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Redacción
Lunes, 12 de marzo de 2018
Relatos micropresos

Cásate conmigo

Noticia clasificada en: Alfil Negro Dancer David El Gallén Frosty Mario

La condición para elaborar este microrrelato era que la frase no podría utilizarse en una historia de amor.

Frosty

Compromiso a la fuga

El recuerdo de días mejores se desvanecía entre vasos de whisky barato. El camarero, disimulando, intentaba no mirarle mientras limpiaba la barra del pequeño bar instalado al fondo del último vagón. El tren, de larga distancia, se dirigía a los Alpes Suizos o tal vez a las playas de Normandía. Desde luego, ¡qué le importaba ya el destino! Destino, maldita palabra que solo le dejaba el vacío de todo aquello que no fue capaz de ser.

A estas alturas, ya no le preocupaban norte, sur, playa o montaña. Solo quería ir lejos, lo más lejos, donde el pasado se pueda borrar. El cristal de la ventana fue testigo de cómo se despedía de la última estación que, a ritmo lento, el tren dejaba atrás. Observó un sinfín de grafitis, algunos demasiado raros para entenderlos, y al final del lienzo en el que se había convertido el muro de la estación leyó en letras góticas rojas delineadas en negro: “cásate conmigo”. 

“¿Cásate conmigo? Pero, ¿quién escribe en español en este país?”, se preguntó. Se le encendió una pequeña risa incontrolable. El camarero, extrañado, levantó la vista haciéndole el gesto de ponerle otra ronda pero él, entre risas, le dijo que así estaba bien. Se levantó del taburete mientras sacaba un billete de su bolsillo. Tras dejarlo encima de la barra, dando por entendido que no quería las vueltas, se dirigió despacio de vuelta a su asiento sabiendo que el sarcasmo, esta vez, sería su fiel compañero.

 

 

Alfil Negro

El ermitaño

Quería ver a su amada con toda su hermosura: ella solo se vestía de gala una vez al mes. 

Llegó puntual a la cita, allí le esperaría. Toda la vida enamorado sin ser correspondido. A ella le gustaba coquetear con las nubes, su innato acné en la cara le daba un toque singular y un misterioso lado oscuro. A él su plenitud le hacía enloquecer. Rogaba que no lloviera pues ella no salía las noches de agua y niebla.

Cuando apareció, él le susurró: “cásate conmigo”.

Y aquí acaba la historia del ermitaño enamorado de la luna.

 

 

Mario

Los charros

Dos charros mexicanos llegan cansados del viaje desde las montañas al distrito capital, Ciudad de México, en busca de nuevas oportunidades. Quieren, sobre todo, conocer. Su forma de vestir, de hablar e incluso de andar llaman la atención de la población citadina. Llevan pantalones y chaqueta con tiras, botas con espuelas y un sombrero original charro. 

Siguen andando sin destino cuando uno de ellos dice, en su forma particular de hablar: “¡oye compa!, ¿aquí donde traga la gente?" En eso apareció un vecino que les indicó un restaurante. Los charros buscaron y encontraron uno que tenía un cartel colgado: “Restaurante La Rima, donde se le atiende con estima”. Sintieron alivio por haber encontrado este sitio que les servirá de descanso y donde saciarán el hambre que tenían. Al entrar, pasando la primera puerta y antes de llegar al mostrador en el pasillo principal, a dos metros y medio de altura estaba una lora que había aprendido a decir: “si quieres comer gratis, cásate conmigo”. Uno de los charros respondió con prontitud: “¡Yoo!”, el otro dijo “a sorteo”. La lora se asustó y revoloteó golpeándoles con las alas. Cagó a uno en el hombro y se fue.

 

 

El Gallén

¿Y mis nietos?

Pedro ve en la tele programas que siempre hablan de la vida en pareja: “First Dates”, “Casados a primera vista”, “Desnúdame” o “Menuda pareja”. Siempre son personas que viven con su pareja o buscan una. Sin embargo, a él nunca se le ha pasado por la cabeza decirle a alguien “cásate conmigo”. Ha tenido muchas parejas, pero no ha dado ese paso. A veces, cuando ve la tele, piensa que es un caso perdido.

Su vida gira en torno a su trabajo. Es animador de fiestas, barman y acompañante de chicas solitarias. Es un hombre de 1’80, cabello negro, ojos claros y de complexión atlética. A Pedro no le obsesiona la idea de tener pareja, le basta con tener con quién divertirse de noche. Sus amigos envidian su modo de vida, ya que nunca está sin dinero y siempre tiene buen aspecto. No tiene que ceñirse a las normas que pueda tener una pareja: siempre hace lo que quiere.

Un día va a visitar a su mamá y esta le dice: “Pedrito, ¿para cuando mis nietos?”. Doña Cecilia, con 58 años, solo le tiene a él y vive sola después de haber quedado viuda. De ahí viene su idea de los nietos. Él siempre le responde: “yo estoy bien sin hijos, la monogamia no es para mi”.

 

 

Dancer

Papeles con dueño

Dos buenos amigos inseparables: él español y él brasileño. Siempre con miedo a la policía. Quería vivir tranquilo, sosegado, pasear por las calles en paz, tener un hogar y un trabajo digno. Como se dice: vivir el sueño español.

Y así pasó: “yo os declaro pareja de hecho”.

“Gracias amigo, sé que te has casado conmigo aunque no sea de verdad. Por fin podré construir una nueva vida desde abajo con osadía y con independencia. Respirar con libertad”.

 

 

David

Esperanza de África

Hacía más de un año que había cruzado el estrecho con la esperanza de alcanzar una meta en su vida. Poder trabajar y tener un hogar digno.

Huyendo continuamente de la policía y lavando su ropa en cualquier fuente del camino, solo portaba un hatillo como un mendigo para llevar un par de mudas limpias, un pantalón largo y otra camisa. A parte, llevaba lo que encontraba para comer por el camino: unos días eran uvas, otros alguien le daba una barra de pan.

Así continuaba el camino. “Señor, ¿tiene trabajo?”, y casi siempre la misma respuesta. 

- ¿Tienes papeles?

- No, señor. Yo venir África.

Un día, su camino se detuvo. Ya no tenía fuerzas ni ganas de vivir. Allí, en un pueblo inhóspito encontró a una mujer que le acogió. No vivía más que en una pequeña chabola. La mujer escuchó los relatos de su vida y pensó durante toda la noche. A la mañana siguiente, preparó el mejor desayuno que se podía permitir y despertó al hombre. Este se preguntaba cuál era el motivo de tan suculento banquete y ella le dijo sin vacilar: “cásate conmigo, ambos podremos cumplir nuestros sueños”.

 

¿Te quieres casar conmigo?

Estaba a punto de acabar sus largas vacaciones en aquel lugar paradisiaco cuando comenzó a mustiarse como si fuese una flor. Aquel hombre moreno le miraba y le preguntó el porqué, si se iba porque era el fin de su relación. Ella le dijo que él no podía entenderlo, que su vida era muy complicada.

El hombre, firme como un roble, le dijo: “pues si es tan complicada, olvídate de ella, quédate aquí conmigo”. Ella levantó la cabeza y de su rostro prendían las lágrimas que estallaban contra el suelo. “Tú no lo entiendes”. “Sí, sí que lo entiendo ––respondió–– hay otro. Pero tú eres feliz aquí. Cásate conmigo”. Ella no supo responder.

Al día siguiente, aquel hombre despertó solo.

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