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Redacción
Miércoles, 10 de enero de 2018
Historias de mi historia

Historias subterráneas

Noticia clasificada en: Alberto García Historias de mi historia

Alberto García

 

 

POR LAS CALLES DE DUBLÍN

Aquella tarde fue sin duda singular. Llegué al Acuarium, un pub de música metálica, donde se procedía a dar un concierto festival de Death Metal. Pagué cinco libras irlandesas por entrar y me introduje en la fiesta. El lugar era, de algún modo, cavernario, subterráneo… muy “heavy”. Pedí una pinta de Carlsberg en una de las dos barras y accedí al patio, donde los grupos metían bastante ruido dedicado a nosotros. Lo cierto es que, para lo fan que era yo de este sonido, aquel show me aburría bastante, así que entré de nuevo en el bar y me senté cómodo a beber mi pinta a ritmo de Deep Purple. 

 

Todo pareció animarse cuando surgió en la escena Soila, una increíble chica dublinesa que irrumpió simpática en mi, hasta entonces, incalificable tarde. Soila era una chica decidida. De hecho, me declaró que estaba enamorada de mí a los quince segundos de presentarnos. Yo, tontorrón, o lo que es lo mismo, fiel, le aseguré que tenía novia formal y reglamentaria en España.

 

Al final, la chica de este cuento se marchó con el cantante del grupo y yo me quedé solo, paseando vagabundo por las calles de Dublín.

 

 

Salté de mi agujero en dirección al trabajo. De camino pasé por Stephen’s Green a robar algo para desayunar.

ENSALADA DE NUECES Y DOS CHICAS SUECAS

Aquel día tenía que recargar unos sesenta barriles de cerveza, así que me procuré un litro de zumo de naranjas españolas y un yogur de beber gigantesco.
 

Cuando llegué al Friederick Handle’s, los compañeros de trabajo y los jefes me saludaron cordialmente y, de facto, empezó el “delivering”. El “delivering” o, en castellano, reparto, consistía en intercambiar los barriles vacíos de sidra y cerveza del pub, por los llenos que me traían en camiones las compañías cerveceras.

 

Así que me puse al tajo, saqué los barriles vacíos y les coloqué en hilera calle abajo de Fishamble Street, en frente justo de la monumental iglesia vikinga del Santo Cristo. Cuando el último barril hubo sido encajado en su correcto lugar, como si de una pesada ficha de Tetris de 60 kilos se tratase, uno de los jefes me pidió que me quedara allí a comer.

 

Así, entré en la salita de personal donde me esperaba una fenomenal ensalada de nueces, y la compañía de dos preciosas chicas suecas que no paraban de reír conmigo. ¡¡A su salud!!

 

A Pat, aquel genial canadiense que me dio la posibilidad de trabajar con aquella banda de “piratillas”.

 

 

Ni yo era Jesucristo, ni aquel era el Diablo, pero yo he querido contárselo así.

LAS TENTACIONES DE CRISTO EN EL DESIERTO - 2000 AD

Aquella mañana me encontraba tomando un expreso en una cafetería del centro de Dublín, cercana al Banco de Irlanda. Salí a la calle e hice un poco de tiempo hasta la hora de comer, por allí cerca.

 

Sucedió que me topé con el mismísimo Diablo, que pasaba por allí. Y no sólo lo vi, sino que éste me llamó a su atención. De primeras me hice el sordo; pero ante tan diabólica insistencia no pude negarle un saludillo. Mefistófeles versión año 2000 era concretamente lo que allí llamaban un “nacker”, es decir, un tipo de gitano (potencialmente peligroso según decían).

 

Dialogamos sobre el precio (de la libertad de mi Alma, claro está) y esto, todo hay que decirlo, me resultó algo más que expeditivo en fondo y forma, para estar yo como estaba “desnudillo en medio del desierto”. No entraremos en detalles de cómo ni cómo no, pero les juro que lo que conservé de aquel lamentable encuentro fueron poco más que mis papeles para volver de regreso a España.

 

Al fin hube escapado, me arrodillé al gran Dios frente a la Iglesia del Santo Cristo y le di gracias por seguir aún vivo.

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