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María Herrero
Martes, 30 de enero de 2018
Relatos micropresos

Dedicado a Miguel

Miguel estuvo en en el taller de Palabras Menores hace un tiempo. Estuvo unos meses en el Módulo UTE y, terminada su condena, volvió a casa. A los pocos días, Miguel falleció. Sus compañeros de vida en prisión quisieron dedicarle sus microrrelatos.

David

Segundo y último adiós (A Miguel)

Te conocí aquí, donde encierran a los malditos. Llegaste con una sonrisa y todos se preguntaron; ¿por qué? Ya hace casi un año de esto y ahora de ti me despido, ahora por segunda y última vez.

Quien marchaba por la puerta grande, como siempre alegre y campante, para nunca más volver, sin embargo en un sueño roto. Dejaste el camino andado de lado y te perdiste: yo no lo llego a entender. Querías cerrar esta herida con esperanza y tenías una meta en la vida, pero esta llaga que nunca llegó a cerrar, hoy pierde todo el sentido de todo consejo dicho, al igual que la esperanza maltrecha con la que te marchaste sin decir adiós.

Aquí has dejado más que un hueco en el que reina el silencio por el dolor. Con tu nombre, un epitafio, Luis Miguel, enmarcado el que ayer leí yo. Y de mi voz un rosario, por el que nos ha dejado, aquél que fuiste ayer.

 

 

Alfil Negro

Tu último viaje (A Miguel)

Te marchaste ilusionado a cumplir tu sueño, querías ver al pequeño Gabrielito.

Le querías enseñar a jugar al ajedrez, a miles de kilómetros, pero siempre en tu corazón. La vida te ha dado el más duro revés, yo estoy triste, por ti y porque no pudiste abrazar al pequeño Gabrielito.

Ya no recibiré tu carta, esa que tanto me prometiste: me quedaré con tu recuerdo y los buenos momentos.

Hasta siempre, Miguelito.

 

 

Fukymuky

La partitura (A Miguel)

Aquellas manos se posaron sobre las teclas del piano. Deseaban tocar, sentir “la sustancia de la vida”, aunque no hubiese sido compuesta su melodía.

Sus ágiles dedos se movían para hallar las claves en música. Las notas se desprendían; distintas, distantes, cada una con su timbre, que las hacía únicas.

Los sonidos iban mezclándose componiendo las armonías y los compases, y…

Un pianista tan sólo es un intérprete y el ritmo lo marca la partitura. Algún compositor audaz, sin conseguirlo, quiso escribir la sustancia de la vida.

Es el piano quien queda en la memoria.

 

 

Anyelino

Promesas desmoronadas, para Luis Miguel

El primer día que te vi fue en la calle, lejos de estos muros; pero ibas acompañado de quien provocó que te encarcelaran: mala influencia para un hombre como tú.

Aquí no tardamos los dos en entablar una buena amistad. Te llamaba tocayo, pues te llamabas igual que yo.

Recuerdo las veces que me decías que no había mal que por bien no venga. La cárcel te cambió y viste los errores que cometiste. Tú tenías la última palabra, tu decisión era total, esto no podía ser y te marcaste nuevas metas para tu futuro en la calle.

Por fin, tan ansiada libertad llegó, pero no has podido cumplir tus promesas: el cielo se ha desmoronado llevándose tu pequeña juventud.

Desde aquí Miguel, te tenemos en el recuerdo, y allí donde tu alma brille recuerda que puede ser un mundo mejor.

 

 

El Gallén

Grande e inexplicable (A Miguel)

Qué mejor forma de recordar a alguien que recordarle con esa sonrisa grande e inexplicable.

Hoy, de ti nos queda ese recuerdo a quien no pudimos conocerte mucho, en un periódico la invitación a tu funeral, al que no podemos asistir. A parte de tu recuerdo, me queda el consuelo de que te fuiste en libertad, porque muy en el fondo, yo sé que detrás de esa gran sonrisa que tenías, había una gran tristeza que te carcomía por dentro, Ahora descansas en paz y estas presente en nuestras memorias.

 

 

Travis

Mi paisano (A Miguel)

Nos conocíamos de la calle. Por circunstancias de la vida nos reencontramos aquí, presos. Eras mi paisano y con el tiempo nos hicimos buenos amigos, inseparables. Por cosas del destino te fuiste el pasado día 24 de noviembre de 2016, cuando ya eras libre. Lloré tu perdida y siempre te llevaré en mi corazón. Un abrazo Miguel.

 

 

Marcelo

Esto no es un cuento (A Miguel)

Érase una vez un chico que vivía en un mundo en el que la justicia no funcionaba. Ese chico se llamaba Miguel y un día dio un tirón a un bolso: tenía adicción a las drogas y además padecía una enfermedad mental.

Le cogieron y le metieron a la cárcel. Una vez en ella, Miguel ingresó en la UTE del penal para no drogarse y tomar la medicación bien. Antes de la Navidad, Miguel se puso muy contento porque el Juzgado le notificó que podría comer el turrón en casa.

Salió para poder morir en libertad. Descanse en libertad.

 

 

Mario

¡Adiós! (A Miguel)

La canción de Mélody, que tuvo éxito, dice así: “las manos hacia arriba, las manos hacia abajo, uuf, uuf”. Algo parecido sucede en la cotidianidad dura en la UTE, todos hacia abajo por la mañana y todos hacia arriba cuando oscurece, haciendo eco implícitamente el ritmo de la canción del gorila.

¡Es tantísimo el trayecto que se realiza en este tramo! Quiérase o no, encuentro al otro, siendo merecedor de mi respeto como todo ser humano, independientemente de su situación personal, tal axioma tan difícil de cumplir. Entenderse o no con el otro es tema libre, no hay ninguna obligación a nada; sólo lo único indispensable para favorecer la convivencia, para que el tiempo sea llevadero.

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