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Redacción
Miércoles, 2 de mayo de 2018
Conformismo

El final de la pecera

Noticia clasificada en: Frosty

–– Quién sabe –dijo la Maga-. A mí me parece que los peces ya no quieren salir de la pecera, casi nunca tocan el vidrio con la nariz.

Gregorovius pensó que en alguna parte Chestov había hablado de peceras con un tabique móvil que en un momento dado podía sacarse sin que el pez habituado al compartimiento se decidiera jamás a pasar al otro lado. Llegar hasta un punto del agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando...

–– Pero el amor también podría ser eso –dijo Gregorovius -. Qué maravilla estar admirando a los peces en su pecera y de golpe verlos pasar al aire libre, irse como palomas. Una esperanza idiota, claro. Todos retrocedemos por miedo de frotarnos la nariz con algo desagradable. De la nariz como límite del mundo, tema de disertación.

[Rayuela. Capítulo 25. Julio Cortázar]

 

 

Frosty

 

 

La experiencia más común que podemos encontrar es la que nos da fe en nuestro choque contra el muro, contra una manera de pensar que sobrepasa la norma. Mientras más lejos de la infancia estamos, más inamovible es nuestro carácter y nuestra forma de pensar, de ver el mundo que nos rodea y por supuesto de terminar conformándonos con él, por muy malo que sea.

 

Desde luego la prisión no deja de replicar esta idea, replicarlo con lo que lleva encima nuestro chip de supervivencia, los muros acotados por el largo tiempo te dan para pensar (y pensar), para ir poco a poco abrazando la cárcel como la mujer a su maltratador con el que duerme todas las noches, porque ¿que otra cosa podemos hacer? La salida no es física, la salida la tiene un yo de futuro que aún no he alcanzado, y por triste que fuese el conformismo, la que utilizo como supervivencia a veces se vuelve imaginario y hasta utópico. Un yo que en un futuro alcanzará una salida que siquiera sé dónde está. Que ni siquiera sé si existe. Aquí los peces al principio se ahogan en la pecera de tantos golpes que se dan contra ella, y si el cansancio llega, que llega, dejan de golpearse y empiezan a dar vueltas hasta convertirlo en algo normal, algo cotidiano que necesito hacer, y la pecera termina estando bien, en la medida que olvido la libertad y todo lo que hay fuera. Finalmente, mi pecera cada día me parece un lugar mejor, más confortable y acogedora. ¿Hay acaso, algo mejor? Mi experiencia me dice que sí, pero según me lo dice subo a mi celda y espero impaciente que la señal que marca su cierre.

 

Sé que todo esto es pasajero, un largo viaje, porque todo pasa, todo llega. De alguna manera no he aceptado el conformismo; los sueños, mientras duermes, te recuerdan el sabor de la vida que muy seguramente me espera. Pero como todo llega, espero que el fin de mis días esté un poco más lejos que el final de esta dichosa pecera.

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