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Redacción
Jueves, 18 de enero de 2018
Relatos micropresos

No me dejéis

Noticia clasificada en: Alfil Negro David Mario

Alfil Negro

Psicosis

El decrépito se retorcía en la fría cama del hospital. Agonizaba alucinando entre sopores de morfina y algodón. Una piltrafa de huesos y piel, el antiguo repartidor de hostias, imploraba clemencia al redentor. Ignoraba que había sido envenenado con polonio radioactivo semanas antes por su ex novia, la misma a la que él había dejado plantada en el altar, el mismo altar en el que él repartía las hostias a los fieles.

El decrépito se hizo cura, abandonando todos los placeres de la vida, para ser un repartidor de hostias que engullían hipócritamente los maridos infieles, las mujeres adúlteras, los políticos corruptos y demás chusma de la sociedad. En su final agonía, el decrépito dejó salir un susurro que parecía decir: “No me dejes todopoderoso”. A dos manzanas, su ex novia descorchaba una botella de cava y brindaba por su salud.

 

 

David

El abrazo

Quería ser como su padre, no veía más que magnificencia en el ser que cada tarde venía a casa y le contaba aventuras o simplemente cómo le había ido el día. Esa persona que era capaz de arreglar cualquier cosa, desde un electrodoméstico a un coche, y que tiznaba sus manos y cara cuando tenía abierta la caja de herramientas.

Como todo niño jugaba con coches y muñecos de plástico, y como niño temía a la oscuridad y la soledad. Un día soló que le abandonaban en el monte y, en medio de la noche, despertó. Corrió a la habitación de sus padres para comprobar que estaban allí. Se despertaron y encendieron la luz. - “¿Qué haces?”. El niño les dijo: - “por favor, no me dejéis”.

Su padre rió y dijo: - ”ven anda, duerme aquí con nosotros”. Lo abrazó y le prometió que nunca lo abandonaría.

 

 

Mario

Ulises y Penélope

Los héroes que habían librado la terrible tempestad ya habían regresado a sus palacios de origen, a excepción de Ulises, que estaba retenido por una ninfa con la promesa de hacerle inmortal. Pero Ulises estaba pendiente de su fiel esposa Penélope, en ello pensaba día y noche. Desde la jaula de la retención, rogaba todas las fuerzas poderosas diciendo: “no me dejéis en este sitio de sufrimiento y dolor”. Porque la fidelidad entre Ulises y Penélope era mutuo y solo acabaría con la muerte.

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