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Redacción
Viernes, 11 de mayo de 2018
Corazonadas de la India

Vestigios

Noticia clasificada en: Corazonadas de la India Marina Escudero

Marina Escudero

 

 

 

En el mundo hiperglobalizado y conectado en el que vivimos en el siglo XXI, el valor de la autenticidad es una de las cualidades más codiciadas y reconocidas. Curioso, en una sociedad en la que todo tiende a mezclarse y remezclarse hasta que pierde su sentido o función original.

 

Lo auténtico, suena casi exótico; aquello puro, antiguo, valioso, mágico. Pero lo quiero para otros, no lo quiero para mí. Yo busco una casa moderna, con la última tecnología de cama reclinable y mando a distancia para subir y bajar las persianas. Paso de dormir en un colchón en el suelo, sobre la cuadra de los animales para matar el frío del invierno.

 

Sin embargo, de vacaciones, sí. Quiero lo auténtico, formar parte momentáneamente de una tribu en la que aun sigan creyendo que un sacrificio les traerá la lluvia y que se vistan lo justo para no airear las partes pudendas. Quiero que bailen alrededor del fuego y que reciten oraciones tradicionales en las que adoren el sol. Pero claro, no voy a llegar allí caminando una semana. Necesito un aeropuerto que me deje lo más cerca posible y que un jeep me acerque hasta la misma puerta de mi choza donde, por supuesto, tengo que tener electricidad y un retrete decente. Como Dios manda, que no soy una marrana y para eso estoy pagando una millonada.

 

Pero mi viaje y mi experiencia han sido auténticos, me han cambiado la vida. No había ni rastro de la civilización, eran solo unos salvajes a los que mi agencia de viajes había contratado para que hicieran el paripé. Bueno, mejor esta parte no la cuento.

 

Volvamos al que me ha cambiado la vida, y menudo susto cuando no encontraba un enchufe para cargar la batería de mi cámara. Porque si no puedo enseñar fotos, a quién le importa lo que haya vivido. Selfie, selfie, selfie, mira qué guapa estaba ya, que había cogido colorcillo de la semana que me había pegado en la playa de Goa solo levantándome para pedir otra piña colada en el chiringuito.

 

Pero después volví a la vida intrépida. Subí una gran montaña, ahora no recuerdo el nombre, pero era enorme, cargada con mi mochila claro, aunque el sherpa me la llevaba cuando no estaban haciendo fotos o montándome la tienda para que descansara esa noche. Qué majos y qué agradecidos se mostraron cuando les di dos rupias de más. Una propinilla, chica, por los masajitos en los pies. Menos mal, que los conquistadores descubrieron estas tierras hace miles, o cientos de años. Sino, aun vivirían rodeados de basura y sin las comodidades que existen hoy.

 

- Aaaaaaaay que relajada vengo de mis vacaciones.

- Oye, ¿y dónde has estado?

-

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