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Redacción
Martes, 20 de febrero de 2018
Historias de mi historia

Duendes y princesas

Noticia clasificada en: Alberto García Historias de mi historia

Alberto García

 

 

 

EL LANDLORD

 

El landlord había echado a Elvis de su casa porque el landlord era racista y no le gustaba que Elvis, un señor moreno de Islas Mauricio, viviera allí. Eso fue lo que me dijo Osama sobre todo aquel tema chungo que nos atañía a todos ahora.

 

Como éramos buenos amigos de Elvis, los chicos y yo abandonamos en masa aquella vivienda de aquel cerdo racista con lo que ahora tendríamos que buscarnos un hogar nuevo y disgregarnos como grupo, pues no iba a ser fácil encontrar una casa donde vivir los cinco amigos. Lo malo de la historia es que yo me tomo las cosas demasiado a la tremenda, y quise hacerle una pequeña putada al señor de la casa. Nunca calculé, de hecho, el verdadero daño que estaba infligiendo al landlord, así como a toda la comunidad de Avilla Street.

 

Les contaré que una noche, probablemente algo afectado por los canutos que en aquellos días yo me fumaba, junto con el calor mental de la cerveza y de todo lo anteriormente acontecido, me dirigí al número 5 de Avilla, que era el que había sido nuestro hogar hasta aquellos días, y golpeé bruscamente la cerradura de la puerta de aquella casa con dos patadas hasta que la reventé. No contento con la gracia que acababa de hacer, lo siguiente fue subir las escaleras y quedarme a pernoctar allí… en la misma cama del tío Elvis.

 

A la mañana siguiente, algún ruidillo o expresión me despertó de improviso...y, ¡¿quién sino iba a ser el que irrumpió en semejante escena surrealista que el propio guardián de su casa!? Me gané un buen tirón de orejas y algo más, probablemente, de no haber sido porque me dí a la fuga, con mi violín roto de la mano, a toda carrera, a ocultarme de semejante sinvergonzonería propia, tal vez…y de aquel tétrico landlord también.

 

 

Me habían dicho que aquella era una ciudad peligrosa, por lo que robé un gancho de acero de la cocina donde trabajaba y lo llevaba conmigo cada vez que salía.

 

EL GARFIO

 

Me encontraba en un pub de Limerick tomando unas pintas cuando observé que detrás de mí había un tipo al que parecía extrañarle algo de mi persona.

- ¿Se encuentra bien?-, le pregunté.

- ¡El garfio...!, ¡el garfio…! ¡No puedes llevar algo tan peligroso aquí dentro!

El tipo en cuestión era el encargado de la seguridad del bar, y algo impactado me pidió cortésmente que se lo entregara. Yo, por supuesto, se lo di, pero le pedí que me lo entregara a la mañana siguiente.

 

Estuve a la mañana siguiente por aquel lugar. Ni que decir tiene que no pasé a recoger el ya famoso garfio.

 

 

LA VENGANZA

 

En aquellos días concretos yo odiaba a mi jefe, el señor Flavin. Éste se había comprado un flamante Rover de color azul cielo y yo iba a ser el que reconvirtiera esta preciosa carrocería en algo realmente cochambroso. Para ello pensé en usar un bidón de ácido sulfúrico que había visto en los pasillos del hotel.

 

Una de aquellas tardes robé siniestramente aquel bidón de ácido con aquel fin… pero como en el fondo no soy tan malvado como haya podido parecerles, acabé arrojando los cinco litros de ácido sulfúrico sobre un molesto hormiguero que había a la puerta de mi casa. Ya ven… ¡¡no somos nada!!

 

 

BABEL

 

Rugían las batidoras, había charcos de las ensaladas, el bullicio y las carreras eran la tónica dominante… Esa noche había que dar gusto a 180 comensales (a aquello lo llamábamos función) y se mascaba la prisa. No obstante, todo este aparente clima de nervios y estrés estaba en realidad calculado a medida y todo se hallaba ya precisamente controlado por la incombustible persona del señor O’ Neal, el director de nuestro hotel.

 

El señor O’ Neal dirigía aquel simpático y bullicioso Babel que era el Hotel Castletroy, donde todos hablábamos lenguas distintas y teníamos una función asignada. Era la de llegar al cielo de Limerick una noche más, mientras el gran Dios de aquel Babel civilizado y constructivo, que era el director de nuestro hotel, velaba porque todo fuera bien, sin temor a que conquistáramos un cielo que era para todos.

 

 

SOBRE LA HOSPITALIDAD DE LOS IRLANDESES

 

Andaba paseando una de aquellas últimas mañanas de Dublín del verano del año 2000 cuando una princesilla de unos 15 años se acercó a mí y me preguntó qué hacía allí. Le respondí cordialmente que había ido a Irlanda a trabajar y a encontrar un nuevo horizonte, y que dentro de pocos días tendría que regresar de nuevo a España.

 

Ella, sin conocerme más que de aquel precioso instante, me dijo algo que toda la vida tendré grabado en mi corazón:

- No te vayas

- ¿Por qué?-, le pregunté.

- Te echaré de menos.

 

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