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Redacción
Miércoles, 20 de diciembre de 2017
TALLER DE ESCRITURA EN EL JOSÉ MOSQUERA

Preguntas

Noticia clasificada en: Centro Cívico José Mosquera

Maribel Flores

 

 

 

 

Llevaba un rato mirando la foto de la página cinco, primera sesión, del programa 2017- 2018 de la clase de lectura y escritura creativa. Tenía que escribir algo sobre ella, ninguna idea me gustaba, la cuartilla en blanco y el lapicero en la mano. Así, me calcé las deportivas y salí a dar un paseo. La tarde otoñal me recibió con una temperatura demasiado alta para el mes de octubre.

 

A unos minutos de casa está el Canal de Castilla, el césped del parque estaba seco, agostado, seguramente habían suprimido el riego por la escasez de agua. Un grupo de jóvenes hacia yoga, con un poco de disimulo les miré, admirando la elasticidad de sus cuerpos.

 

Un poco más adelante otro grupo se relajaba haciendo Taichí. Sin duda los monitores les habían invitado a hacer los ejercicios al aire libre, aprovechando el buen tiempo. Había muchos niños, unos cuantos esperaban para poder saltar a la comba, a mi oído llegaba claramente: el cocherito leré, me dijo anoche leré… Otro grupo jugaba al balón. Aquí me paré complacida observando con qué habilidad pegaban a la pelota.

 

De pronto un rubiales de apenas nueve años, abandono el grupo y se dedicó a zarandear un árbol pequeño y débil, una niña algo más pequeña le imitaba, el pobre árbol se cimbreaba de un lado a otro. Algo en mi interior se removió y sin pensarlo dos veces lentamente me acerqué al grupo.

 

- Hola, que bien os lo estáis pasando ¿eh? ¿Quién mete más goles?

- Éste, dijeron a coro, señalando al rubiales.

Le revolví el pelo. Me miró curioso. Sus ojos oscuros contrastaban con su pelo rubio. Me dirige a él.

- Me parece muy bien que des con fuerza al balón, pero ¿al árbol? Con lo pequeño que es le puedes partir, hacerle daño. ¿Te gustaría que te lo hiciesen a ti?

 

El rubiales bajo la cabeza avergonzado y me respondió con un “no” apenas audible. Yo temía que alguno me dijese de malos modos que a mí que me importaba, pero ninguno dijo nada.

 

-Hala, a seguir jugando y mete muchos goles, le dije, mientras le revolvía otra vez el pelo.

 

Cuando a la vuelta del paseo, pase otra vez por allí, el rubiales y la niña se habían sentado en el césped y observaban muy atentos un hormiguero.

 

Me acordé de la foto y del relato que tenía pendiente. No me recrearía en el futuro de la parejita de la foto, delante de mi tenía una parejita de carne y hueso y me pregunté a dónde les llevaría esa amistad, esa complicidad; quizás seguirían juntos en el instituto, en la universidad, quizás surgiría el amor entre ellos.

 

Quién sabe lo que representaría para ellos a lo largo del tiempo esta tarde de otoño, un balón, una mujer entrometida y un reguero de hormigas. Seguramente lo olvidarán, como yo ya lo estoy olvidando

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