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Redacción
Miércoles, 10 de enero de 2018
Una conversación con Mere Pedraza

Una vida de lucha constante

Noticia clasificada en: Eva Martín

Eva Martín

 

 

 

Aunque la casa de Mere Pedraza es pequeña, es muy entrañable. Está llena de recuerdos, fotos y cuadros que ha pintado ella misma. “Mi vida..., desde que nací tengo para hacer una película, ¿qué quieres que te cuente?”, me dice cuando llego a su hogar en el barrio Pajarillos. Y es verdad. La vida de Mere ha ido de un lado para otro y ha experimentado muchas situaciones desde que salió de su pueblo salmantino cuando era joven: su estancia en Irún o San Sebastián o la superación de un cáncer de colon, son solo algunas de ellas.

 

 

Francia y la juventud

 

“La primera vez que salí del pueblo fue cuando me casé. Nunca había viajado más de 70 kilómetros lejos de allí, sólo había ido a Salamanca. No había visto ni el mar, ¡y ahora mi nieta está en Estados Unidos!”, comenta. Mere se casó el 6 de septiembre de 1961, el año en que se inauguró la parroquia. “Fui la primera novia de la iglesia y, la última vez que fuimos al pueblo, el sacerdote hizo alusión a esto en misa y todo el mundo me aplaudió”, recuerda. Ese mismo mes emigraron a Irún: “mis padres y mis suegros eran labradores, la tierra era mísera, y mi hermano el mayor estaba en Francia trabajando. Era la época en que pasaban trenes enteros para ir a trabajar allí. Antes era distinto, ¿no? Ibas con un visado y con trabajo fijo”.

 

“Nos fuimos a Irún ese mismo mes de septiembre, que fue cuando también me quedé embarazada. Nos quedamos en Irún porque no necesitabas documentación: los hombres pasaban a Francia y luego volvían al caer la noche”, recuerda Mere sobre sus primeros tiempos en el país vecino. Junto a su marido, estuvieron en la casa de la señora María: “nos quedamos en una habitación con una cama y una cuerda donde colgábamos la ropa. Una noche se nos rompió el somier y la señora María nos dijo que por qué no le habíamos avisado. Oye, pues no teníamos confianza”.

 

Después, el trabajo trasladó a su marido y a su hermano a Nantes mientras Mere volvía al pueblo: “fueron sin pasaporte, en un camión, como animales. Estuvieron sin darles de alta y vivían en barracones”, dice. “Cuando nació mi hija, vinieron ocho días en verano y así pudieron estar el día del bautizo. Creo que es diferente a la situación actual, yo no pude vivir con mi marido”, me cuenta Mere.

 

 

Una temporada en el País Vasco

 

Finalmente, el marido de Mere decidió volver al pueblo y arriesgaron comprando maquinaria agrícola para trabajar en el campo. Una experiencia que no recuerda como fructífera para ellos: “la recompensa duró muy poco, sembrábamos y luego no recogíamos. La tierra era mala y a veces no nos daba ni para pagar al rentero”.

 

Fue entonces cuando decidieron mudarse al País Vasco. “Estuvimos ocho años en Rentería, cuando ETA atizaba sus golpes más duros”, me dice Mere al recordar esa etapa en la que vivió “mucho control y mucho miedo. Mi marido se encontró con que habían matado a dos personas en un semáforo”.

 

Ella trabajó en San Sebastián vendiendo tortillas en la playa de la Concha. “Aparte de hacer la comida para 11 personas, preparaba 60 tortillas todos los días. Mientras, mis hijos vendían patatas y refrescos”, señala. Ella recuerda que pasaron tiempos difíciles, sin tren, sin metro y donde “los neumáticos ardían en las calles”. “Los policías en la playa también me advertían de que, como se armase barullo, no respetaban a nadie”. Mere también trabajó limpiando una tienda de deportes. “Llegué una mañana y habían destrozado toda la ropa. Se me saltaron las lágrimas. Echevarría, el dueño, me dijo: - tú aquí vas a sufrir mucho, no vas a vivir. Si tienes oportunidad, márchate. Y eso hice. Nos vinimos con trabajo y aquí llevamos ya 42 años”, me cuenta sentadas en el salón de su casa.

 

 

Formar una familia en Valladolid

 

Cuando Mere y su familia se asentaron en la ciudad, lo hicieron en la misma casa en la que vive en la actualidad. “Quería que mis hijos estudiaran en el Narciso Alonso Cortés”, y puso mucho hincapié para que así fuera. Una actitud muy tenaz con el director tras la que finalmente consiguió esa matrícula: “la gente admiraba el interés que mostraba con que mis hijos aprendieran y el director no se arrepintió jamás”.

 

Durante su vida, Mere ha luchado mucho por la educación y el futuro de sus hijos. “Solo teníamos el sueldo de su padre, pero ellos consiguieron una beca. El mediano se fue con 15 años al ejército a Calatayud y el mayor quiso ser médico, pero por unas décimas no pudo entrar en la facultad. Luego fue a la mili”. Su marido comenzó a trabajar en la construcción y “trabajando un día en Parquesol mi hijo fue a ayudarle. Estando allí se cayó desde una altura de cuatro pisos. Se quedó inconsciente, pero se salvó”, cuenta. “Para mí que le salvó la salve que habíamos rezado con Acción Católica el día anterior en Medina del Campo”, añade.

 

 

El cáncer

 

Mere me cuenta que vivió los primeros síntomas de su cáncer de colon durante una excursión a Portugal con los jubilados del pueblo. Fue en el baño de un autoservicio. “Cuando llegué a Valladolid pedí una cita con el digestivo, que me dieron cuatro meses más tarde y solicité una colonoscopia”, me dice.

 

“Con el resultado de las pruebas, me dijeron que me tenían que operar, lo que no sabían era cómo porque no tenían todas las pruebas. Les dije que pronto, que mi hijo que vive en Valencia había comprado un chalet y tenía que ir a verle”, recuerda. Tras esperar unos días, vinieron una infinidad de pruebas para determinar el alcance de su enfermedad. Muchas idas y venidas al Hospital Clínico de Valladolid. El 20 de mayo de 2015, con 79 años, le dieron la noticia definitiva, un día en el que sí le acompañó su marido: “le dije, ¿no querías venir? Pues esto es lo que tengo”.

 

El proceso de pruebas y operaciones fue largo, pero Mere nunca quiso faltar a sus compromisos y actividades que le mantuvieron siempre ocupada durante su enfermedad. “El médico me dijo que fuese tranquila a la fiesta del Corpus Christi a Toledo y me dejó acabar el curso de cultura para mayores que estaba haciendo”, explica. Durante nuestra charla, me contó que siempre tuvo más miedo a la quimioterapia que a la bolsa que le pusieron tras quitarle todo el recto y que tiene que llevar el resto de su vida.

 

El momento del quirófano tampoco fue muy duro para ella, “porque me han operado 14 veces en mi vida”, pero sí lo era el pensar que podría ser dependiente una vez saliese del hospital. “Tenía miedo a no quedar bien para poderme manejar. Entonces, me fui a una residencia”, cuenta. Una experiencia que ella misma ha escrito en su apartado “Ganas de vivir. El relato tras una colostomía” publicado en Palabras Menores. Porque escribir también fue una de su vías de distracción mientras se recuperaba.

 

 

La bolsa

 

Mientras avanzaba el tiempo en su casa en Pajarillos, Mere comenzó a explicarme sus diferentes experiencias con la bolsa. “Los seis primeros meses fueron lo peor, a veces tenía que cambiarme hasta cuatro veces al día. No me enseñaron a colocarme la bolsa, así que tuve que ir al centro médico de Pilarica. No sabía que iba a ensuciar la bolsa tan pronto. Carlos Ferreras, mi médico, fue a buscar a una enfermera y me cambiaron en una camilla. Me animó, me besó y me trató fenomenal, como a una hermana”, recuerda Mere.

 

Incluso acudió a la boda del nieto de su hermana, pese a que nadie quería que fuese en su situación. “Para mí era como mi nieto, mi hermana se murió muy joven y era el primero que se casaba”, cuenta. Del viaje recuerda que “de aquí a Salamanca paramos dos veces en el camino y se me fue todo, imagínate. Tuve la suerte que el día de la boda no se me fue, y bailé y lo pasé de maravilla, así que mereció la pena”.

 

Esta mujer siempre ha recibido la ayuda de su familia, sus compañeras y sus vecinas, que han estado con ella cuando lo ha necesitado. “En la residencia me decían: hija, pareces famosa, todo el mundo viene a verte”, me cuenta. Además, allí se sintió arropada por Montse y Fany, dos enfermeras que le cuidaron mucho. También ha sabido adaptar sus rutinas a sus cambios de bolsa: “en vez de ir a misa a las 12:30, igual voy los sábados por la tarde, que hay menos gente”.

 

 

La vida y el presente

 

Mere conoció a Manolo Martín a través de sus textos “Diagnóstico: cáncer de colon. Pronóstico: ganas de vivir”, también publicados en Palabras Menores. Ella le escribió un poema y él escribió en su blog "Yo quería tener una abuela como tú", le había dicho que tenía muchas ganas de conocerla, pues le había impactado su historia de lucha y superación. Se conocieron finalmente en el Congreso del Cáncer de Castilla y León celebrado en el Auditorio Miguel Delibes. “Las enfermeras Montse y Fany estaban conmigo, estábamos en la parte más alta del Auditorio. Y me decían, atrévete. Me trajeron el micro y dije: “voy a traer un poema que escrito porque aquí hay una persona que se llama Manolo, al que no conozco…” no había acabado cuando vino él, desde el principio de la sala, y nos dimos un abrazo que no te imaginas”, recuerda sobre ese día.

 

Mere siempre ha sido una persona muy positiva y con muy buena actitud, aunque ha pasado algún que otro bache en el desarrollo de su enfermedad. “A veces venía una prima, o Cándida, y yo les pedía que no quería que me viese nadie. Estaba tapada con una toalla y mucho tiempo en la ducha”, recuerda. También me contó que se sintió muy impotente durante una temporada. Diferentes actitudes que ha ganado con el cáncer.

 

Un cáncer que también le ha ofrecido la oportunidad de conocer otras situaciones que para ella son más ejemplo de energía y vitalidad que su propia situación. “Conocí a Patricia que vino a darnos una charla al centro cívico, una chica ciega que ve solo un círculo a distancia de un metro, y su marido también. Pensé, ¡cielos! Lo mío no es nada. ¡Qué empujón me dio esa mujer!”, reflexiona.

 

Actualmente, Mere continúa con sus rutinas de siempre. Viaja, sola, a Salamanca y a su pueblo. “Llevo una mochila y en Salamanca me pongo el repuesto, antes de coger el autobús hacia mi pueblo”, me cuenta. También continúa con sus cursos de mayores. “A lo largo de mi vida he hecho muchas manualidades, ya ves que tengo la casa llena de cuadros, pero ninguna ha sido como ésta, en la que tengo que cortar la bolsa todos los días, la bolsa del color del caramelo”.

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