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Redacción
Viernes, 20 de abril de 2018
Corazonadas de la India

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Noticia clasificada en: Corazonadas de la India Marina Escudero

Marina Escudero

 

 

 

Pablo no era ningún héroe. Acababa de terminar la carrera de Educación Social y hacía cinco meses que había vuelto a Herrera de Pisuerga, el pueblo al que familiarmente siempre estuvo arraigado. Tras abandonar el piso de la calle Huelgas donde había bebido durante los cinco años de carrera en Valladolid, se enfrentaba al duro golpe de realidad del "¿y ahora qué?"

 

Se cansó de trabajos precarios, de las broncas diarias con sus padres, de lo vacío que le resultaba aquel pueblo al que siempre le había encantado volver y de la presión constante del “necesitas un futuro estable”. Guardó algo de equipaje en una mochila y tras una fiesta de despedida con sus amigos, se marchó. “Allá va el aventurero”, “qué disgusto tiene que tener su madre”, “sabe Dios cuándo y cómo volverá”, “se marcha a África, China o un país de esos”, “no, se va a India a bailar en la selva y a hacer yoga en la playa”, murmuraban los vecinos de la localidad palentina, que se revolucionó aquel día de la partida. Era 20 de febrero de 2017.

 

 

Pablo había decidido que hacía tiempo que naufragaba más que flotar y que le tocaba a él andar por nuevos caminos. Cayó durante algún tiempo en el tópico de “tengo que encontrarme a mí mismo” y compró un billete de ida para Nueva Delhi. A los diez minutos de bajar del avión supo que aquel viaje no tenía nada que ver con el que él había estado esperando.

 

Lo que iba a ser un mes recorriendo el subcontinente como un mochilero más, se convirtió en medio año en el que prácticamente no salió del estado de Bihar. Se despojó rápidamente del orgullo y la superioridad con la que el hombre blanco recorre venturoso los cinco continentes y se le cayó el muro de indiferencia entre quien lee la realidad y quien la vive. “No sé cómo explicarte. India es un país que no es un país, sino una forma de ser. Es increíble y terrible, pero estoy extrañamente a gusto aquí”.

 

 

Pero la debilidad, física y económica, le hicieron volver a finales de un caluroso agosto español, en el que el palentino no dejó ni un día de ponerse su chaquetilla al caer la tarde. Aunque no lo entendía, más que un héroe, Pablo parecía ser un semidios ante los ojos de sus vecinos. “Mira qué aspecto tiene, lo ha tenido que pasar fatal”, “dicen que ha salvado la vida de cientos de bebés negritos, que les daba de comer a diario y se encargaba de lavarles porque sus madres estaban muy malitas”, “pero que no son negros, que estaba en India y esos son más marroncitos”, “bueno, qué más da, todos son pobres”.

 

Sin quererlo, Pablo comenzó a ser el centro protagonista de fotografías y reportajes con los que la prensa local buscaba sofocar la sequía informativa del verano:

‘Pablo Ortega regresa tras su viaje por el mundo en el que ha salvado la vida de más de 70 niños desfavorecidos'

‘La solidaridad del joven palentino que sacrificó meses de su vida para ayudar a las familias pobres de India’

 

¿Sacrificio?¿salvar?¿yo?

 

Pablo se sentía en deuda. No sabía cómo encajar esas piezas en un puzzle mental que ahora se había quebrado por completo. Es cierto que no había tenido las comodidades diarias de su casa, su baño o su cama, pero tampoco las había necesitado. Se había sentido más vivo, útil y acompañado que en toda su vida. Y aunque había echado de menos, había aprendido que la solidaridad significa no dejar que tu vecino pase hambre, si tú tienes dos sardinas. Había recibido mucho más de lo que había dado, a un grado que no podía siquiera compararse.

 

 

Enseguida se cansó también del discurso de “tienen poco y lo dan todo”, “son tan pobres, pero nunca pierden la sonrisa”. Aunque no sepan leer ni escribir, no son ingenuos ni hay que infantilizarlos, son capaces de sacar adelante sus vidas y las de su familia en unas condiciones en las que todos estaríamos complemente deprimidos, solía reivindicar. “Ellos son los verdaderos héroes. Valientes”, añadía. Se volvía loco al intentar romper con el pensamiento de que es mucho más sencillo ver lo que se da, en lugar de lo que se recibe. Es más confortable pensar que el esfuerzo propio es más valioso que el extranjero y que nuestro modo de pensar, vivir y actuar debe ser el imperante, el que reine, el valido, el desarrollado, el que más bienestar aporta. “Cómo les hago entender que estar equivocados”.

 

Pasaron los meses y Pablo se dio cuenta de que tan dura como la adaptación a la ida, estaba siendo la vuelta. Era su casa, pero sentía que faltaban muchas cosas, pero sobre todo que sobraban muchas más. Las conversaciones le parecían vacías y superficiales y consideraba que los temas trascendentales eran constantemente eclipsados por las nuevas actualizaciones de una aplicación o la expulsión semanal del reality de turno.

 

 

“Me da mucha pena cada vez que te veo”, le dijo un día Luis, el hijo pequeño del panadero.

¿Por qué?, respondió Pablo con una medio sonrisa.

“Porque decían que te marchabas para entender mejor y creo que ahora no entiendes nada”, contestó. “¿No todos son malos o buenos, no? ¿No siempre es mejor lo conocido, a que no?

 

Pablo, se quedó un rato bloqueado mientras miraba al niño a los ojos. Sus pupilas grandes y negras de recordaron a Prakash, el revoltosísimo hijo de Priya, su vecina de al lado en Bihar. Sin contestar, se marchó a su casa aliviado. Sin saber por qué de repente, su cuerpo y su mente se habían relajado por completo y por primera vez desde que volvió se sintió tranquilo y en paz. Pensó que, tal vez, su experiencia había servido para algo.

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