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Redacción
Sábado, 26 de mayo de 2018
Lenguajes - ESPECIAL FESTIVAL INTERNACIONAL DE TEATRO Y ARTES DE CALLE DE VALLADOLID

"Si todos nos damos la mano, ¿quién sacará las armas?"

Sara Lázaro

 

 

 

Aplausos, risas, gestos, miradas. ¿Cómo hablamos el teatro? Nos ponemos delante de él esperando recibir sensaciones, pero también nos comunicamos con él. La experiencia de esta edición del Festival de Teatro y Artes de Calle de Valladolid (TAC) es que ese acercamiento al escenario, y de los actores al público, se lleva a cabo de varias maneras. En mi caso, el paseo por el "Tanque Gurugú" fue un recorrido que atravesó muchas paradas que nos sorprendieron en diferentes maneras de expresarse y expresarnos. Por un momento me sentí como en Alicia en el País de Las Maravillas (entre símbolos y formas) o como en el final de El Lobo Estepario jugando con la naturaleza humana. La cuestión es que una hora y de una forma pura y simple todos experimentamos “el recorrido”.

 

Digo recorrido porque no se habla sobre un espacio limitado, ni un escenario y un patio de butacas. Es un espectáculo itinerante donde no hay buenos ni malos sitios pues estamos todos en movimiento: actores y espectadores, y también hablamos con el entorno. En Campo Grande fue como un pentagrama de música, con subidas y bajadas, graves y agudos, diferentes compases, silencios y sonidos pero todo ello en movimiento, nada estático. Esto orienta a los aplausos que se celebran de manera colectiva y espontánea cuando damos por finalizado un compás, “un tachán”. Hasta los bebés saben perfectamente cuando aplaudir. Compás de la risa, compás del silencio, de la atención, del enfrentamiento. Y de fondo constante: humor de todo y para todos. Desde los juegos de palabras más ensayados hasta la improvisación con el espectador donde se convierte en humor, se sube a la palestra lo que tantas veces es serio y nos partimos de la risa.

 

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¿Teatro sin escenario? Qué raro, si eso es lo básico. Pues ya estamos quitando la primera frontera, algo propio del TAC: el escenario que separa la ficción de lo real, el teatro del resto del entorno y los de adelante de los de atrás. Aquí estaba todo mezclado porque los pavos reales andaban y nos seguían con su “miau” y el espectáculo se iba moviendo a la vez que nosotros, generando cierta confusión típica de cuando borras fronteras. Sin embargo el espectáculo se mantiene aupando con un liderazgo que aupa más que un escenario. Y al público también le cuesta dirigir su mirada sin el foco y encima hay que intervenir de vez en cuando, puede que nos saquen o que haya que hablar... ¡formar parte del espectáculo! siempre miramos lo que hacen los demás antes de hacer algo.

 

La música y el baile también ayudan a mantenerse en tierra cuando se incorporan de una forma estructurada ayudándonos a transitar por fronteras,  momentos y emociones. El movimiento da la clave para lo que representa: los refugiados. Hay muchos de ellos en nuestras fronteras: en la costa de Marruecos y en Melilla. Y allí es donde se encuentra el monte Gurugú que da nombre al espectáculo dirigido por el payaso catalán Tortell Poltrona, presidente de la ONG Payasos sin Fronteras. Nos convertimos todos en migrantes en el Campo Grande siguiendo a un general con bigotito subido en un tanque “vivo” y a un hippie que van quitando y poniendo fronteras, todos payasos, el general con una escoba en el hombro como charretera, el payaso con sus zapatones y sus chakras y el tanque de camuflaje pero fucsia. El contraste, y la confrontación se huelen en todo el recorrido.

 

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El enfrentamiento y la contraposición juegan con un simbolismo que puede llegar hasta el más allá en el teatro. En el Tanque Gurugú se veía estupendamente en los objetos (una oreja enorme conectada a un estetoscopio, el humo, el cuadrado en el que nos vemos encerrados, el tanque que no sabe si obedecer al payaso o al general...). Y la contraposición llega su culmen cuando cierra su círculo el recorrido y volvemos al mismo punto donde empezamos. En el payaso vemos alegría y confianza, tranquilidad y en el general, que acaba de bebé y llorando vemos miedo y desconfianza. Mientras el del tanque vestido de neutral y blanco, sin hablar y con silbidos parecía dejarse llevar por ambos sin saber muy bien qué hacer. Los paralelismos de cada uno empiezan a brotar como setas.

 

Y los finales que son el último examen para todos suben en volumen y en tiempo. Más música, más aplausos, más alto. Más emoción, más sonrisas. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

 

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