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Redacción
Jueves, 15 de febrero de 2018
Historias inconclusas: la piel de las palabras

¿Supervivencia?

Noticia clasificada en: David

Aunque la médica no le hablaba con claridad, intuía que su estancia en el Módulo de Enfermería iba para largo. Su relación con doña Lourdes era cordial, incluso de confianza, pero a esta mujer le costaba mirarle a los ojos cuando entre ellos se interponía no ya un pronóstico incierto, sino simplemente la posibilidad del dolor.

 

Cuando habló por teléfono con Elvira, su mujer, le pidió que en la próxima visita le trajera la caja que guardaba con todas las cartas que se habían escrito desde jóvenes, cuando se conocieron. Seguridad lo había aprobado, lo que no siempre ocurría; hacer una petición en esta prisión era como lanzar una piedra sobre la superficie del agua, un juego imprevisible.

 

Veinte días después la caja le miraba fijamente desde la mesa de la celda. No era grande porque no eran muchas las cartas, aunque tampoco pocas: su relación con Elvira había sido más de manos que de palabras, y éstas más en voz alta que escritas en un papel. Pero desde que hacía nueve años había ingresado en prisión, habían sido más numerosas. Había pensado volver a leerlas despacio porque quería escribir algo para entregar a Palabras Menores cuando volviera a la UTE. No sabía todavía qué, pero estaba seguro que surgiría en algún momento al abrir cualquiera de los sobres o al saltar de un renglón a otro de cualquiera de las cuartillas.

 

Una semana después ya había leído más de la mitad. Lo hacía siempre a la misma hora, siguiendo un pequeño rito de soledad, pausas y gestos. A veces anotaba algo en un cuaderno. Una palabra -noche-, un sentimiento -enfado-, una frase -el niño necesita verte, pero nunca estás-... Veinte días después había terminado.

 

Buscando alguna idea sobre la que escribir escondida en lo profundo y oscuro, en algún momento reparó en algo trivial, algo evidente que en todo momento había estado delante de sus narices. Suele ocurrir. A menudo viajamos lejos, o revolvemos en el fondo del cajón, o regresamos al principio de los mundos... cuando lo que buscamos está aquí mismo, mirándonos fijamente a los ojos, casi diciéndonos: “¡Eh! ¿es que no me ves, tontorrón?”.

 

Reparó en su letra. Sí, en su letra. En su manera de escribir. Eso fue lo que pasó.

 

Reabrió la primera carta y, haciendo caso omiso de sus palabras (camión) y sus significados (vehículo de cuatro o más ruedas que se usa para transportar grandes cargas), observó solo los rasgos que las expresaban, que le expresaban a él a través de ellos. Y luego abrió otra posterior. Y más tarde otra. Y otra... Abrumado, cerró la caja y dejó pasar los días como el restaurador deja que el decapante actúe sobre la madera.

 

Dos semanas después sintió nítidamente que la letra, su letra, los rasgos que trazaba su mano, era la piel de la palabra, de sus palabras. 

 

Extendió sobre la mesa distintas cuartillas de distintos años y pudo ver con claridad cómo, al igual que su piel, también su letra había envejecido con el paso del tiempo. Y que al rasgo de la ‘a’ le había salido una arruga notoria, y en la frase ‘un beso’ se podía ver, a partir de la carta del 14 de mayo de 2002, una cicatriz. Notó cómo en la grafía de “yo” había una pequeña mancha que, con el paso del tiempo, iba creciendo -¿debería preocuparse?-. No faltaban las pecas aquí y allí, numerosas en la palabra ‘futuro’. Y pudo comprobar -¿cómo no se había dado cuenta hasta entonces?- que el encabezamiento ‘Querida Elvira’ había sufrido un eczema durante un tiempo, ya superado.

...

 

 

David

 

No pudo más y comenzó a llorar, algo que como quien dice se le había olvidado. Ni los golpes ni la enfermedad habían conseguido que derramase una lágrima. Mientras, observaba como caían sobre el papel distorsionando aquellas letras. Ya no era el mismo, aquel mundo le tenía sumido en una espiral de decadencia. Su humanidad se veía así difuminada.

 

Se lavó la cara bajo la luz del fluorescente. Mientras se miraba en el espejo se volvió a preguntar el porqué de su situación. Sintió que había perdido a su mujer, también a su hijo al que apenas conocía. Concibiendo una vida sin sentido, ¿para qué lucho por sobrevivir? ¿Acaso puede haber algo peor que morir en vida? Que tu mente sea como una celda, sentir y ver cómo tus seres queridos te van olvidando lentamente, no más que terminar sintiéndote como un ser inane.

 

¿Importa acaso lo que diga o haga? Ciertamente sintió que lo único que le interesaba a la sociedad era apartarlo, extirparlo como una espinilla. Finalmente concluyó que era una carga para su mujer, que no solo tenía que luchar por sobrevivir por su hijo, sino también por él. Fue entonces cuando su desesperación alcanzó su máximo y fue en aquel recuento cuando lo encontraron colgado en la ducha, junto a una carta a su querida esposa encabezada por un “lo siento”.

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