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Redacción
Jueves, 18 de enero de 2018
Relatos micropresos

Y pintó la sota de bastos

Noticia clasificada en: Alfil Negro David Frosty Marcelo

David

El ángel... de bastos

Después de 100 años, se iba a reparar la capilla del pueblo. Finalmente, y tras mucho papeleo, el párroco conseguía una subvención del estado. ¡Qué alegría! Miró el talón conformado a su nombre y empezó a hacer cuentas. Con el fin de ahorrar y poder festejar el fin de la obra, el párroco bajó a la taberna del pueblo y pidió a los pasiegos su colaboración. El pueblo entero se unió a su petición y rápidamente comenzaron las obras. Unos acarreaban tejas y cemento, otros vigas de madera. Al final solo quedaba un pequeño grupo de borrachos que, si bien por vergüenza, iban con pintura y brochas.

Cuando terminaron la obra, el párroco paseaba orgulloso por el centro de la capilla cuando sobresaltado exclamó: “¡malditos borrachos blasfemos!”. Uno de ellos había pintado la sota de bastos sustituyendo a un ángel del fresco. La ignorancia es atrevida.

 

 

Frosty

Desguace obrero

Todos miraban absortos cómo se repartían las cartas. Cuarenta años de experiencia eran su aval para conseguir el triunfo de la manera que fuera. O eso pensaba. Pero otra vez pintó la sota de bastos y esto empezaba a ser una rutina demasiado larga, demasiado cruel. Se hacía difícil aceptar que ya no servía ni para mojar con sudor la tierra que hace tiempo tanto trabajo le había dado.

 

 

Marcelo

Día X

La noche fue muy larga. Ese día tan especial se hacía esperar. Ella se levantó, se lavó la cara y miró a ver cómo tenía el callo del hombro derecho. Como esperaba desde hace tiempo, ya estaba curado. Se pintó, se vistió poco a poco y recogió sus enseres. Recogió también sus cuatro trapos y se dirigió a desayunar. Más tarde, se despidió de la gente y fue caminando hacia la puerta lentamente. Por el camino, iba pensando en todo el tiempo que había pasado allí dentro. Había llegado la hora. Ese día, sabía que pintaba la sota de bastos. Salió con el alacrán, cantó las cuarenta y ese día hizo dos juegos. Ahora das tú.

 

 

Alfil Negro

La timba

Se abrió la rejilla y el guardia le dio la bandeja. Ensalada de setas y rábanos, patatas cocidas con carne a la parrilla, y de postre tarta de fresa con helado y un vaso de café. Todo cortesía de la casa. Era el menú especial para los condenados a la inyección letal, la última cena.

Jim Thomas sabía que mañana a las once y cinco minutos ya no existiría en este planeta, pero lo que más le preocupaba era el rumor de que alguien metía el cóctel letal en la nevera para que los condenados sintieran el frío de la muerte por sus venas.

Había tenido mala suerte al caer en Texas y no en su Louisiana natal, el único estado con un código napoleónico debido a su origen colonial. Allí le habrían conmutado la pena capital por la perpetua. En el exterior, cientos de pacifistas se manifestaban en contra de la pena capital.

Acabó la cena y, cuando el guardia vino a por la bandeja, le pidió un par de favores: un cigarro, un cuaderno y un bolígrafo para escribir a un familiar una carta de despedida. El guardia le dijo:

- Te lo traeré, pero te tendré que encender el cigarro, el bolígrafo no medirá más de tres centímetros y el cuaderno se quedará en dos folios reciclados.

De acuerdo -dijo Jim. El guardia fue al cuarto de los guardias. Allí sus compañeros estaban echando una partida de cartas y de repente uno exclamó: -¡Y pinta la sota de bastos!

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