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Redacción
Miércoles, 18 de abril de 2018
Relatos micropresos

No deseo la verdad, sino una tregua

Noticia clasificada en: Alfil Negro Dancer El Gallén Rayman

El microrrelato, además de contener la frase “No deseo la verdad, sino una tregua”, debe recoger este poema de Isabel Bono. Pero no al tuntún, sino con un cierto sentido.

 

Fue entonces cuando el hombre alto

abrió una de las puertas. Dijo: “entra

y ve a por todas las cosas que pesen menos que tú”.

Y me deslicé como una hoja de afeitar

sobre los objetos que no tenían nombre.

 

 

Alfil Negro

Las tres puertas

El señor Winston no sabía donde estaba, lo último que recordaba era que al salir del garaje sintió un mareo. Ahora notaba que debía estar maniatado en algún lugar y que algo sobre su cabeza le impedía ver a su alrededor.

Un sonido familiar le indicó que una puerta se abría. Unos pasos se acercaron a él y, de repente, la capucha desapareció de su cabeza. Ante él, un hombre alto. El señor Winston preguntó:

- ¿Qué he hecho? ¿Qué es esto?

- No me haga preguntas, solo escuche -replicó el hombre alto. Seguidamente le dijo: - no deseo la verdad, sino una tregua. Tranquilo, no le lastimaré y perdone por el cloroformo que le puse para traerle hasta aquí.

El señor Winston estaba atónito. -¿De qué iba esto? -pensó. Qué broma macabra o qué juego era aquel. Quizás estaba durmiendo y era una pesadilla.

Fue entonces cuando el hombre alto abrió una de las puertas y dijo:

E ntra y ve a por todas las cosas que pesen menos que tú.

Y se deslizó como una hoja de afeitar sobre los objetos que no tenían nombre. El señor Winston miró y vio su caja fuerte en la que guardaba todo su dinero, lingotes de oro y joyas. Intentó poner la combinación. Entonces, el hombre soltó una carcajada y dijo:

- ¿Creía que no la iba a cambiar? Tendrás que cargar con ella.

El señor Winston comprendió que pesaba más que él, entonces salió y observó las dos puertas restantes. Entró en una de ellas y vio a una bella mujer de más o menos 1’80 metros, exuberante, guapa y con melena hasta la cintura. Le preguntó:

- ¿Cuánto pesas?

- 75 kilos- respondió.

- Qué pena -replicó. Yo peso 68.

De nuevo el hombre alto soltó otra risotada:

- ¡Ja, ja!, otra vez será.

Volvió a salir y miró a la última puerta. Sin dudarlo, pasó. Fijó su mirada al lúgubre suelo, pues miles de fotografías lo inundaban. Se agachó para observar alguna y pronto se escandalizó. ¿Cómo podía ser posible? ¿Qué broma macabra era esta? Eran su foto de bebé, su primera foto, las del colegio, la familia, la playa, el circo, las vacaciones, la nieve, la lluvia... Anduvo tres pasos, se agachó y cogió otro puñado: sus amigos, sus ex novias... Se levantó y le recorrió un sudor frío. Después fue a una esquina, repitió el proceso y el nuevo puñado de fotos le recordaban sus errores en la vida. Pero, ¿quién había hecho esas fotos? Nadie podía haberlo hecho.

Empezó a llorar, pasaron unos minutos y se fue hacia otra esquina de la habitación. Cogió una de las instantáneas y vio que era una tumba con su nombre y apellidos y la fecha de nacimiento, pero faltaba la fecha de defunción.

- ¡Que alguien pare esto! - exclamo el señor Winston.

Enfurecido, cogió un mechero del bolsillo y las empezó a quemar. De pronto, todo era una hoguera y el humo le hizo perder la consciencia. Gateó entre los restos y divisó una fotografía que se había salvado de la quema. Debía tener unos 15 por 10 centímetros. La cogió y, secándose los ojos, reconoció el mar Mediterráneo y la playa. Se reconocía a él mismo 25 años antes haciendo un castillo de arena junto a una bella sirenita. Se estremeció y, como un rayo, algo recorrió su ser. La besó un par de veces y se la apretó contra el pecho. Entonces, el hombre alto rompió el silencio:

- Ya has elegido el objeto, ya puedes marchar.

- Solo una cosa, hombre alto - respondió el señor Winston - ¿quién eres?

- Qué más da, el juego ha acabado.

El señor Winston abandonó la habitación.

 

 

Dancer

Vive

Con una nota escrita y un “lo siento” como despedida fue lo último que se supo de él desde que desapareció de su vida. Noche tras noche apretaba la cabeza contra la almohada para dar tregua al relampagueante herir de sus pensamientos.

Ya no deseaba la verdad, simplemente poder olvidar. Una mañana se levantó y decidió no vivir más en el dolor. Salió a la calle, miró lejos y respiró profundo. Se dio cuenta de que una nueva vida la esperaba. Hoy al fin supo que vivir y mirar hacia adelante era lo más hermoso que tenía en ese momento.

 

 

El Gallén

Soldado raso

Un día se levantó, se afeitó y se arregló para la revista diaria. Eran las seis de la mañana y todos sus compañeros estaban haciendo lo mismo en silencio. Nadie quería decir nada debido a lo sucedido el día anterior. Tal era el silencio que, cuando el coronel se acercaba con su séquito sus pasos se oían muy claramente.

El coronel Duarte entró. Era un hombre enjuto como un boxeador peso pluma, de piel blanca, mucha ceja y famoso por ser el de peor carácter del cuartel. Todos estaban bien acicalados, afeitados, botas pulidas, hebillas pulidas y las camas hechas, pero a un soldado le falta un botón de la camisa. El coronel le vio, le hizo dar un paso al frente y después dijo:

- Romero, paso al frente.

Él se puso pálido y el coronel empezó a bramarle al oído:

- Soldado, es usted un gilipollas. Por su ocurrencia de ayer, hemos perdido el combustible para la calefacción.

En ese momento, el coronel se giró y le dijo a su séquito:

- Ya saben qué hacer con él.

Romero esperaba un castigo trabajoso, pero cuando el teniente se le acercó y le puso las esposas se le derrumbó el mundo. Todos los demás se quedaron atónitos. Acto seguido le sacaron y le llevaron al “hueco”. Había oído hablar del lugar, pero jamás imaginó que llegaría a estar allí.

El “hueco” era una mazmorra situada en un viejo almacén de provisiones donde llevaban a los soldados más rebeldes y, o les sacaban la verdad, o les doblegaban el carácter. Romero era un buen soldad y se había metido en esa situación por haber defendido a un compañero de unos abusones cuando le quitaron el camuflado nuevo y se lo cambiaron por uno viejo. Los abusones decidieron vengarse derramando todo el combustible en la nave del almacén donde Romero era el encargado, para que así lo sancionaran.

Después de tres días en el “hueco” con el agua hasta las rodillas, un banco minúsculo que solo servía para sentarse y un olor a orina y a estiércol que se pegaba al cuerpo en minutos, Romero estaba agotado. Le dolía todo el cuerpo y el asco le impedía pensar en el hambre que tenía. Empezó el interrogatorio. El teniente Suárez era amigo suyo, pero no podía más que observar el interrogatorio. El coronel mismo dejó de ocuparse para venir. La primera pregunta fue:

- ¿Quién cerró el almacén ayer por la tarde?

- Fui yo, mi coronel -dijo Romero.

- ¿Todo estaba en orden? -prosiguió el coronel.

- Sí, señor. Contado tres veces y verificado

- Y, ¿por qué aparecieron 200 galones de combustible regados en el almacén?

- No lo sé, mi coronel, yo verifiqué los tanques y estaban bien -respondió Romero.

- ¿Tiene usted problemas con algún soldado? -le preguntó.

Romero se quedó en silencio y empezó a recordar lo que le hicieron al último que se chivó y respondió:

- No, señor.

El coronel concluyó y dio la orden de que lo dejaran en el hueco una semana. Cuando salió el coronel, el teniente Suárez le dio una botella de agua y le dijo que le enviaría comida.

Pasada la semana le subieron al cuartel y le ordenaron que se duchara. Después le llevaron a una habitación pequeña y le dijeron que se sentara. Después de unos minutos entró el coronel y le dijo:

- Quiere usted la verdad o prefiere el “hueco”.

Romero le respondió:

- No deseo la verdad, sino una tregua.

El coronel Duarte se alteró y le empezó a gritar:

- ¡¿Cree usted que el ejército es un juego de niños?! Ya va a saber usted.

Le ordenó al hombre sin uniforme alto y musculoso que se encargara de él. El hombre se llevó a Romero por un pasillo mientras le iba diciendo que le iban a trasladar. Fue entonces cuando el hombre alto abrió una de las puertas y dijo:

- Entra y ve a por todas las cosas que pesen menos que tú.

Y se deslizó como una hoja de afeitar sobre los objetos que no tenían nombre. Era su dotación nueva para el traslado.

No sabía a dónde iba ni por cuánto tiempo. Solo sabía que debía escoger dotación y guardar silencio.

 

 

Rayman

-

Subido en los escenarios, alimentándose de la música, dejándose la piel en cada actuación. Eso era su vida: había nacido para cantar. Todo cambió aquel día, cuando un terror y un miedo oscuro le inundaron el cuerpo dejándolo en estado de shock. No deseaba saber qué le pasaba en verdad, simplemente necesitaba una tregua. Había escuchado eso del miedo escénico y le angustiaba pensar que le estaría pasando a él. Se tomó unos segundos, miró hacia el escenario, observó al público y se dijo a sí mismo: “the show must go on” (“el espectáculo debe continuar”).

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