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Redacción
Jueves, 15 de febrero de 2018
Historias inconclusas: la piel de las palabras

Tiempo

Noticia clasificada en: El Gallén

Aunque la médica no le hablaba con claridad, intuía que su estancia en el Módulo de Enfermería iba para largo. Su relación con doña Lourdes era cordial, incluso de confianza, pero a esta mujer le costaba mirarle a los ojos cuando entre ellos se interponía no ya un pronóstico incierto, sino simplemente la posibilidad del dolor.

 

Cuando habló por teléfono con Elvira, su mujer, le pidió que en la próxima visita le trajera la caja que guardaba con todas las cartas que se habían escrito desde jóvenes, cuando se conocieron. Seguridad lo había aprobado, lo que no siempre ocurría; hacer una petición en esta prisión era como lanzar una piedra sobre la superficie del agua, un juego imprevisible.

 

Veinte días después la caja le miraba fijamente desde la mesa de la celda. No era grande porque no eran muchas las cartas, aunque tampoco pocas: su relación con Elvira había sido más de manos que de palabras, y éstas más en voz alta que escritas en un papel. Pero desde que hacía nueve años había ingresado en prisión, habían sido más numerosas. Había pensado volver a leerlas despacio porque quería escribir algo para entregar a Palabras Menores cuando volviera a la UTE. No sabía todavía qué, pero estaba seguro que surgiría en algún momento al abrir cualquiera de los sobres o al saltar de un renglón a otro de cualquiera de las cuartillas.

 

Una semana después ya había leído más de la mitad. Lo hacía siempre a la misma hora, siguiendo un pequeño rito de soledad, pausas y gestos. A veces anotaba algo en un cuaderno. Una palabra -noche-, un sentimiento -enfado-, una frase -el niño necesita verte, pero nunca estás-... Veinte días después había terminado.

 

Buscando alguna idea sobre la que escribir escondida en lo profundo y oscuro, en algún momento reparó en algo trivial, algo evidente que en todo momento había estado delante de sus narices. Suele ocurrir. A menudo viajamos lejos, o revolvemos en el fondo del cajón, o regresamos al principio de los mundos... cuando lo que buscamos está aquí mismo, mirándonos fijamente a los ojos, casi diciéndonos: “¡Eh! ¿es que no me ves, tontorrón?”.

 

Reparó en su letra. Sí, en su letra. En su manera de escribir. Eso fue lo que pasó.

 

Reabrió la primera carta y, haciendo caso omiso de sus palabras (camión) y sus significados (vehículo de cuatro o más ruedas que se usa para transportar grandes cargas), observó solo los rasgos que las expresaban, que le expresaban a él a través de ellos. Y luego abrió otra posterior. Y más tarde otra. Y otra... Abrumado, cerró la caja y dejó pasar los días como el restaurador deja que el decapante actúe sobre la madera.

 

Dos semanas después sintió nítidamente que la letra, su letra, los rasgos que trazaba su mano, era la piel de la palabra, de sus palabras. 

 

Extendió sobre la mesa distintas cuartillas de distintos años y pudo ver con claridad cómo, al igual que su piel, también su letra había envejecido con el paso del tiempo. Y que al rasgo de la ‘a’ le había salido una arruga notoria, y en la frase ‘un beso’ se podía ver, a partir de la carta del 14 de mayo de 2002, una cicatriz. Notó cómo en la grafía de “yo” había una pequeña mancha que, con el paso del tiempo, iba creciendo -¿debería preocuparse?-. No faltaban las pecas aquí y allí, numerosas en la palabra ‘futuro’. Y pudo comprobar -¿cómo no se había dado cuenta hasta entonces?- que el encabezamiento ‘Querida Elvira’ había sufrido un eczema durante un tiempo, ya superado.

...

 

 

El Gallén

 

Al “no sabes cuánto te extraño” le salió una fractura. Siempre que lo escribía se veía el temblor en el pulso y la melancolía que sentía al escribirla. A veces solía escribirle a Elvira: “tranquila, mi amor, este encierro no es eterno”. Al principio de la condena lo hacía en casi todas las cartas: fuerte, casi resaltado y con letra grande. Ahora poco se veía esa frase y cuando lo hacía era con letra casi desvanecida, como si el tiempo la estuviese desgastando.

 

Quizás era eso una señal de que la esperanza está perdida. Quizás ya no veía tan clara la salida. Quizás el tiempo le había golpeado tan duro que hasta el escribir le había cambiado.

 

Otra de las frases típicas era: “salúdame a Menganito y a Sustantito...”. Antes era muy usual, pero en las últimas ya lo era menos y se veía como si las letras fuesen piedras y la marea las hubiera desgastado. Ya no era lo mismo. Quizás pensaba que sus amigos ya se habían olvidado de él.

 

En las cartas de más o menos la mitad de la condena había preguntas como: “¿qué ha sido de la vida de Fulanito?” Se veía interés por cómo resaltaba con los signos de interrogación, grandes. Al ver que Elvira poco podía responderle de la vida de sus colegas, la pregunta se extinguió como los dinosaurios dejando solo sus fósiles inertes.

 

La única frase que crecía y siempre se mantuvo firme sin variar mucho fue: “¿cómo está el niño?” Como ese era el reflejo de su deseo de estar con su hijo, no se desvanecía ni variaba solo se hacía más grande.

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