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Redacción
Lunes, 12 de marzo de 2018
Relatos micropresos

Al final del camino

Alfil Negro

El lepero

El chivato de la gasolina indicaba que llegaba a la reserva y el GPS no encontraba las coordenadas del caserío. Aniceto se maldecía por no haber cogido la autopista de pago. Llovía más que en el entierro de Zafra y la orografía de la Euskadi profunda no invitaba a descuidos.

Después de 30 kilómetros, su vetusto Simca 1000 dijo basta y se paró en seco. Aniceto se bajó del coche, abrió el maletero y sacó una linterna. La accionó y se adentró en la curva. Sabía que no andaba lejos, pero estaba más perdido que un pulpo en un garaje. Enfocó el haz de luz y vio una vía rural que se diseccionaba en dos. Sacó una vieja peseta y se dijo: “¡hala! Cara o cruz”. Salió cruz y Aniceto eligió el tramo a la izquierda. Caminó 200 metros y, a lo lejos, divisó un caserío con luces en las ventanas y se volvió a decir: “ahí está, al final del camino”.

Aniceto tenía un compromiso desde hacía 40 años, los mismos desde que había acabado la mili, se había cruzado toda la península desde su Lepe natal. Se apresuró, vio la puerta abierta y entró. Allí al unísono todos sus compañeros empezaron a cantar: “porque es un muchacho excelente…” Seguido de un “¡hostias, Aniceto! ¡Cómo has cambiado! Si hasta te has quedado calvo”, exclamó Patxi, “y te querías perder la partida de mus”.

 

 

Marcelo

El desierto

En su camino se encontró con un desierto. No le cogió de sorpresa, llevaba tiempo viéndolo. Aprovechó para hidratarse y coger bien de fuerzas antes de iniciar su primer paso hacia su aventura. Comenzó con paso firme, pero cuando ya le temblaban las piernas, apareció un oasis. Se dirigió corriendo hacia él y aprovechó para coger fuerzas. Bebió de su fuente, comió los dátiles de la única palmera… Lo único que se llevó del oasis fueron recuerdos y un cuerpo más fuerte. En estos momentos, sigue caminando buscando llegar al final del camino.

 

 

Rayman

 -

Ha caminado a lo largo de su vida por senderos, cansándose, rindiéndose a medio camino, sin fuerzas para seguir adelante. Ese día lo volvió a intentar porque intuía que algo o alguien le estaba esperando. Comenzó a andar. Por momentos cerraba los ojos inhalando los aromas que se mezclaban entre sí, llenándose de vida. Miró hacia atrás, ya había sobrepasado el trazo donde sus fuerzas flaqueaban. Y, de repente, se dio cuenta que no había nada al final del camino. No se preguntó lo que había conseguido, pero aprendió que nada se comprende a no ser que se intente.

 

 

Dancer

Érase una vez un cuento que acabó después

La encontró llorando acurrucada a los pies de un viejo árbol. Estaba perdida, asustada, desorientada, sin saber dónde se encontraba. Él la consoló acariciándola el pelo y la invitó a que la siguiera. Ella le miró, le agarró la mano con confianza y así, juntos, caminaron el viaje hasta el final de su camino, donde se encontrarían con miles de obstáculos, bosques encantados y criaturas extrañas. Pero bueno, esa es otra historia que en otro momento deberá ser contada.

To be continued.

 

 

El Gallén

El paisaje

Un día en una aldea, le preguntó un sabio al niño más inquieto de la aldea:

– Juan, quiero que te pares a mi lado, mires hacia la montaña y me digas qué ves.

Juan se paró junto al sabio, miró hacia la montaña y le dijo:

– Un camino y una montaña.

Era un paisaje hermoso con un río entre ellos, la montaña y un bosque. El sabio le respondió:

– ¿Y qué crees que es más importante, la montaña o el camino?

Juan sin pensarlo le dijo:

– La montaña, pues sin ella no habría camino.

– Y si no hay camino, ¿cómo llegas a la montaña?-, le preguntó el sabio.

El niño se quedó en silencio.

– Pequeño Juan, tanto el camino como la montaña son importantes. Puedes elegir mal el camino y nunca llegarás a la montaña, también puedes elegir una montaña muy grande y nunca llegarás a su cima. Lo más importante es que, al final del camino, te sientas bien contigo mismo y con los tuyos y seas la montaña.

 

 

Mario

La muerte del lobo

De madrugada, el lobo hambriento salió a cazar y para sí decía: “qué preparado estoy para saltar desde aquí y atrapar a mi presa, sin alternativa a huir de estas garras poderosas”. Había pasado mucho tiempo y no había presa que pasara. El lobo, cansado e incómodo, casi colgado entre los arbustos, si se soltaba caería justo en el bebedero de las gacelas y sería el final del camino. En lugar de gacelas, llegó al bebedero una estampida de búfalos cuando el pobre lobo cayó en medio del agua. Y pereció pisoteado, y se lo comieron los buitres.

 

 

 

David

La vida

Irás y volverás, abrirás cientos de puertas, subirás y bajarás montañas, cruzarás ríos. Te sentarás en al misma piedra infinidad de veces mirando al horizonte. Soñarás con el futuro y partes del pasado en tu conciencia pesarán. Mirarás al cielo estrellado, solo y acompañado, rogarás y amarás, te bañarás en el mismo mar. Pero solo al final del camino, amarás la vida que dejas atrás.

 

Te esperaré

Nos reencontraremos al final del camino, allí donde los problemas no llegan. Donde ese futuro que nos aguarda nos da una tregua solo para volver a respirar. Aún queda mucho por andar, por eso no desesperes; te llevo en la mochila de mis recuerdos. Pasarán días y meses, y en medio de la oscuridad de la noche le susurro al viento con la esperanza de que mis palabras a tus oídos lleguen. Y seguiré caminando mientras sueño despierto que, al final del camino, estés ahí, esperándome, para abrazarte y contarte, y que tú me cuentes.

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