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Redacción
Lunes, 26 de febrero de 2018
El último film

Je suis Edith Piaf, el gorrión de París

Noticia clasificada en: Graciela Mantiñan

Graciela Mantiñan

 

 

 

Nací en la calle, mi madre siempre ebria no alcanzó a llegar al hospital. Mi papá, que era acróbata, me dejó con mi abuela que regenteaba un prostíbulo. A los trece años ya cantaba sola y vagabunda en los barrios pobres, a los diecisiete tuve una hija que murió dos años después. Se cuenta que debí pagar su entierro con una noche de sexo.

 

Mi época fue la de Cocteau, Sartre y Chagall. Le dí mi voz al sentir de los franceses y mis canciones crearon una ruta que fue también el sendero de mi vida.

 

Pobre, fea y esmirriada, entré en el cine en 1936 con el film Las muchachas de la campana. Escribí “La vie en rose" para la película "Estrellas sin luz" que hice con Ives Montand. ¿Te acordás? Cuando él me toma en sus brazos / me habla en voz baja / yo veo la vida color de rosa.

 

En realidad filmé muchas películas: Mario Monichelli me digirió en "Al diávolo la celebritá", Sacha Guitry en "Si Versalles me contara", Jean Renoir en "French cancan", que era la historia de la creación del Moulin Rouge. Ahí trabajé con María Félix y Jean Gabin. París estaba siempre en el título de mis películas: “París chante toujours”, “Montmatre sur seine”, “Boum sur Paris”. París era yo.

 

Amé desesperadamente a Marcel Sardan, un campeón de boxeo que murió en un accidente automovilístico. Ese idilio me inspiró “Himno al amor” que dice: “Negaría a mi patria / negaría a mis amigos / Se pueden reír de mí / yo haría no importa qué / si tú me lo pidieras”. L´amour, l´amour

 

Corría 1950, ya era famosa, cuando tuve un accidente de tráfico que introdujo la morfina en mi vida. A partir de ahí el alcohol y las drogas me acompañarían siempre. Cinco años después me presenté en el Olympia de París, esa catedral de la música. Allí canté escenas de la vida parisina.  En “Los amantes de un día” narraba una historia hermosa: “Llegan tomados de la mano / Con aire maravillado / Dos querubines llevando el sol / Piden con voz tranquila un techo para amarse”.

 

Creo que encontré un sombrío anticipo en “Milord”, la canción de Georges Moustaki que estrené en 1958. ”Te conozco señor / Tú no me viste jamás / Solo soy una chica del puerto / una sombra de la calle”. Ya estaba muy enferma cuando canté “Non, je ne regrette rien". “No lamento nada / Ni el bien que se ha hecho ni el mal / Todo me es igual”. Una confesión, ¿no?

 

Se hicieron muchas películas y obras de teatro  inspiradas en mi vida, pero sabés, esto es de película.

 

En 1920, los obreros parisinos, que era tan pobres como yo, me bautizaron "Môme Piaf". En el argot francés môme es muchacha y piaf es pájaro. Un año antes de mi muerte, en 1962, cuando se estrenó la película “El día más largo de la historia", que narra la liberación de Francia durante la segunda guerra mundial, yo canté desde la cima de la Torre Eiffel. Yo, la Môme Piaf, el gorrión de París. Au revoir.

 

THE END

 

 

 

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