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Redacción
Martes, 30 de enero de 2018
La Nave propone un espectáculo sobre el éxodo

"Fuegos", un espejo del hombre

Noticia clasificada en: Zero

Zero

 

 

 

Entramos a las 20:30 horas en una sala del Teatro Calderón, íbamos a ver la obra "Fuegos" interpretada por La Nave, un grupo de teatro que se formó en 2015. Lo recuerdo perfectamente porque fue cuando conocí a una compañera de clase que forma parte de él. Está compuesto por personas con distintas habilidades: actores, poetas, cantantes, músicos, ilustradores, etc. En su mayoría jóvenes, de una edad cercana a la mía.

 

Recuerdo que lo primero que pensé fue: es increíble, están actuando en el Calderón, son personas de mi edad y con pasiones parecidas a las mías… y están en este gran teatro. Poco después, comenzó a hablar una voz probablemente hecha a ordenador que comenzó dándonos la bienvenida al “gran Teatro Calderón” y hablándonos de su belleza. O eso parecía. Pronto descubrimos que no se dirigía al público, sino a parte del elenco de La Nave, que se disponía a entrar detrás de nosotros.

 

Al principio, les identifiqué como estudiantes que visitaban el teatro, supongo que por sus mochilas y la cercanía que me inspiraba su edad, aunque conforme fue avanzando la obra me di cuenta de que no era ese su disfraz. Subieron al escenario y se dedicaron a repetir lo que había dicho aquella voz, además de hablar de la historia del teatro. Sin embargo, de repente, una chica señaló que, si se quemase el edificio, todos nosotros nos quemaríamos vivos, "yo me quemaría viva", pero el recuerdo de este resurgiría por encima de todos nosotros. Y me di cuenta de la banalidad que había pensado al principio: ¿qué importancia tenía un edificio, por grande o bello que fuera, frente al arte? No. ¿Frente a las personas?

 

Entonces, empiezan a hablar del exilio, de los refugiados y el enemigo, y me pregunto cuántos de los de la sala pensarán en las personas que tienen que huir de sus casas y venir a nuestro país como "el enemigo". Y en cuántas personas de su entorno, de su familia, lo verán así. Y en cuántas de la mía tendrán esa visión. Y tiemblo pensando en los españoles que huyeron de la guerra y la dictadura. Ellos también fueron el enemigo. Todos podemos ser el enemigo. Y, aunque ya lo había pensado otras veces, tengo miedo. De la persona que grita contra un televisor quejándose de los refugiados. ¿Y si volvemos a ser nosotros el enemigo? ¿Nosotros? ¿Y quiénes somos nosotros y quiénes son ellos?

 

Pero, empiezan a hablar de las noticias: "Los reporteros cantan una batería de titulares […] Europa se sienta de espaldas al mundo". El periodismo se ha convertido en un espectáculo. Y asiento. Triste, pero asiento. Nos narran un sinfín de ejemplos bochornosos de lo que es el periodismo ahora. Nos mencionan a la periodista que le puso la zancadilla a un hombre que corría con su hijo en brazos, para poder grabarle cayendo. Me encojo en mi asiento. Recuerdo que cuando me enteré sentí asco y mucha rabia. Pero sobre todo, vergüenza. Mi sueño durante muchos años ha sido ser corresponsal de guerra, alguien que mostrara la verdad, y que nos hiciera darnos cuenta de los errores que estamos cometiendo. Y era, precisamente, una periodista, que se suponía debía mostrar la realidad y ayudar a la gente, quien se comportaba así. ¡Qué frustración! Así que, como estos chicos, yo, futura periodista, “decido sentarme de espaldas al canal 24 horas mientras Europa se sienta de espaldas al mundo”.

 

De nuevo, un montón de anécdotas de la II Guerra Mundial. Niños, hombres y mujeres apresados tras una valla. Cuerpos con etiquetas de identificación. Pero preferimos no ver ni oír nada. Un actor le grita a otro que prefiere ignorarlo. Se tapa los ojos. Mientras tanto, bajan varias personas del escenario con sus mochilas y se colocan a ambos lados de las filas de butacas. Nos hablan a nosotros sobre un viaje. Un viaje al que muchos han tenido que enfrentarse. Y nos cuentan qué llevarían con ellos: un cuaderno, fotografías, un peluche, etc., y el conjunto de la escena se empieza a sentir incómodo. No sabes hacia dónde mirar. Hacia dónde da más miedo mirar. Las voces que hablan sobre un viaje a tu oído siguen. En el escenario ha comenzado a impartirse una clase sobre qué llevar cuando tengas que viajar: “documentación para identificarse a no ser que seas un refugiado palestino o un republicano en Mauthausen porque entonces da igual”. Y suena tan macabro que parece falso, aunque sabes que no es así.

 

Ahora, en la escena, se construye una barrera en la que los actores quedan atrapados tras ella y podemos vernos a ambos lados de la valla. Nos sentimos presos y carceleros. Pero, aunque no desaparece, se deja en segundo plano. Empezamos a escuchar la historia de una compañera de clase: Elena. Una fascista a la que temen y ríen las “gracias” por miedo. Y porque “¿a mí que cojones me importan 12 millones de personas?”.

 

Nos plantean una pregunta muy importante: “¿y tú sabes quién es Hitler? ¿Y Franco? No. No nos enseñan esas cosas en la escuela.” Me lo pregunto, no a mí misma, claro, yo, por suerte, sé quiénes son. Pero dirijo mi cuestión hacia personas de mi edad, sobre todo, más jóvenes que yo. Y de nuevo, algo que ya sabía. Esa respuesta: NO. A muchos les suena, algo han oído por ahí. Pero “¿y a mí qué narices me importa?”. Y, otra vez, me sobreviene el miedo. A mí sí que me importa, pero… ¿y a ti? Y es que podría decir, hasta el más informado de nosotros, que “no tenemos ni idea de nuestro pasado reciente”, y más que pena, da rabia. Entonces pienso que, como ellos, yo también quiero quemar libros de historia, porque no están sirviendo para nada. Y quizás el fuego asuste a esas bestias que no conocemos, pero nos quieren sonar.

 

Pero, lo peor no es esto. Nos dicen: “es nuestra época la época del odio”. “La identidad se construye por la gente que odias y que te odia”. Y empiezas a ver a Elena en todas partes: en tu pareja, en tu madre, en tu profesor, en ti mismo. Porque entiendes que Elena no es solo la consecuencia de la ignorancia. Es, más que otra cosa, el reflejo del mayor odio y, por ende, el culmen de nuestra sociedad de odio. ¿No será Elena la sociedad, sin más? Más miedo, porque “si no odias a nadie es que no eres nadie”.

 

Entonces, alguien en el escenario pregunta: “abuelos, ¿cómo habéis permitido esto?”. Pero pienso que la época del odio empezó con ellos, que de niños crecieron con él. En España, con la dictadura, en Europa con la miseria de una posguerra. Y, luego, me doy cuenta de que tal vez el odio empezase mucho antes, pero nadie tuvo el valor de pararlo porque “el miedo y el odio son lo mismo.” Por eso hemos llegado a una época en la que “los medios de comunicación son peores que las bombas”; donde “cuanto más estudiamos menos sabemos”.

 

Sin embargo, no todo está perdido. “Prometeo les dio el fuego a los hombres y estos lo usaron para la guerra. Pero, también, para darse cobijo”. Y podemos observar como estos viajeros, estos exiliados, se abrazan unos a otros y parece que el odio, por un momento, desaparece. Aunque, de repente, todos salen corriendo del escenario mientras gritan.

 

Y me pregunto si eso significa que el ser humano, al final, puede liberarse del odio o, es al contrario. Pero prefiero creer lo primero.

 

 

* Fotografía: Lianet Rosales durante el TAC. (Mayo 2017)

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