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Redacción
Lunes, 12 de febrero de 2018
Relatos Micropresos

No tengo fuerzas para rendirme

Noticia clasificada en: Alfil Negro El Gallén Frosty Marcelo Mario Rayman

Alfil Negro

Resiliencia

¡Segundos fuera! El aspirante se lanzó contra el campeón. Una lluvia de directos seguidos por un gancho de izquierda y finalizando con un croché, devolvieron al campeón a la lona. Uno, dos, tres... el árbitro empezaba la cuenta.

¿Tiro la toalla? - exclamó el entrenador.

No lo hagas - replicó el campeón.

¿Estás loco? Te va a mandar a la UVI.

El campeón se levantó y le dijo al oído:

No tengo fuerzas para rendirme.

La muchedumbre gritaba: “¡fuera, fuera!, ¡tongo, tongo!, ¡estás acabado!” Empezó el último asalto, 180 segundos, la gloria o el olvido.

El aspirante se sabía vencedor a los puntos. No sabía si acabar con él o nadar y guardar la ropa. Total, cuando el león duerme las hienas duermen. Precisamente, en ese instante de duda, el puño del campeón le martilleó la mandíbula. El protector dental saltó hasta la quinta fila y el aspirante besó la lona. Antes de que el árbitro empezara la cuenta atrás, el campeón también besó la lona: estaba herido de muerte, su masa cerebral se había convertido en una papilla recalentada. Mientras, el aspirante convulsionaba en el ring.

Una velada inolvidable, una velada trágica. Al día siguiente, en una pequeña crónica deportiva de un diario de mala muerte decía: “Dos púgiles mueren en el cuadrilátero tras agotar su resiliencia”.

 

 

El Gallén

Después de colgar el teléfono, supo que no le responderían y se sentó en la sala de estar mientras unos jugaban al dominó y otros al parchís. Todos a su aire. Pensaba en llorar de nuevo o dejar de insistir.

Esteban quería que su chica le respondiera a muchas preguntas pues la mujer de Carlos, compañero de causa, le había contado en el vis a vis que Alicia recibía visitas raras de varios hombres y le surgieron cientos de idea, ninguna buena, para explicar el rumor que le trajo su vecina sin que Alicia saliera limpia de la situación.

Salió al patio y dio vueltas y vueltas en círculos mientras analizaba las palabras de Carlos. Pensó “no tengo fuerzas para rendirme” y entró de nuevo a llamar a Alicia. Cuando esta le respondió, le empezó a preguntar y ella a responder. “Sí señor, vinieron el plomero de la televisión por cable, el técnico de la lavadora, el jardinero y el que está pintando, ¿por qué?”

Esteban no tuvo fuerzas para continuar su interrogatorio y colgó el teléfono.

 

 

Frosty

Innato

El frío era gélido. El gran pájaro no recordaba en su larga vida un invierno tan duro. La frase “no tengo fuerzas para rendirme” no entraba en su comprensión. Su sentido, en estos momentos, consistía simplemente en mantenerse caliente, aferrado a la vida como lo hacía a la rama en la que estaba posado. Había visto, perplejo, como algunos humanos bajaban los brazos aceptando el fin, entregándose a un destino del que probablemente podrían escapar, pero malo o bueno, el pájaro siempre luchaba hasta el final. Aunque esta vez le haya dejado congelado pero, desde luego, sin sabor a derrota.

 

 

Marcelo

Se trataba de un tipo normal. Mediana edad, moreno, 1’70. Vamos, un tío que pasaba desapercibido allá por donde fuera. Estaba fogueado en al vida.

Un día cometió un pecado y no tuvo que ir a confesarse.

En menos que canta un gallo, se presentó en su casa todo el obispado de su región y lo metieron en un monasterio. De vez en cuando, le cambian de sitio para que no pueda ver a su familia y la penitencia le haga más efecto.

Todavía se le ve por un monasterio de Castilla y, de la manera que se le ve, parece que de lo único que no tiene ganas es de rendirse.

 

 

Mario

Sobrevive

La variedad de peces estaba desapareciendo hasta quedar el pez martillo, que resultó ser el más fuerte. Este vio desaparecer al resto de los peces y renacuajos. Contra todo pronóstico resistió, se aferró a la vida y rogó a dioses y a la naturaleza que enviasen lluvia, porque no tenía fuerzas para rendirse y su interés era dar continuidad a su especie en esta laguna. Vino la lluvia, la población acuática se normalizó y el pez martillo dejó el trikini de la supervivencia en la orilla para siempre.

 

 

Rayman

Un mal trago del pasado

En su infancia tuvo que ver y sentir las injusticias que reinaban en su casa por los castigos absurdos de su madre y tío, que por el hecho de haber comido de más, cerraron la nevera con un candado.

Las palizas por parte de él, por no aceptarle como padre, que siempre intentó ejercer de mejor pero nunca fue aceptado como tal. Por este motivo, mostró su ira hacia él, hacia el hijo de su hermano que engañó con su mujer. El chico no tenía el físico ni la mentalidad para enfrentarse, pero sí la misma sangre que su padre para aguantar eso y más. Solo pensaba que ya llegaría el fin de esta pesadilla y se decía: “no, no tengo fuerzas para rendirme, aún no...”

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