única historia que recuerdo es que se casó con un señor del pueblo siendo ya bastante mayores y tuvieron dos hijas. El sentimiento es que se murieran los dos muy pronto y dejaron los niños muy pequeños. Para mi fue la mejor maestra y la mejor persona y muy amable.
Iba mucho a casa de mis padres porque éramos vecinos, teníamos mucha amistad y también porque mi padre era el alcalde del pueblo y siempre tenía algo que resolver. Todavía la recuerdo con mucho cariño a ella y a su madre, pues pasaba muchas tardes con ella, sobre todo en el invierno. Me enseñó a hacer ganchillo.


D. Consuelo era menuda, muy guapa, vestía muy elegante en aquellos tiempos. Vivía en una pensión o mejor dicho, en casa de una señora que le alquilaba una habitación y le hacia todo el servido, la comida y todo lo demás, que se llamaba señora Lorenza. Era del barrio del rollo, donde vivía yo. Se llamaba así porque tenía un monolito en lo alto de las eras. Yo vivía al final del pueblo.


Doña Emilia era muy fuerte y muy bajita, pero muy compuesta. Vivía en una casa de alquiler con su madre y tenían una señora de asistenta. También vivíamos en el mismo barrio. Su calle tenía cuesta y se quejaba, porque la costaba trabajo subir. Mis hermanos y yo muchas veces en el buen tiempo atravesábamos un huerto para llegar antes, y, si no, íbamos por la calle. Era un barrio con muchos niños y muchos vecinos y siempre íbamos juntas, sobre todo a la salida.


En la escuela, a la entrada, después de dar los buenos días, rezábamos un ave Maria y nos santiguábamos. Los jueves no había clase, pero sí la había el sábado y por la tarde rezábamos el rosario muchas veces. Iba el sacerdote a rezarle y, si no, una niña.


D. Emilia, como hablaras o pusieras alguna falta, te ponía de castigo: copiar 100 veces la palabra que habías hecho mal o por hablar. También, el sábado por la tarde hacia más labores, nos enseñaba a coser, vainicas, festones, costura, como un muestrario, un poco de todo.


En el mes de mayo nos preparaba versos o poesías para decirlas en alto y de memoria los domingos en la iglesia, delante de la virgen, porque antes se iba a misa y por la tarde al rosario, sobre todo, los domingos. Y cuando había novenas de la Virgen o de cualquier santo también íbamos.


El castigo en la escuela te fastidiaba, pero lo hacían para que estuviéramos atentas en clase. Lo de rezar me parece muy bonito, por lo menos era un saludo al día para dar gracias y no entrar en clase como ovejas, y la clase empezaba con energía y cada uno en su sitio y sin hablar.


A mí no me gustaba salir al encerado que es como se llamaba la pizarra grande que estaba colgada en la pared y donde se escribía con una barrita de tiza. Lo que, si me gustaba era salir al mapa de España porque se me daba bien buscar las capitales y los ríos.


Volviendo a los rezos, un día, ojeando una revista, leí que no nos damos cuenta de la importancia que tiene el rezar. Yo vengo de una familia, sobre todo la de mi madre, a la que le gustaba mucho leer, a pesar de tener pocos libros. Y también rezar, sobre todo mi abuela materna, que iba muy pronto a misa porque decía que en la iglesia había mucho que hacer. Yo heredé el nombre y las costumbres, a pesar de no haberla conocido, pero me lo contaba la madre.


El abuelo se quedó muy pronto viudo, vivía solo, pero le asistíamos y por la noche siempre íbamos a acompañarle. Tenía pocos recursos, porque antes no había pensión, pero siempre tenía algo que darnos cuando íbamos a verle o a llevarle algo. En el tiempo de las castañas pilongas siempre tenía castañas cocidas arregladas, y en vez de sal, las echaba azúcar. Y en el tiempo de los higos secos, les cocía con peras y manzana y eso es un manjar, sobre todo para mí.


Volviendo a la escuela, en el recreo jugábamos a la comba con una soga, o con una pelota. También jugábamos al corro o al pilla-pilla. Las que eran un poco mayores hablaban unas con otras.
El mapa era muy divertido, buscar los ríos, los cabos, las cordilleras o las capitales.


Hice la comunión el día de la ascensión, con el vestido de mi hermana la mayor. Ya había pasado por más hermanas, pero no había otra cosa y tan contenta. Éramos muchos niños y muchas niñas y recuerdo que después del rosario íbamos al altar mayor a renovar las promesas del bautismo. Luego la farmacéutica nos invitó a tomar chocolate en su casa, puesto que comulgaban sus dos hijos. Lo pasamos muy bien todos.


En la escuela, cuando ya éramos mocitas, ya te llamaban la atención los chicos, y algunos ya empezaban a salir desde la escuela.
En la escuela todo teníamos que aprenderlo todo de memoria. A mi maestra le gustaba mucho la política y teníamos que estudiar los fenicios, los cartagineses, los reyes godos y alguno más.


El catecismo del padre Astete, que era el que había, le teníamos que aprender de memoria. Cuando  estudiaba una pregunta iba donde estuviera mi madre, que muchas veces estaba haciendo el queso, porque cada ganadera se hacia su queso. Y como mi madre se sabía el catecismo de memoria, cualquier pregunta que me hiciera, me lo preguntaba sin mirar, así que ella seguía haciendo su tarea.

A mi el catecismo del padre Astete me gustaba mucho, no ha habido catecismo de la doctrina cristiana mejor explicado y más fácil de entender. Si alguien me lo pudiera mandármelo que me lo mande a la dirección de la asociación que publica este escrito, se lo agradecería mucho. Ese catecismo me enseñó a ser la persona que soy hoy, una persona transparente, sumisa y educada.


A los maestros les teníamos tanto respeto como a los padres, al médico, al sacerdote y a la guardia civil. Parte de la educación era de la que recibías en casa.
Recuerdo que cuando era pequeña me estaba mojando en la fuente y una tía me riñó para que me quitara de la fuente, que me estaba mojando y la dije que no quería. Hoy en día me arrepiento de lo mal que contesté a una persona mayor, que lo hacía por el bien mío.


En mi cabeza, tenía un libro lleno de letras, un día el libro quedó abierto, las letras se me escaparon, por muchas vueltas que he dado, he encontrado pocas letras.

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