Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
María Herrero
Lunes, 19 de marzo de 2018
El CEIP Miguel Íscar organiza unas puertas abiertas para conocer el centro y sus profesores

La fuerza para derribar barreras

Noticia clasificada en: María Herrero

María Herrero

 

 

En el CEIP Miguel Íscar hay 12 niños por aula y cada clase tiene dos profesores. Trabajan con las nuevas tecnologías, aprenden por proyectos y sus clases están agrupadas: dos unidades de infantil y tres unidades de primaria: 1º por un lado, 2º, 3º, y 4º juntos; y 5º y 6º. Cursos que terminan bien preparados para poder ir al instituto. Tiene docentes para atenciones especiales y muchas actividades con su entorno. Pero está en Barrio España.

 

La pasada semana el colegio organizó una jornada de puertas abiertas para dar a conocer sus instalaciones y sus “recursos humanos”, e incentivar las matriculaciones que comenzaron el pasado martes; actualmente hay 40 niños y niñas matriculados en el colegio. Juan Ignacio Diazdegeras es el director de este centro desde el pasado mes de septiembre y, junto al resto de la comunidad educativa, trabaja para “derribar la barrera que supone decir CEIP Miguel Íscar. El centro tiene un nombre que va anexionado a ciertos prejuicios”, explica. Las jornadas no fueron multitudinarias, pero sí recibieron la visita de varias familias del entorno, sobre todo de los que llevan a sus hijos a la Escuela Municipal El Globo, cuyo patio comunica con el del colegio.

 

A la pregunta de cómo se educa en el Miguel Íscar, la respuesta inmediata serían las palabras atención y cuidado. Y proyectos, muchos proyectos. Así es el modo de aprendizaje en este centro que trabaja sin seguir el curso normal de las unidades didácticas de los libros de texto. “Los niños aplican los conocimientos de manera práctica. Anexionamos lengua, matemáticas, sociales, naturales, etc. para crear proyectos comunes que tengan un carácter manipulativo y que ellos tengan la posibilidad de enfrentarse a situaciones reales”, explica Juan Ignacio. Un ejemplo de ello es el pluviómetro que han construido en las inmediaciones del centro para tratar el clima. “Nuestro sistema de evaluación es por competencias y muy apoyado en las nuevas tecnologías”, comenta el director. El Miguel Íscar acaba de recibir una remesa de ordenadores convertibles que tocarán a casi uno por alumno y que les permitirán incorporar muchos programas nuevos a los que ya utilizan.

 

Juan Ignacio Diezdegeras, director del Miguel Íscar.

 

Asimismo, uno de los valores más importantes del colegio son las personas: todos los docentes y especialistas que acuden cada mañana al Miguel Íscar a trabajar con los niños y caminar con ellos en su aprendizaje. Personas que además creen en el proyecto de este colegio y su trabajo, además de en los recursos que tiene para conseguir la alta calidad. “Tenemos muy buenos profesores y podemos llegar de forma más individualizada a los alumnos dada nuestra baja ratio”, comenta Juan Ignacio. Una atención que se forja como una de las cualidades más destacadas del Miguel Íscar. Cada clase cuenta con un tutor y un profesor de apoyo y eso, teniendo en cuenta el número de alumnos, es prácticamente un lujo. Además, un especialista en Pedagogía Terapéutica y otra en Audición y Lenguaje están destinadas en el centro a jornada completa por lo que, cualquier niño con necesidades especiales recibe una atención más continua e individualizada.

 

Otro de los vértices clave del triángulo del colegio, formado también por el profesorado y el trabajo conjunto, es la inclusión. Este centro educativo está dentro de la Escuela Inclusiva, un programa cuyo pilar fundamental es la atención a la diversidad en las clases. Pero una diversidad entendida como las diferencias existentes entre todos los seres humanos. “Consiste en que somos personas diversas, tenemos diferentes motivaciones o sueños y tenemos que conseguir que, atendiendo a esos intereses, todos lleguemos a la misma meta”, explica el director. Se trata de una educación emocional y una atención fundamental basada en la heterogeneidad de gustos intereses, y también de problemas que se trata en las aulas.

 

Además, también están comenzando a integrarse de manera completa en la vida del barrio y utilizar todas las posibilidades que le ofrece. A parte de pertenecer al CEAS, también trabajan con algunas asociaciones que se quieren incorporar al día a día del centro, como Entrehuertos, con los que han hecho unos semilleros. Asimismo, quieren poner en marcha una radio escolar como “otra forma de trabajar la lengua”, dice el director, porque quieren el centro como un lugar abierto.

 

Los semilleros que han fabricado con Entre Huertos.

 

 

El lado del pasado

 

No obstante, y pese a toda la atención que puedan ofrecer, el colegio aún lucha contra el absentismo, el principal problema al que se enfrentan en la comunidad educativa pero que “se va suavizando desde hace dos años”, apunta Juan Ignacio. Muchas familias trabajan por temporadas en otros lugares y sus hijos no acuden al colegio. Para tratarlo cuentan, por un lado, con el trabajo de un Profesor Técnico de los Servicios a la Comunidad (PTSC) que, a parte de ayudar a las familias en las cumplimentación de becas o cuando tienen algún tipo de inconveniente, trabaja con ellas la concienciación: “en hacerles ver que la educación es importante y es el único camino para franquear las barreras culturales”, explica el director. Por otro lado, cuentan con un programa de “premios” para trabajar la motivación de los alumnos. “Cada cuatro semanas hacemos una excursión en el entorno: almorzamos, bailamos o hacemos juegos, y eso hay que ganárselo con buen comportamiento y asistencia”, explica Juan Ignacio. Se trata de un sistema que potencia el refuerzo positivo y la confianza con las familias que “nos ven como cercanos y así el centro cada vez cobra más importancia en la vida de todos”, añade.

 

Aún así, y con la evolución positiva del centro, todavía le cubre el aura de los problemas del pasado, diferentes circunstancias que situaron al Miguel Íscar en un punto difícil en la educación en el barrio y en Valladolid. “Intentamos derribar muchas barreras respecto a los prejuicios que existen en el colegio”, explica Juan Ignacio, cuando habla del centro como un lugar con mayoría de estudiantes de etnia gitana y añade que “muchas veces cuando alguien viene con una crítica, yo les pido una solución. Destruir es muy fácil, lo difícil es construir. Nos quejamos por el barrio, la calle o el centro, pero en vez de quedarte aquí a luchar por cambiarlo, te estás yendo”, comenta respecto a la movilidad de los niños del barrio a otros colegios más alejados de sus casas. El director apela a la complicidad y al empuje de todos para que el barrio y la comunidad educativa se dinamice. Y cuando habla de todos, también incluye a las familias. “La educación se divide entre formal e informal, y está última se imparte en casa. Un niño, da igual en qué colegio estudie, si no tiene continuidad en casa no va a llegar a nada”, argumenta, a lo que añade que “no he visto a ninguna familia gitana a la que no le importen sus hijos”.

 

Algunos de los alumnos en el patio del colegio.

 

Al final, los alumnos y alumnas son todos niños. Algunos ajenos a su entorno, ajenos al pasado, y muchos en situaciones complicadas que cada día enseñan nuevas lecciones a sus profesores.

palabras menores • Términos de usoMapa del sitio
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress