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Redacción
Miércoles, 7 de marzo de 2018
Historias de mi historia

El túmulo

Noticia clasificada en: Alberto García Historias de mi historia

Alberto García

 

Solía pasar muy a menudo por delante de aquel túmulo.

 

Mi pasión por la cultura de los antiguos hombres que enseñaron a nuestros más viejos ancestros, como fueron los druidas, era tal que aquella tarde se me ocurrió, como una idea que sale a flote del fluido negro. Lo estuve masticando unas cuantas noches... ¡Cuántos rituales paganos de tipo ancestral no se habrían llevado a cabo en lo alto de aquel túmulo! Mi primera curiosidad se fue tornando en verdadera inquietud, y mi inquietud a su vez en obsesiva impaciencia en la que está sumergida la extravagante asociación de aquel pequeño montículo con algún tipo de celebración de los mismos druidas.

 

Una noche de aquel agonizante invierno, en la que el cielo estaba cargado de tempestuosas fuerzas y energías de alguno de esos tipos que sólo los animales podemos percibir, decidí salir al encuentro de los magos de aquel otro tiempo, de aquella dimensión paralela oscurecida por los siglos. Por fin me encontraba allí mismo, escondido bajo la sola mirada de la luna loca, ante lo que allí iba de facto a acontecerme.

 

Sin duda, sé que no van a creerme, pero como venidos de algún infierno del más allá, allí surgieron, bailando en el aire, los espectros de aquellos druidas enfurecidos de sí mismos, como si éstos estuviesen en un macabro trance de pociones del muérdago o de algún otro brebaje. Gritaban con tal intensidad sacrílegos versos indescifrables para mí, que si no fuera porque me hallaba completamente solo allí, me habría imaginado sorprendido por una muchedumbre asustada de aquellas voces. Pero allí estaba sólo yo. Pude salir huyendo despavorido y sin color de aquellos fantasmas en trance, pero me costó varias semanas olvidarme de aquella sensación de miedo y sorpresa, aunque al mismo tiempo aquello me había supuesto sin duda un hallazgo.

 

Pasó algún tiempo lógico de aquello antes de que mi enferma curiosidad me llevara de nuevo a visitar el mágico círculo de energías que parecían escapar de aquellas tormentosas orgías de los druidas. Esa noche tomé unos buenos tragos de ron añejo antes de poder acercarme al túmulo… pero allí estaba finalmente. 

 

No pude ver nada en un principio, ni siquiera pude ver nada nunca más. Lo que sí les aseguro que me estremeció hasta helar mi entonces más que fría sangre, fue el horrendo grito que, sin aparente procedencia escuché. Uno y otro demencial alarido tras otro, que parecía aquello componer un todo, la sinfonía de unos sonidos o cánticos macabros, como si de algún tipo de lenguaje primigenio se tratase y yo estuviera siendo testigo de algún ritual de magia negra o antiquísima brujería.

 

Escapé de nuevo como pude de aquella apocalíptica sinfonía de lo sobrenatural, con la lógica duda de saber si realmente era yo y sólo yo quien había perdido el juicio, para lo que tuve entonces que decidir atreverme a demostrarme a mí mismo que todo aquello no había podido suceder.

 

Escogí una de esas noches con una gran luna llena en lo alto para que todo pudiera suceder, y para que todo aquello que tuviera que pasar estuviera perfectamente alumbrado por la mágica luz de una única testigo: mi vieja amiga luna. Me armé de valor y no, aquella noche no probé el alcohol, ni siquiera quise sentirme sugestionado. Allí estaba de nuevo, como un viejo conocido de las escenas que allí se daban cita… pero, créanme, aquella noche estuvimos tan solo el túmulo y yo.

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